Cardoso tenía apenas 62 años cuando murió, víctima de un Epoc que le legó su ferviente adhesión al cigarrillo, ese fatídico "compañero" de una generación entera de periodistas. De esos 62 años, Cardoso dedicó cuarenta a desplegar con maestría el oficio creador de contar hechos relevantes que sucedían en el país y en el mundo.
Sus colegas coinciden en destacar, aún hoy, que no fue un periodista común y corriente, sino uno preparado excepcionalmente para dar cuenta de la información y la noticia con verdadero vuelo intelectual y alto dominio del lenguaje, con un conocimiento cabal de los hechos y su exacto contexto.
Desde las páginas del diario Clarín, Cardoso le entregó a los argentinos en cuatro décadas reportajes intachables a líderes mundiales, como a Yasser Arafat, Fernando Henrique Cardoso -a quien llamaba "tío"-, Fidel Castro, Patricio Alwyn, Hugo Chávez, Felipe González, entre muchísimos otros.
Fue un rebelde con causa. En plena dictadura militar, y gracias a un manejo insuperable del lenguaje, escribió aquella nota titulada "La convocatoria", ironizando el llamado público de periodistas oficialistas de radio y televisión a volcarse a las calles para festejar la victoria de Argentina sobre Japón en el Mundial Juvenil de fútbol. ¿Una nota de deportes? No solamente. En ella se las ingenió para contar que, mientras tanto, en el país, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), buscaba rastros de detenidos-desaparecidos.
Sus sólidos conocimientos y el dominio del idioma inglés lo llevaron a las grandes coberturas internacionales, especialmente durante la guerra por las Islas Malvinas, cuando en la Asamblea de las Naciones Unidas pudo leer los gestos entre Alexander Haig -entonces secretario de Estado de Ronald Reagan- y el canciller argentino Nicanor Costa Méndez, para anticipar periodísticamente el retiro de Estados Unidos de las gestiones de buenos oficios entre Gran Bretaña y Argentina para evitar la guerra. La primicia de una decisión determinante para el fracaso de las tropas argentinas.
Ese increíble bagaje informativo formó parte de iMalvinas: la trama secreta/i, que Cardoso escribió junto a Ricardo Kirschbaum y Eduardo Van der Kooy. El libro fue considerado el primer producto político de investigación periodística, publicado en la recién estrenada democracia. Posteriormente recibió el premio "Rey de España".
En este primer lustro, la mayoría de sus colegas todavía recuerdan las impresiones de Cardoso al retorno de cada cobertura: cuando asistió a la masacre de Idi Amín en Uganda, a las luchas intestinas colombianas y la incidencia del M 19, y a la acción de "los contras" en Nicaragua, entre otros eventos. También rescatan sus crónicas sobre la histórica firma entre Argentina y Chile, en 1984, frente al Papa Juan Pablo II, que puso fin a las hostilidades y evitó una guerra innecesaria.
Pero fueron, quizás, las notas que enviaba desde Medio Oriente, cuando cubrió la Guerra del Golfo en 1990, las que revelaron la verdadera jerarquía periodística de Cardoso. Él mismo contó a varios colegas, con aquel asombro que lo caracterizaba, cómo se enteró mientras desayunaba en el comedor de un hotel de Tel Aviv que a pocas mesas de distancia unos individuos desconocidos negociaban, "como si fuesen juguetes", la venta de armas para la contienda bélica.
En esos días de guerra su extrema sensibilidad reflejó en una crónica el estado de vulnerabilidad en que se encontraba "el cronista" -así se llamaba a sí mismo- por el esperado ataque con armas químicas, el uso de las máscaras anti-gas y el inoportuno olvido del lugar de refugio. La larga nota -muy elogiada por los lectores argentinos- daba cuenta entonces de la infinita bondad de una anciana judía que decidió, en el momento crucial de la crisis, proteger al periodista extranjero, guiarlo hasta el refugio, enseñarle cómo colocarse la máscara y calmarlo como a un hijo propio.
Oscar Cardoso no solo contaba o trasmitía noticias. "La agresión contra Estados Unidos tiene un costado innegable de humillación de su poder de cara al resto del mundo", escribió aquel 11 de setiembre de 2001 tras el sorprendente ataque a las Torres Gemelas, en Nueva York. Un juicio lapidario que su oficio de periodista le permitió trasladar como opinión sin falsear la verdad con su interpretación.
El hombre es por lo que hace y dice. Y por eso se lo recuerda a Cardoso: como un modelo. Si las jóvenes generaciones de egresados de periodismo necesitan un modelo, ese es el Gordo Cardoso. Modelo de actitud frente a la noticia, modelo de manejo y chequeo de la información, modelo de pensamiento y escritura, modelo de formación cultural imprescindible para cumplir con las premisas básicas del buen periodismo, y sobre todo, modelo de sensibilidad profesional.
Hay personas que se extrañan demasiado cuando emprenden la experiencia intransferible de la muerte. Al Gordo Cardoso se lo extraña en los bares, en las mesas de café, en las librerías. Se añoran aquellas conversaciones donde la frivolidad fugaba espantada porque todo, absolutamente todo a su lado, era aprender sobre el mundo en que se vivía. Desde los autores contemporáneos mundiales más destacados, las nuevas corrientes políticas, económicas y sociales, la última tecnología a la que era afecto desde mucho antes que llegaran las computadoras a la Argentina, la importancia del lenguaje. Por esto último, y por esa estructura mental tan abierta para comprender los sucesos nacionales y mundiales, las notas del Gordo conmovían y despertaban el deseo de conocimiento de sus lectores.
Pese a ser periodista de tiempo completo, Cardoso también fue un militante peronista. Tanto que murió el mismo día que Perón, único líder al que reconoció aún cuando su mordacidad lo despedazara a veces en críticas despiadadas. Es que entendía la militancia como un vínculo de doble mano, nutrido por la admiración al líder y la rebeldía del seguidor que le exige más. Nunca vivió la militancia como obediencia ciega y debida.
Porque, finalmente, Cardoso -por efecto del oficio y también por convicciones diversas- fue un escéptico que siempre sospechó de las certezas y las verdades absolutas, trajinó como vaticinador sagaz de las decadencias, irónizó siempre acerca de las tragedias y, de vez en cuando, fue ingenuo como un pibe.
Quizás,
, un maestro de la información, del conocimiento y el arte de hilvanar palabras