El Premio Nobel J. M. Coetzee disertó sobre la censura en la Feria del Libro

El prestigioso escritor sudafricano ofreció una conferencia ante una multitud en la apertura de la 37° edición del evento. Lea los fragmentos más relevantes 

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 @dani_morel 162
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Fragmentos de la conferencia magistral de J. M. Coetzee

En 2002 me fui de Sudáfrica para instalarme en Australia. Mi solicitud para el permiso de residencia fue respaldada por varios escritores australianos, así como por la organización que representa a los escritores australianos.

Le conté a un escritor amigo que estaba trabajando en un libro nuevo. "Asegúrate de mandar en fecha la solicitud al Consejo de Australia", me respondió. "El plazo vence a fin de mes".

"¿Qué solicitud al Consejo de Australia?", le pregunté.

"La solicitud de beca", me dijo. "Con tu trayectoria, no creo que tengas problema en conseguirla".

¿Solicitud de beca? ¿A qué se refería?

Me explicó con paciencia que el Consejo de Australia para las Artes era un organismodependiente del gobierno australiano que ofrecía apoyo financiero –es decir, plata– a toda clase de artistas, incluso a escritores, para que pudieran continuar con su trabajo.

"¿Por qué te sorprende tanto?".

"Soy sudafricano", le respondí. "En Sudáfrica el gobierno nunca apoyó a los escritores.

En Sudáfrica, el único organismo que alguna vez se creó en relación con los escritores tuvo la función de dificultar que continuaran con su trabajo, no de ayudarlos. Por eso me sorprendo. En Sudáfrica nos considerábamos afortunados si el gobierno no se enteraba de lo que estábamos haciendo".

Esta tarde les voy a hablar sobre la censura, que para los escritores sudafricanos fue un hecho corriente hasta alrededor de 1990, cuando se empezó a desmantelar la legislación creada por el gobierno del apartheid. Bajo dicha legislación, para que un libro se pusiera a la venta debía contar con la aprobación de un comité anónimo de censores –anónimo en el sentido de que sus identidades no se daban a conocer–. La censura era el telón de fondo sobre el que se movía todo artista sudafricano: novelistas, dramaturgos, poetas, cineastas.

Como era de esperar, desarrollé un interés por la censura; no sólo por el sistema sudafricano sino por la censura como fenómeno histórico general. En su momento escribí un libro sobre el tema, que se publicó en Estados Unidos con el título Giving Offense (y más tarde en castellano como Contra la censura). Allí me refería a los efectos de la censura estatal no sólo en Sudáfrica sino también en la entonces Unión Soviética y en Europa del Este.

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En la década de 1970, cuando empecé a publicar, el estado sudafricano estaba pasando de lo que yo llamaría la fase utópica del apartheid a lo que llamaría su fase realpolitik.

En la fase utópica, el partido gobernante creía que podía construir un muro alrededor del país para aislarlo del mundo, y luego, dentro de ese muro protector, organizar y dirigir una sociedad que se adaptaría lo más cercanamente posible –dado que el hombre es descarriado por naturaleza– a lo que dicho gobierno entendía como el mandato de Dios (siendo su Dios el Dios protestante de Calvino).

En la fase realpolitik, el partido bajó sus pretensiones. Se vio implicado en el escenario africano de guerra mundial –a veces guerra fría, a veces guerra abierta–, una guerra en la que la Sudáfrica blanca todavía podía a llegar a usar sus recursos minerales estratégicos para negociar un lugar en el bando ganador, que por supuesto sería el bando de Estados Unidos.

Uno de los instrumentos de control estatal, durante estas dos fases, fue la censura. (Recordemos que estamos hablando de una era pre-electrónica, en la que el único método de transmisión de textos era la impresión; un método incómodo, como vemos ahora en retrospectiva, que puede ser fácilmente interrumpido o suspendido). Los objetivos de este sistema de censura eran dos: primero, asegurar que la nación –refiriéndose en primer lugar a la nación blanca– no fuera infectada por lo que se consideraba la decadencia moral de Occidente, sino que por el contrario permaneciera fuerte, viril y confiada. Segundo, asegurar que la propaganda comunista no ingresara al país para brindar ayuda, consuelo e instrucciones a las fuerzas de la oscuridad.

En otras palabras, la censura tenía dos brazos: un brazo moral y un brazo político. Dada su visión del mundo en blanco y negro, del bien contra el mal, el estado sudafricano consideraba que ambos brazos se fortalecían mutuamente.

Durante la primera etapa, la utópica, el énfasis estaba puesto en la moralidad, en proteger a la población de las malas influencias morales. Durante la segunda etapa, la de la realpolitik, la buena salud moral ya no constituía un asunto urgente, en tanto y en cuanto la Sudáfrica blanca se mantuviera en el poder.

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Quiero agregar también que la Sudáfrica de los '60 y los '70 no era en modo alguno el único estado que se esforzaba por controlar la moral pública a través de la censura. Australia, otra excolonia británica en el remoto hemisferio sur, otorgaba enormes poderes a sus oficiales de aduana para que escudriñaran los libros sospechosos que entraban al país y los destruyeran con pretextos morales.

