Ante el nacimiento de un bebé, los padres suelen experimentar períodos de confusión en los que es necesario pasar por el primer tiempo en donde la pregunta acerca del futuro de su hijo es lo que orienta sus vidas: si serán buenos padres, si crecerá sano y feliz... sumado a la adaptación a sus nuevos roles que cada madre y cada padre necesitan.
Es importante para ese nuevo vínculo darse el permiso para conocer a este nuevo hijo, conectarse con él, aprender a ejercer la función materna y paterna en las experiencias fascinantes que nos esperan cada día, recordando que todos los bebés necesitan para su desarrollo del contacto físico, de la mirada de su madre y de su palabra, ya que así se propiciará el encuentro y el vínculo entre ellos y se irá construyendo la singularidad de ese pequeño.
Este proceso no siempre es sencillo, ya que el nacimiento de nuestro hijo nos enfrenta una vez más con todo el bagaje que acerca de la maternidad y la crianza fuimos construyendo a lo largo de la vida: lo que nos dijeron, lo que no nos dijeron, lo que observamos, lo que intuimos y, por supuesto, lo que vivimos.
Es por eso que muchas mujeres refieren haber sentido ese amor profundo del que tanto se habla en el instante mismo del nacimiento y muchas otras se encuentran en general con sorpresa, que sienten cercanía hacia ese bebé, saben que tienen que cuidar de él, alimentarlo, acunarlo, pero no lo sienten como un amor profundo.
Este sentimiento suele despertar mucha culpa, ya que no es lo esperado.
Es importante tener presente que el vínculo con el bebé, como todo vínculo, se construye.
El acto del nacimiento incluye para la mamá reciente dos procesos:
1- Reconocer a su hijo como un ser independiente de ella; son dos personas y no una, como el imaginario del embarazo nos permite fantasear.
2- Amar a ese pequeño con sentimiento fraternal.
En relación con estos procesos, podemos decir que para muchas mamás se dan en un solo impulso al sostener a su bebé por primera vez en la sala de parto y para otras llevará otros tiempos.
Si sabemos que esto sucede, que el vínculo se construye, nos permitiremos transitar esta etapa como una etapa de adaptación, de reconocimiento y aprendizaje mutuo, dando lugar a propuestas que favorecen esa relación.
En sus primeras horas de vida, el bebé vive el período de mayor sensibilidad: respira a su mamá, huele, mira, escucha, siente por medio de su piel, construyendo en ese instante las primeras impresiones acerca del mundo externo tanto físico como emocional.
Por todo ello es tan importante que ese tiempo sea un tiempo de intimidad: madre, padre, hijo o hijos intentando conocerse, descubrirse, sintonizarse para poder transmitirle sensaciones de seguridad, de confianza y sostén para facilitar su llegada al mundo, su adaptación y desarrollo.
Desde el primer momento de su llegada, el bebé intenta a su manera comunicar lo que siente, lo que necesita. Se trata entonces de estar abiertos a recibir sus mensajes que en principio tendrán forma de llanto: único medio de expresión hasta la adquisición del lenguaje tanto verbal como corporal.
Las madres, en general, tienen poca tolerancia al llanto de su bebé: las angustia, las inquieta. Se trata de enfrentarse cada vez con esa necesidad, esa demanda del bebé que en los primeros días es total y que, por supuesto, no se satisface del todo. Esta situación de sentirse imprescindibles, que para algunas es muy satisfactoria, para otras mujeres se vuelve una exigencia y una sensación de vulnerabilidad que no les permite maternar de una manera tranquila.
Es allí donde el padre tiene todo un lugar que espera ser ocupado: brindarle a su mujer el sostén necesario para que pueda desde allí acercarse al bebé, vincularse con él y por lo tanto maternar.
Si esto no fuera suficiente, es sugerible una consulta con un profesional de la salud de confianza.
Por todo esto, el nacimiento de un hijo es también una oportunidad para replantearnos esas ideas concebidas con anterioridad a nuestra propia experiencia como madres, y dar lugar a las sensaciones más espontáneas, nuestro instinto, nuestra intuición para ver qué nos pasa en ese encuentro único con nuestro bebé y aceptar nuestra singularidad.
Por: licenciada Marisa Russomando, psicóloga (MN 23189), directora de Espacio La Cigüeña
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