Teléfonos móviles, tabletas, dispositivos para juegos, laptops, computadoras de escritorio y relojes inteligentes pasaron a ser los objetos cotidianos y de uso diario de los más pequeños de la casa. Ellos creen que todos esos productos tecnológicos forman parte de sus juguetes pero desconocen los riesgos a los cuales pueden exponerse. Por ello, siempre es necesario que los utilicen con la supervisión de un adulto.
"En estos tiempos, una de las cuestiones mas complejas del ejercicio de ser padres es regular la relación entre nuestros hijos y la tecnología. Ellos son nativos digitales y, a veces, los que tenemos más de 30 o 40 años, miramos absortos un vínculo que no entendemos. Los niños necesitan nuestra presencia y cuidado, independientemente de que tengan más conocimientos que nosotros de bytes y redes sociales. Los padres tenemos que seguir llevando el timón de la nave familiar", explicó a Infobae el psicólogo especializado en familia, Alejandro Schujman. "Los chicos se quedan varados en el mundo virtual, que deja de ser un trampolín al mundo real para ser un fin en si mismo".
A continuación, el autor compartió con Infobae el "Decálogo para el uso saludable de la tecnología en los chicos", que aparece en su nuevo libro "Caja de herramientas para padres", presentado esta semana y que escribió junto a Walter Ghedin. Aquí, sus consejos:
Tiene sentido que un pequeño utilice un teléfono móvil, a partir de que logre una mínima y creciente autonomía respecto a los adultos. Pero, ¿qué lógica tiene que tenga un teléfono si permanentemente está con un mayor que lo cuida? En países en donde la seguridad es materia pendiente, sugerimos que los primeros celulares para los pequeños no sean de alta gama; los adultos necesitamos que puedan llamarnos si lo requieren o que nos manden un mensaje. No es necesaria una foto de 20 megapíxeles enviada desde el teléfono, ni mucho menos una selfie que los distraiga en su andar por la vía pública.
Según investigaciones recientes, la relación entre las edades y el uso de estímulos tecnológicos debe ser: televisión, a partir de los 3 años; computadora, a partir de los 6 años, y teléfonos móviles, a partir de los 12.
Fomentemos su uso cuidadoso y prudente. Cuidaremos así el mundo privado de nuestros hijos y lograremos que puedan sostener la diferencia entre el afuera y el adentro. Si son pequeños (entre 10 y 13 años), pongamos como condición ser "amigos" dentro del Facebook, por ejemplo, no como una intromisión inconsulta, sino para un acompañamiento cuidadoso.
El juego, el aprendizaje, el desarrollo de habilidades sociales y la incorporación de valores deben ser prioridad. El uso de la tecnología no debe perturbar estas funciones básicas.
Los padres deben enseñar con el ejemplo. No se puede poner un límite con un teléfono celular en la mano, ni estar hiperconectados a la hora de reunirse en familia.
El tiempo para estar frente a una computadora o a la televisión no debe ser "indefinido". Hay que ayudar a que el niño pueda regular ese contacto, incentivando el desarrollo de otras actividades o el descanso. Sugerimos un máximo de dos horas continuadas, sobre todo en niños pequeños.
Compartir con los hijos actividades lúdicas, expresivas, deportivas, etc. Los pequeños no se ríen de la misma manera cuando juegan en la computadora que cuando lo hacen a la vieja usanza.
Recordemos, un niño que detiene la mirada en un teclado se pierde la posibilidad de la mirar al otro y de abrirse a la amplitud del mundo. Compartamos al menos media hora por día —sí; solo media hora—sin aparatos prendidos, de ningún tipo, con las personas que queremos. De ese modo, la calidad de los vínculos quedará agradecida. Las almas no se nutren de pulgares arriba o de "me gusta" en los muros; los abrazos son —y no nos cansamos de repetirlo— irreemplazables.
Los rasgos de aislamiento y la ansiedad social (miedo a relacionarse) encuentran en la tecnología una aliada para ocultarse y no enfrentar la realidad. Propiciemos momentos de aparatos apagados y miradas encendidas.
El contacto virtual nunca reemplazará al encuentro "cara a cara": la mirada, las emociones o los afectos no podrán ser nunca trasmitidos por una máquina. Cuando chateamos, no interactuamos. Se erige frente a nosotros un monitor dinámico con ventanas que se abren y cierran; es útil pero no reemplaza el contacto directo interpersonal. Reservemos lo importante para comunicar en el cara a cara. No es lo mismo un TKM que tomar a la persona de la mano y emocionarse en el cruce de las miradas, que se conmueven por los sentimientos que fluyen.
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