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Bajo el apartheid, al menos en su fase utópica, había un fuerte control del contacto sexual entre razas. El sexo interracial en cualquiera de sus formas se volvió súbitamente ilegal y sujeto a duras sanciones. La base de la legislación era la ciencia racial de la Europa del siglo XIX, que afirmaba haber demostrado que cuando la sangre de una raza se mezclaba con la sangre de otra, los hijos de dicha unión serían marcados por el deterioro genético o, para usar el término de la ciencia racial, la degeneración. A las razas "superiores", como la nórdica, se les aconsejaba proteger la herencia genética y prevenir la degeneración evitando la exogamia con las razas "inferiores".

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Si tenemos una imagen mental del censor profesional, es probable que se trate de un burócrata humilde y anodino que llega puntualmente a su trabajo a las ocho treinta y se pasa el día hojeando libros, subrayando en rojo párrafos ofensivos y estampando en la tapa el sello de APROBADO o PROHIBIDO; o bien escudriñando cintas de película tijera en mano, listo para recortar imágenes de cuerpos desnudos; que cuando suenan las cinco cierra la oficina y toma el colectivo para volver a su casa en algún anónimo suburbio, y pasa el resto de la tarde mirando tonterías en la televisión hasta ponerse el pijama y caer en un sueño sin sueños. O, si pensamos no en censores profesionales sino en censores part-time, gente que gana unos pesos extra censurando un poco en sus ratos libres, podríamos imaginar que la tarea atrae a trabajadores sociales, maestros jubilados, clérigos y metiches moralistas en general.

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Permanentemente mis censores utilizaban, a mi favor, una cláusula de la ley que en realidad había sido pensada para eximir a los textos médicos de la restricción de describir un cuerpo desnudo, y para permitirles a los investigadores académicos consultar las obras de agitadores como Karl Marx. No hace falta prohibir estos libros de J. M. Coetzee, decían de hecho mis censores, porque sólo serán leídos por personas dentro de la profesión literaria. Sobre En medio de ninguna parte, comentaron: "será leído y disfrutado sólo por intelectuales". Sobre Esperando a los bárbaros: "(...) carece de atractivo popular. Probablemente su público se limite en gran medida a la intelectualidad y la minoría entendida".

En un sentido, esta gente se veía a sí misma como mis conciudadanos de la república de las letras; como fundamentalmente bien dispuestos hacia los escritores y la escritura; incluso como una especie de héroes ignorados, llevando a cabo un trabajo sucio –después de todo, nadie quiere o admira a los censores– con el objetivo de proteger la literatura sudafricana de los políticos y los filisteos. (Si ganaban un dinero extra gracias a sus actividades, también lo hacían los reseñadores de libros, y ¿qué eran ellos sino reseñadores con poderes inusuales?).

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Cuando estos censores vuelven a su casa después de un día de trabajo y se acomodan con un libro de Trollope o Austen en la falda y Mozart en el equipo de música, probablemente se piensen como personas civilizadas que hacen un buen trabajo, un trabajo que vale la pena. Si tienen un santo patrón seguramente sea el zar Nicolás I de Rusia, que encabezó la censura más represiva de toda Europa –creada para aislar a Rusia de las ideas subversivas extranjeras–, y sin embargo se ofreció como censor personal de Alexander Pushkin, no para asegurarse de que al poeta ruso más grande de su tiempo se le aplicaran los más rigurosos patrones, sino por el contrario para protegerlo de funcionarios ignorantes y sin imaginación y permitirle la mayor flexibilidad creativa dentro de la ley. Igual que Nicolás, los hombres y mujeres a quienes llamo "mis" censores probablemente se hayan considerado buenas personas trabajando en momentos históricos difíciles, sin reconocimiento ni agradecimiento; protegiendo por un lado un orden social frágil y extendiendo, por el otro, un ala rectora y protectora sobre el artista.

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Aunque las leyes de la censura no hacían concesiones en relación con el público, los censores solían distinguir entre libros de gran popularidad y libros para una minoría, aplicándoles a los primeros los patrones más rigurosos. Yo fui tratado con indulgencia porque sólo un mínimo sector de la población me leería. Este enfoque lleva implícita una visión de cómo influyen los libros en el devenir de los asuntos humanos que a mí me parece muy errónea, muy equivocada. Los libros que cambian la historia no necesariamente son comprados apenas aparecen y devorados por las masas, que caen de inmediato bajo su influjo y son incitadas a la acción. Los procesos de la historia son mucho más indirectos y llevan mucho más tiempo. Pero eso es tema para otra charla.

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La verdad es que no existe el progreso cuando se trata de la censura: llevamos el impulso censor en lo más profundo de nosotros. Cuando se nos niega un objeto de deseo, encontramos otro. Cuanto más cambian las cosas, más iguales permanecen.