Los procesos históricos, y más aún las revoluciones, suelen tener figuras emblemáticas. En Túnez, además del hartazgo, el desempleo y la pobreza, ese lugar lo ocupó Mohamed Bouazizi. El 17 de diciembre de 2010, este vendedor de verduras se inmoló a lo bonzo en su ciudad, Sidi Bouzid. Su sacrificio fue el detonante de los reclamos de todo un país. El episodio se tradujo en un devenir de reclamos imposibles de frenar.
Mohamed Bouazizi no fue la única razón por la que se desintegró esa estructura autoritaria instalada como paradigma en la zona, sino que en su suicidio se sintetiza un axioma sencillo: cuando la gente no tiene para comer, en algún momento explota.
La llamada Primavera Árabe es el fin de una era marcada por la imposición de regímenes autoritarios y represores que durante el siglo XX impidieron el desarrollo de sistemas políticos democráticos. Todos, incluido Túnez, pero también Egipto, Yemen, Libia y Siria, tienen factores comunes que sentaron las bases para los reclamos sociales de los últimos tiempos. Los procesos de colonización y descolonización, el fracaso de las elites políticas y económicas para llevar al mundo árabe a la modernidad y la ausencia de estructuras democráticas, además de las circunstancias específicas de cada caso, explican las revueltas.
Sin embargo, los factores coyunturales aceleraron los procesos. La crisis económica internacional que estalló en 2008 con la bancarrota del banco de inversión estadounidense Lehman Brothers supuso la profundización del desempleo en la zona. La Organización Árabe del Trabajo revela que, en 2008, el desempleo aumentó el 14,4%, más del doble del 6,3% que marca la tasa global. En Túnez, un país de 11 millones de habitantes, el fenómeno se replica con más gravedad en los jóvenes. En el país hay más de un 14% de desempleo, pero en los menores de 20 años, la cifra trepa al 25 por ciento. A estas estadísticas, hay que agregarles la fuerte discriminación que padecen las mujeres. La calidad de vida de estas sociedades se ve amenazada por estructuras políticas, sociales y económicas injustas.
Túnez, como todos sus vecinos, estaba empantanado en un mar de deficiencias: carecía de libertades civiles e independencia de los medios. Entonces, la corrupción, la falta de libertades, la ausencia de sistemas democráticos, más el empobrecimiento, el desempleo y la represión hicieron que la gente sintiera que no tenía casi nada que perder. Sin expectativas, la protesta colectiva se vuelve la única vía.
En este panorama surge Mohamed Bouazizi. Su inmolación fue la vanguardia de la revolución en Túnez que terminó con 23 años de dictadura de Zine El Abidine Ben Alí.
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