En los últimos meses Argentina y Gran Bretaña han reactivado su histórica disputa por la soberanía de las islas Malvinas. ¿Qué explica esta última escalada diplomática?
En principio no debemos concentrarnos en una sola causa. Existen, de hecho, numerosas razones que pueden ayudarnos a comprender este conflicto. Una de ellas es que este año se cumplen tres décadas de la guerra de Malvinas, ocasión en la que Argentina recuperó posesión de las islas por unos meses. Asimismo, la búsqueda de petróleo en las aguas que rodean a las Malvinas por parte de empresas británicas nos recuerda la importancia que esta valiosa fuente de energía tiene en numerosas disputas territoriales. Por último, controlar Malvinas -junto con las islas Georgias y Sandwich del Sur, que Argentina también reclama- le brindaría a cualquiera de estos países la posibilidad de ejercer soberanía sobre un sector importante de la Antártida, potencial fuente de recursos energéticos y minerales. En definitiva, existen razones de tipo emotivo, económico y estratégico que han provocado el intercambio de acusaciones entre Argentina y Gran Bretaña.
Pera quizás la principal razón que explique la disputa sean los cambios estructurales que están teniendo lugar en el sistema internacional y la interpretación que hacen de estos los principales Estados involucrados. Un primer fenómeno a analizar entonces es la drástica caída que ha experimentado la tasa potencial de crecimiento de Gran Bretaña. Esta tasa es y probablemente continuará siendo sustancialmente inferior a la de Argentina, lo cual seguramente se trasladará también a otras variables que definen el poder de las naciones -como puede ser el poder militar y alianzas políticas que mantiene cada nación. En efecto, este fenómeno es importante porque deriva de causas estructurales que difícilmente puedan cambiar en los próximos años. Analicemos entonces el caso británico.
Luego de la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña experimentó una declinación política y económica que sólo pudo ser revertida con la llegada al poder de Margaret Thatcher. Su gobierno adoptó dos decisiones que resultarían claves para impulsar el crecimiento económico y político de su país. En primer lugar decidió desregular la economía británica y de esta forma incentivó el fortalecimiento del sector financiero, única industria en la que Gran Bretaña mantiene claras ventajas comparativas respecto a otros países desarrollados. Esta política facilitó el crecimiento económico por años. La otra gran decisión estratégica de Thatcher, que luego mantendrían sus sucesores, fue fortalecer el rol de Gran Bretaña como principal aliado político y militar de Estados Unidos. De hecho, el éxito británico en la guerra de Malvinas se debió en gran medida a la ayuda diplomática y militar que este país recibió de Washington.
Hoy en día estos dos pilares parecen estar desmoronándose. Por un lado, el sistema financiero británico viene perdiendo su rol como motor de la economía. Este proceso se debe a varios motivos. Uno de ellos es la creciente ola regulatoria que trajo consigo la última crisis financiera, pero quizás más importante aún sea el surgimiento de nuevos centros financieros que ahora rivalizan con Londres y Nueva York. A este panorama debemos sumarle una economía que luego de haber sufrido en el 2008 su mayor crisis desde 1930, hoy parece, a diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos o en Alemania, seguir estancada por los problemas estructurales que enfrenta.
Las dificultades fiscales y económicas por las que atraviesa Gran Bretaña la han obligado también a reducir el tamaño de sus FF.AA., las cuales ya han sufrido un recorte presupuestario del 8% en términos reales. El gobierno de David Cameron parece así haber renunciado a la posibilidad de intervenir en conflictos similares a los de Irak y Afganistán, y se ha concentrado en preservar su poder de disuasión nuclear y en combatir las amenazas que presenta la ciberguerra. Este menor peso militar convierte a Gran Bretaña en un socio cada vez menos atractivo para EE.UU.
