Son buenos momentos para Jorge Asís. La racha que parece haber tenido su comienzo cuando destapó desde su portal la historia política del año, el escándalo Boudou-Ciccone –adelantándose varios meses al Grupo Clarín, su verdugo invisible de los últimos 30 años-, ahora es coronada por una festejada reentré literaria por dos, la publicación de una nueva novela política, Hombre de Gris, y la reedición de Diario de la Argentina, el libro maldito- aunque Asís rehúye de esa calificación- que provocó su marginación de los medios.
Publicada en 1984, la novela desnudaba las internas de un matutino de tirada nacional durante la dictadura militar, e incluía personajes -cuyas identidades reales era imposible no reconocer- como la viuda Sofía Basualdo de Alcalde, y el gerente Bagnetto, "posiblemente un émulo de López Rega sobre la Chabelita", en alusión a su maligna influencia sobre la directora del diario.
En diálogo con Infobae.com, Asís reconoce que el libro le cerró "prácticamente todas las puertas" y lo sepultó en la lona moral, según confiesa el protagonista de Cuaderno del acostado, la novela en la que narró magistralmente ese paso a la clandestinidad. Pero su ostracismo mediático ya es historia, y Asís, quien asegura no interesarse en el pasado, debe ahora volver a hablar de esa obra monumental escrita al calor de las armas.
¿Piensa que si el kirchnerismo no hubiese propiciado la discusión sobre Clarín en la opinión pública, ahora estaríamos hablando de la novela? Porque pese a que era considerada una obra maestra, se trataba de una obra maestra imposible de conseguir.
Este conflicto facilita tal vez el proceso de reimpresión de la novela, pero yo nunca dudé que iba a llegar este momento, porque estaba la obra, y yo confié en mi obra. En ningún momento me hicieron dudar de su valor literario. Yo estoy persuadido, como diría Alfonsín, que si hay un libro que me va a sobrevivir, va a ser Diario de la Argentina.
¿Podía imaginar el impacto y las consecuencias que tendría la novela al momento de su publicación?
El tema es que a mí no me importaba nada cuando publiqué el libro, porque el mero hecho de escribirlo ya era casi como una transgresión, una profanación. Esta novela cuando la publico yo ya estaba harto. Y diez años antes, cuando escribo Los reventados, también ya estaba harto.
¿Se le ocurrió alguna vez pedir perdón, a la manera de Salman Rushdie tras su fatwa, con el objetivo de que su prohibición fuese anulada?
¡Nunca se me ocurrió! ¿Cómo voy a pedir disculpas por escribir una novela? ¿Qué era yo? ¿Un modisto? ¡No! Todos sabían que yo era escritor. Lo cierto es que a Salman Rushdie le quedaba la alternativa de la complacencia solidaria. En mi caso, casi no hubo solidaridades. Más bien, la mayoría de mis colegas sintieron que se resolvía un problema. Y me parece que es un dislate que algunas generaciones se hayan perdido la lectura de esta novela, porque creo que hubiesen entendido un poco más cómo era el periodismo en la época del proceso. Es un libro para todo aquel que le interese la comunicación, casi desde un punto de vista arqueológico, porque ya no tiene nada que ver con lo que cuento yo.
Usted trabajó durante casi una década en el diario Clarín. ¿Cómo quedó su relación con sus compañeros?
Me saludan todos, tanto de la redacción como del tercer piso, los grandes responsables. A la señora directora de Clarín la he visto en lugares sociales y me ha dicho "Ay señor Asís, el tiempo para usted no pasa". Y yo: "Muy bien señora directora qué bien se la ve". Si lo encuentro al señor Magnetto también nos saludamos. Clarín son todos y no es nadie.
¿Le molesta que los pasajes que exponen la lucha de poder dentro del diario opaquen el resto de la novela cuando se la discute? Porque se trata de un libro cuyos méritos exceden lo que puede llegar a revelar sobre la gerencia de Clarín.
Eso costó mucho cuando salió la novela, porque estaba todo el mundo con esa lectura y querían descifrar quién era quién en la historia, pero yo sabía que eso era anecdótico y circunstancial. Se trata de personajes literarios inspirados, tal vez como todos los personajes de la literatura, en algunos que son reales, y eso es algo que tiene que ver con el proceso del escritor, del creador. Pero sí tenía conciencia de que estaba escribiendo una gran novela, de las que no voy a volver a escribir porque ya no se escriben más novelas de 500 páginas, ya no hay más tiempo no para escribirlas, sino para leerlas. Es uno de los últimos libros de un período de la literatura que desapareció.
¿Cómo cree que será recibida la novela en este contexto de la cuenta regresiva por el 7D?
