El relajo en las vacaciones suele ser total, ya que uno se acuesta y se levanta a cualquier hora. Como no hay rutinas ni obligaciones, se tiende a dejar de lado todo lo que demanda cierto esfuerzo. Algo lógico, ya que para eso son las vacaciones.
Dentro de este marco, la comida tampoco le escapa al esquema del relajo. Los yogures y el bife con ensalada dejan lugar a docenas de churros y facturas, grasientas achuras, kilos de helados, baldes de mates azucarados y botellas de vino y cerveza. Encima hace calor, y por eso no dan ganas de hacer gimnasia o matarse con la bicicleta. El resultado no puede ser otro que engordar, y a buen ritmo se suben hasta dos kilos por semana.
Comer es un gran placer, pero si las vacaciones pasan por la comida, ahí existe un problema según aseguran los especialistas. Lo ideal sería darse gustos aunque sin tanta libertad, porque sino después la vuelta a la normalidad será durísima. Pero es que nadie, nadie, se salva de las tentaciones.
El que va a una casa o a una cabaña abusa de las picadas y los asados en esa parrilla que está ahí, tan a mano como nunca. El que se hospeda en un hotel se pierde con el desayuno continental y el resto de las comidas en sucesivos restaurantes. Mientras que el que eligió el camping come sandwiches y fideos como para un año, y el colmo es el que se embarca en un crucero. El all inclusive no sólo es obsceno, sino que hace estragos.
"Somos oportunistas. Quienes veranean en hoteles con mesa libre quieren comer todo, y quienes tienen menú fijo no dejan nada. Aquellos que optan por llevarse comida apelan a la panadería, económica y portátil. Y quienes disfrutan de la compañía se juntan para comer, y eso significa agasajarlos con mucha comida", explica Edgardo Ridner, presidente dela Sociedad Argentinade Nutrición.
Por su parte Ana Jufe, directora del Equipo Libertador de Tratamiento de Obesidad y Trastornos Alimentarios, asegura: "Se asocia a las vacaciones con comer. Los asados son más largos y más seguidos, se come más veces afuera, hay facturas en el desayuno y a la tarde en la playa también churros, helados a la noche y alcohol cotidiano". La especialista agrega que "muchas personas no aprendieron a enfrentarse con las porciones de un restaurante, un tenedor libre, un desayuno buffet. Por eso pierden el control y ganan muchos kilos, y el caso extremo es el crucero".
A su vez Marcela Leal, directora de la carrera de Nutrición de la Universidad Maimónides, señala: "No es difícil imaginarse que en un país en el cual la mitad de las personas tiene sobrepeso, en el momento del año en que 'la boca se relaja', un porcentaje amplio, mayor a ese 50%, vuelva de las vacaciones con un 3 o 4% más de peso que cuando salió".
Asimismo Sergio Britos, de la Escuela de Nutrición de la Universidad de Buenos Aires, le dijo al diario Clarín que "recuperar el peso dependerá de la conducta al volver: un mes de alimentación saludable y caminatas pueden ayudar mucho".