Hace 12 años, Yeonmi Park fue invitada a ver a la madre de su mejor amiga ser ejecutada por haber visto películas surcoreanas y haberlas compartido. Hoy, a sus 21 años, es una de las decenas de miles de personas que han escapado del represivo gobierno de Corea del Norte. Y viaja por el mundo contando su experiencia para combatir al régimen de Kim Jong-un.
El padre de Yeonmi fue un funcionario público que, para proteger a su familia durante la Gran Hambruna, vendía joyería ilegalmente, pero en 2002 fue arrestado y condenado a 17 años de prisión, donde fue brutalmente torturado. "Lo trataron como un animal. Era un hombre verdaderamente brillante. Era mi héroe, y el país lo golpeó. No lo podía creer", detalló Yeonmi.
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Luego de tres años de encarcelamiento, su padre logró sobornar a oficiales y salir de prisión, pero la experiencia lo había afectado física y mentalmente y había desarrollado cáncer de colon. "Había cambiado mucho. Era tan pequeño. Hablaba distinto. No podía creer que era mi padre", detalló Yeonmi en una entrevista con The Telegraph.
Inmediatamente la familia empezó a concebir un plan para huir hacia China, pero antes de que pudieran ejecutarlo, la hermana de 16 años de Yeonmi, Eunmi, escapó junto con un amigo hacia la frontera. Asustadas, Yeonmi y su madre decidieron seguirla para llevarla de vuelta a Corea del Norte e intentar un segundo escape todos juntos.
El 30 de marzo de 2007, iniciaron su viaje hacia el país vecino y atravesaron tres montañas y un lago congelado. Una vez en la provincia china de Jilin, todos los contrabandistas rehusaron ayudarlas. Uno incluso las amenazó con entregarlas a las autoridades a menos que le permitieran tener sexo con Yeonmi. Entonces su madre se ofreció en su lugar. "No tuvo elección. Literalmente, en frente de mí, la violó", detalló.
A los pocos días, el padre de Yeonmi se les unió, pero no lograron rastrear a Eunmi. Decidieron permanecer en China y consiguieron refugio en una habitación sucia en las afueras de la ciudad de Shenyang. Al igual que muchos refugiados, eran tan pobres que ni siquiera podían pagar por agua, la cual recolectaban de una canilla que goteaba.
Una mañana de enero de 2008, el padre de Yeonmi murió, y ella y su madre, como no tenían documentos y si eran descubiertas serían deportadas, debieron sobornar a un crematorio para que destruyera el cuerpo. A la mañana siguiente, enterraron las cenizas secretamente en una montaña cercana. "No hubo funeral. Nada. No pude ni siquiera hacer eso por mi padre", dijo Yeonmi.
En ese momento, ambas mujeres decidieron que ya era hora de abandonar China y viajar a otra parte. Luego de pasar un tiempo en un refugio en la ciudad de Qingdao, dirigido por misionarios chinos y surcoreanos, decidieron atravesar Mongolia para llegar a Corea del Sur.
En febrero de 2009, el grupo de refugiados fue rodeado por guardias fronterizos mongoles mientras atravesaba el desierto de Gobi. Cuando estos les informaron que serían regresados a China, Yeonmi y su madre les suplicaron que no lo hicieran. Cuando esto no funcionó, colocaron cuchillos contra sus propias gargantas y amenazaron con suicidarse si no les permitían permanecer en Mongolia. Su arriesgada maniobra dio resultado.
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Ambas mujeres fueron detenidas y tras 15 días fueron transferidas a un centro de detención en Ulan Bator. Luego de varias semanas, fueron entregadas a oficiales surcoreanos y el 1 de abril del 2009, abordaron un vuelo a Seúl. "Todo es tan limpio y brillante. Nunca había visto nada igual", afirmó Yeonmi.
Desde entonces, se han adaptado a la vida en el país. Yeonmi es una estudiante de tercer año de Justicia Criminal en una de las mejores universidades de la ciudad, aprendió a hablar buen inglés e incluso en abril encontró a su hermana, a quien creía muerta. También aparece regularmente en televisión, desde donde, convencida de que tiene una obligación moral, trata de generar conciencia sobre la situación en Corea del Norte.
Debido a sus acciones, un detective le informó en mayo que se encontraba en una lista de personas que el gobierno norcoreano quería asesinar. "Crucé el Gobi. Perdí a mi padre. Pero aún no soy libre. Aún tienen poder sobre mí. Aún intentan controlarme. Hasta que sea realmente libre, seguiré adelante", afirma.
Sin embargo, su sueño más profundo es eventualmente poder enterrar las cenizas de su padre en una Corea del Norte libre y si ella no puede, que lo hagan sus descendientes. "Ese era su sueño. Es difícil imaginar que ese día llegue, pero tal vez mi hija o hijo lo puedan hacer. Kim Jong-un cree que puede continuar siendo un rey allí., pero nada es para siempre".
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