Soy absolutamente consciente de que reaparezco con mi novela en medio de una pelea de gigantes. Y yo no vacilo en reconocerle a Néstor Kirchner haber tenido la iniciativa que no tuvieron ni Videla ni Menem ni Alfonsín, de ponerle un límite a ese Clarín enfático, avasallador si vos querés, que casi gobernaba, y que lo hiciese además después de haberlos utilizado durante 5 años. Por eso yo hablo de divorcio entre el kirchnerismo y el grupo Clarín, no de guerra. Porque Kirchner los masacra después de haberlos tenido a su merced, y se lo reconozco. Y hoy le reconozco a Clarín que, por su existencia, su persistencia, es el único espacio que le pone un freno a estos muchachos que creen que pueden ir por todo.
¿Siente ahora cierta reivindicación, personal y hacia su obra, después de haber sido muy criticado por ser funcionario durante el gobierno de Menem?
Yo tengo accidentes biográficos que los asumo todos, ¿entendés? No tengo nada de qué avergonzarme. Sé que de pronto pude no haber tenido el comportamiento ejemplar para ganar amigos, pero no hice eso, no fue eso lo mío. Pero sí siento que hay toda una generación de gente joven que me descubre, y los que me descubren son los hijos de la generación que me negó y me combatió. Chicos que crecieron pensando que yo era un hijo de puta, un corrupto, un facho, se sienten atraídos por las características del personaje que ven en televisión, que leen en el portal, en mi twitter.
¿Y qué genera esa gravitación hacia usted? En Diario de la Argentina define su filosofía como escepticismo revolucionario, y ahora, exceptuando quizás a los jóvenes de la Cámpora, se vive algo parecido a una revolución de los escépticos…
Coherencia. Y el cambio se da desde el 2004 en adelante, cuando yo empiezo a generar mi propio polo de poder con mi portal. Y esto me lleva a otra situación en mi vida. Yo en el año 88, después de haber pasado cuatro años de Rimbaud, de una temporada en el infierno argentino, sin la solidaridad internacional que pudo haber tenido Rushdie, y cuando empiezo a zafar de toda esa cosa negativa persecutoria provocada por el libro, me doy cuenta que para sobrevivir tenía que generar algún polo de poder. Y en aquel momento fue la política. En la Argentina y en mi vida casi novelesca, las cosas cambian tanto, que yo paso de estar en el piso a, triunfo político mediante, estar otra vez de regreso. Ahí es cuando transgredo de más el poder, que me pasó por encima. Pero eso no significa que se detuvo la interdicción conmigo, yo estuve interdicto mientras tenía tratamiento de Excelencia. Yo soy el único secretario de Cultura que no fue entrevistado por Clarín y La Nación en su momento.
Usted dice que todo el mundo habla de los 90 como si fuese una creación de Menem y suya, pero que "estaban todos estos", en referencia a muchos referentes del kirchnerismo.
Por supuesto… pero yo no soy pasador de facturas, y no me detengo en el pasado. Hoy la mera aparición de la novela y que sea aclamada, no es un problema para mí, es un problema para quien me obturó, para quien fue complaciente con mi fatwa, que prácticamente me cerró todas las puertas. Lo peor es que estos tontos me hicieron escritor maldito. ¡A mí! No maté a nadie, vivo en Recoleta, mucho aspecto de maldito no tengo… Si vos me querés comparar con Louis-Ferdinand Céline, muy fácil no va a ser. He sido 10 años embajador, secretario de Cultura, tengo el máximo premio que puede tener un escritor: lectores. ¿Y a mí hacerme maldito? ¿Por qué? ¿Por haber escrito Diario de la Argentina? ¿Por no ser un intelectual de centro-gauche? ¿Por haber dejado de creer en la revolución socialista?
Una de las novelas nacionales mejores recibidas de este año, Un publicista en apuros, de Natalia Moret, contiene un elogio suyo en la contratapa. ¿Cuál es su relación actual con lo literatura argentina y con los escritores jóvenes?
Debo decirte que se me acercan muchachos, algunos que tienen dos o tres libros publicados, y la verdad casi no me perdono el hecho de no conocerlos. Pero vos tenés que entender que por muchos años dejé de referenciarme en el mundo de la literatura. Nadie más me invitó a presentar un libro. La última vez que presenté uno habrá sido cosa de 14 o 15 años, el libro de Gabriel Dreyfus sobre la publicidad (La publicidad que me parió), y el de una amiga de Pinamar. Pero no estoy en lugares que tienen que ver con la literatura, porque ya sé que estoy omitido, casi oficialmente.
¿Qué balance hace de su obra, a más de 40 años de la publicación de su primera novela? ¿De qué libros se siente más orgulloso?
Cuando se haga un repaso de qué es lo que se salva del olvido, creo que tengo dos o tres novelas que se pueden rescatar. Pienso que Los Reventados con el tiempo se va a leer mucho más, Flores robadas en los jardines de Quilmes es una novela que va a haber que tener mucho ingenio para prescindir de ella, y te aseguro que muchos lo han tenido para ningunearla y sacarla de la historia. Y otra es esta de la que estuvimos hablando. Y es más, Clarín, el próximo siglo, va a ser conocido por el Diario de la Argentina, va a ser recordado por el libro. Y se lo merecen.
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