En efecto, la "relación especial" que mantuvo Gran Bretaña con Estados Unidos se basó en su capacidad para apoyar incondicionalmente a la Casa Blanca y a hacerlo no solamente a través de las palabras sino con asistencia militar. A diferencia de lo que ocurría con otros aliados europeos, los británicos no parecían tener inconvenientes en enviar tropas para combatir junto a los soldados estadounidenses, ni tampoco pretendían mantener un alto grado de autonomía en temas estratégicos -como sí lo hacía, por ejemplo, la Francia de De Gaulle. Hoy el escenario ha cambiado. Luego de las derrotas sufridas en Afganistán e Irak, los británicos ya no parecen estar dispuestos a mantener las capacidades que son necesarias para acompañar a los Estados Unidos en toda ocasión, mientras que la Francia de Nicolas Sarkozy ha vuelto a formar parte de la estructura de la OTAN y busca así presentarse como un aliado confiable para la superpotencia. La situación de Gran Bretaña se vuelve especialmente vulnerable si consideramos que la principal preocupación estratégica de Estados Unidos ya no es Europa, sino Asia. Efectivamente, la intención de contener el crecimiento chino ha llevado a la administración de Obama a priorizar sus relaciones con países como India y Australia, no con Gran Bretaña. En definitiva, ya no existen razones para justificar una relación especial con sus primos anglosajones.
Por otro lado, el surgimiento de China e India como grandes consumidores de commodities ha impulsado fuertemente el crecimiento económico de la Argentina. Y no me refiero solamente a la soja y a otros commodities de origen agrícola sino también a la minería y la extracción de shale gas y shale oil, que en los próximos años se convertirá en una importante fuente de riqueza para este país. Hasta ahora, sin embargo, este crecimiento económico no se ha visto reflejado en el plano militar -la otra gran variable que explica el poder de las naciones. Para tener una idea del nivel de desinversión que sufren las FF.AA. argentinas debemos mencionar que el año pasado este país invirtió en su sistema de defensa tan sólo 3 mil millones de dólares, mientras que Chile destinó el doble de esta cifra y Brasil nueve veces más. Esta es una anomalía que no tiene mucho sentido, especialmente si consideramos que hoy las FF.AA. en Argentina están subordinadas al poder civil y, por lo tanto, ya no representan una amenaza a la democracia. La necesidad de recuperar un sistema de defensa capaz de disuadir posibles agresores y brindarle al Estado una herramienta de diplomacia se ha vuelto, por lo tanto, evidente.
Finalmente, los cambios que han tenido lugar en el sistema internacional también han afectado el respaldo diplomático con el que cuenta cada una de estas naciones, siendo éste otro escenario en el cual la situación de Argentina parece haber mejorado. Y esto es así en primer lugar porque una nueva potencia mundial, como China, y un país emergente con fuerte presencia en el Atlántico Sur, como Brasil, apoyan la posición argentina. Es más, América Latina en su conjunto respalda activamente a este país, posición que contrasta con la aparente indiferencia que muestra la Unión Europea por el tema -recordemos que España mantiene una disputa similar con Gran Bretaña por Gibraltar. Pero aún más importante para entender el juego de alianzas que puede tener lugar en el futuro es el hecho que la histórica neutralidad de Estados Unidos -que en términos prácticos favorecía la posición británica- podría cambiar. En parte esto se debe a que Gran Bretaña ya no mantiene la importancia económica, estratégica y militar que alguna vez tuvo para este país. Por otro lado, dada su cercanía geográfica y la creciente presencia china, América latina seguramente se convertirá en una región clave para su política exterior. Si la Argentina quiere recuperar las islas entonces deberá intentar que Estados Unidos apoye su posición, lo cual ha vuelto a ser posible.
En el futuro Argentina deberá ante todo evitar provocar y ser provocada. Y esto es así porque el paso del tiempo favorece su postura. No tiene apuros. En efecto, el balance de poder -principal variable que explica la solución de este tipo de conflictos- seguramente será cada vez más favorable a este país, especialmente en el plano económico y diplomático. Por otro lado, Argentina debe evitar que la disputa se traslade al plano militar, no solamente porque utilizar la fuerza para resolver este tipo de disputa no es deseable en sí mismo sino porque en estos momentos la debilidad argentina en este plano es más que evidente.
Para concluir, podemos afirmar que el balance de poder proyectado a mediano y largo plazo ha girado en favor del país latinoamericano. La percepción de una Gran Bretaña más debilitada, con dificultades para ejercer su poder en islas que se encuentran a 12.000 km de distancia de su territorio creó fuertes incentivos para que Argentina vuelva a instalar el tema Malvinas en la agenda diplomática. Por otro lado, las transformaciones que vienen teniendo lugar a nivel internacional fortalecieron la posición argentina, brindándole mayor apoyo diplomático y poniendo en duda la sustentabilidad de la alianza entre EE.UU. y Gran Bretaña. En definitiva, los cambios estructurales en el sistema internacional explican la reciente escalada diplomática entre ambas naciones.
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