Boston: el drama sin fin de la familia Richards

Martin, de ocho años, fue una de las víctimas fatales del atentado del lunes. A su hermana Jane le amputaron una pierna y su madre Denise está muy grave

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Podría ser uno de esos hermosos días del inicio de primavera en Dorcherster, un barrio residencial de Boston, si no fuera por la cinta amarilla que estropea la imagen: "Boston Police Line Do Not Cross" se lee en grandes letras negras.

La policía ha acordonado la zona alrededor de la casa azul de varias plantas con ventanas de marcos blancos en la calle Carruth. Se ven coches de la Policía en los accesos a la vivienda y a los periodistas con sus cámaras al acecho.

En la casa azul oscura vive la familia más afectada por los atentados en el maratón de Boston. Ha muerto Martin, de ocho años, y a su hermana Jane le han tenido que amputar una pierna. Además, la madre, Denise, quien dirige una guardería, se debate entre la vida y la muerte con esquirlas en el cerebro. Todos ellos querían seguir la final del maratón desde la línea de llegada, pero estallaron las bombas.

"Estamos luchando con nuestro dolor", dijo el padre de la familia, Bill Richard, en un comunicado que difundió por email.

En el correo adjunta una foto de su hijo Martin, el más joven de los al menos tres muertos del ataque del lunes. En ella se ve a un niño de grandes ojos marrones, con un suéter del club de hockey sobre hielo local Boston Bruins, que sonríe con su gorrita.

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Dotado para el deporte y siempre de buen humor, así era él, 
indicaron Andrés y Alejandro Calderón, unos gemelos de nueve años que junto a su padre, José, han salido a jugar al fútbol en la calle Carruth.

"Siempre jugábamos juntos", dijo Andrés. Los gemelos van a la misma escuela que iba Martin, aunque un curso por delante, y eran amigos del pequeño. "Después de la escuela, siempre jugábamos al fútbol. Y en la escuela, nos veíamos en la pausa de la comida. Martin contaba chistes y nos hacía reír a todos. Era muy bueno y cuando hacía calor y tenía helado, lo compartía siempre con nosotros".

Mientras, numerosas personas no dejan de acercarse a la casa azul y depositan allí flores, juguetes y notas. La familia Richard era muy querida en la zona, explica una señora que ha salido a pasear con su perro y que no quiere dar su nombre. "Los niños eran muy cariñosos. Martin siempre quería acariciar a mi husky".

Tras los ataques, la noche del lunes se reunieron amigos y conocidos de la familia de forma espontánea en el restaurante italiano del lugar, Tavolo, apesadumbrados por el dolor.

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No muy lejos, la comunidad ha decidido detener la hora en un reloj 
situado en un cruce y ha colocado un lazo negro en señal de duelo. La hora que se ve continuamente son las tres menos diez, justo cuando las bombas estallaron.

El martes por la noche cientos de personas se congregaron en un parque del barrio para recordar con velas y cantos al pequeño fallecido. En un principio, el acto se iba celebrar delante de la iglesia de Santa Ana, donde Martin hizo la primera comunión (según los medios), pero el lugar no tenía la suficiente capacidad para acoger a todos.

Por ahora se desconoce si la iglesia va a organizar algo, dijo el párroco, que no quiso pronunciarse al respecto.

Martin era capaz de hacer sonreír en cualquier situación, recuerda su amigo Alejandro. "En una ocasión dejó caer su bocadillo y luego lo recogió con los pies. El bocadillo tenía manchas negras y apostamos con él a que no se lo iba a comer, pero se lo comió y todos nos reímos", relató el muchacho antes de que llegara su padre, José, a recogerlos.

"Tienen que ir al entrenamiento de fútbol. La vida tiene que continuar".