La incertidumbre constante de ser director técnico en la Argentina

El fútbol local es una pasarela de entrenadores que cambian de trabajo un par de veces en el año. No importan nombres propios ni el peso de la historia. Cualquiera puede marcharse si no consigue ganar con inmediatez 

Guardar
  162
162

Técnicos que van y que vienen. La duda constante sobre la continuidad cada vez que un resultado no es positivo. Rumores que salen de alguna boca y desmentidas que salen de otras. Silencios sobre el futuro, falta de apoyo o respaldo absoluto de las dirigencias. Proyectos sustentados que se caen a pedazos y técnicos salvadores que llegan con la biblia futbolera en sus manos. Así se vive el fútbol argentino. Con la incertidumbre constante de si los técnicos seguirán teniendo trabajo o se marcharán por la puerta de atrás para dejarle el lugar a uno nuevo.

Nadie tiene la silla del banco comprada. Ni siquiera aquellos que salieron campeones. La duda de estos días pasa por la continuidad de Julio César Falcioni. El entrenador que sacó campeón a Boca después de un tiempo de transición y malas campañas, no tiene su lugar asegurado para el próximo torneo. Aunque los resultados no sean el problema que acose al "Emperador". La relación con el grupo de jugadores parece generar una gran influencia en la posible salida.

El ejemplo resulta ser simbólico para graficar la vida de los entrenadores dentro de un club. A veces son los resultados negativos los que pesan en su contra; otras, las internas que no siempre quedan dentro del vestuario y en algunas ocasiones la falta de apoyo de la dirigencia. Todos esos condimentos generan una ensalada en donde la inestabilidad, la incertidumbre y la irresponsabilidad son ingredientes infaltables.

A San Lorenzo llegó Caruso Lombardi con más prensa que títulos encima. Arribó con la consigna clara de hacer lo que sea, dentro del marco de la ley, para poder dejar al "Ciclón" en  primera.  El equipo de Boedo sufre hasta hoy por su estadía en la A, pero los resultados parecen darle la derecha y, si se queda en la máxima categoría, Caruso se ganará el lugar de "salvador" en el club. Ese título puede terminar de delinear el estereotipo de técnico que se le ha construido al ex DT de Quilmes. Pero detrás de él quedó Leonardo Madelón, el técnico que intentó cambiar el rumbo de San Lorenzo y no tuvo margen para seguir perdiendo puntos. Una intención que dejó de serlo cuando el promedio lo empezó a ahogar.

En el torneo que pasó, tres equipos grandes cambiaron de DT. A los de Boedo se les suman Independiente y Racing. Ramón Díaz, técnico ganador en su pasado, se fue del Rojo, mientras que el "Coco" Basile duró poco tiempo en su cargo y se marchó de la "Academia" después de perder el clásico. El error se transformó en una palabra innombrable para los cuerpos técnicos. No tienen espacio para probar y equivocarse porque los resultados acechan y en el fútbol argentino perder equivale al peor de los males.

Cualquier lector fuera del ambiente del fútbol podría describir todo este planteo como absurdo e ilógico para tratarse de un juego. Porque los entrenadores son parte de un juego. El más importante, millonario y transcendente del mundo pero por sobre todas las cosas un juego en el que lo importante es que la pelota sea abrazada por la red.

La costumbre no permite distinguir el accionar esquizofrénico de lo que sucede con los directores técnicos. En Argentina es normal que un DT dure unos pocos meses en su trabajo si no consigue ganar. Porque el triunfo es lo más importante de todo. Porque la victoria tapa cualquier problema que exista en un club. Porque a nadie le interesa demasiado el trabajo de un entrenador si no puede lograr tres  triunfos seguidos.  Retrato de un fútbol cada vez más insolente e ilógico.