La pasión, adrenalina y efervescencia que causa en los argentinos el fútbol supera barreras impensadas en otras partes del mundo. El amor por los colores de un equipo despierta admiración en los neutrales. Pero los reiterados hechos de violencia, una y otra vez, consiguen ser los ejes centrales de la noticia y se encargan de opacar la fiesta. Se vive como se juega y los futbolistas, rehenes de esta situación de jugar al límite, se contagian de toda esa locura.
En esta oportunidad, ocurrieron dos casos que ejemplifican al máximo esta tendencia, y el secretario general de Futbolistas Argentinos Agremiados, Sergio Marchi, reclamó con urgencia la intervención del Estado en los temas vinculados con la violencia en el fútbol y reconoció que no cuentan con demasiadas herramientas para combatir ese tipo de situaciones. El poder de los barras se hace inmanejable y la protección cada vez es menor para los protagonistas.
La agresión sufrida por Jonathan Bottinelli por parte de un grupo de barras bravas de su mismo club parece haber sido el límite. Marchi señaló: "No hay salidas mágicas, pero sí hay que mitigarlas. El que tiene que garantizar la seguridad a nivel nacional es el Estado. Esto se resuelve aplicando la ley, que los fiscales investiguen". Sin embargo, dejó un mensaje poco optimista: "Dudo que haya soluciones a corto plazo".
El futbolista, quien expresó a los directivos de San Lorenzo que no volvería a los entrenamientos, describió sus sensaciones: "Sigo tenso por la situación que vivimos. Son cosas con las que tenemos que convivir en el fútbol. Es la tercera vez que me pasa acá. Han venido a hablar y no pasó a mayores, porque el de seguridad nuestra siempre impide todo". Con estas palabras, y la voz entrecortada, Bottinelli comenzó su relato, en dialogo con Fox Sports.
"Yo me iba para mi casa, no fui a pelear a nadie. Tenía más para perder que para ganar. No vas a salir bien parado nunca. Eran tres o cuatro. Los veo ahí y cuando estoy entrando al vestuario, me pegaron en el ojo y lo tengo hinchado. Me estaba metiendo adentro del vestuario, aparece uno corriendo, lo alcanzo a ver y me pega cerca de la ceja. Me dejó un poquito marcada la cara", relató el defensor, quien fue a Agremiados para alejarse del club.
"No sé cómo se llaman, pero son los mismos de siempre. Me pidieron que pongamos más huevo, que esto es San Lorenzo. Yo siempre pongo lo mejor dentro de la cancha, puedo errar un pase o cerrar mal, pero mi forma de jugar es correr, meter y poner". Por estos días, el club azulgrana sufre por su mal presente futbolístico y es acechado por el fantasma del descenso, que hace pocos meses atrás se cobró a su mayor víctima: River Plate.
El incidente ocurrido con el ícono de San Lorenzo se suma a una serie de episodios repudiables. El más cercano, en la noche del miércoles, durante la disputa del duelo entre Racing y Lanús por la 12ª fecha del Torneo Apertura. En el encuentro, los protagonistas rompieron los famosos códigos del fútbol y desataron una batalla dentro del campo, que tras el encuentro siguió verbalmente.
La patada del campeón del mundo Mauro Camoranesi a Patricio Toranzo en el partido que el miércoles jugaron Racing y Lanús marcó un hecho más de la violencia que vive a diario el fútbol argentino, donde la presión desde las tribunas por ganar se traslada al verde césped. Y la mala intención, en muchos casos, continúa en aumento. El partido terminó con tres expulsados sólo por el perdón del árbitro.
Lejos de ponerse el cassette del día después, en la práctica del jueves, futbolistas de ambos equipos continuaron con los agravios. El volante de Racing, Toranzo, calificó al mediocampista de Lanús como "un cobarde" y le recomendó "ir a un psicólogo", ya que si le "hubiese pegado en la nuez, estaría hablando de una tragedia". "En el vestuario escupí sangre y me asusté; a las dos de la mañana llamé al médico y me hice revisar", agregó.
Mientras que el arquero de Lanús, Agustín Marchesín, descargó su artillería verbal contra el delantero colombiano Teófilo Gutiérrez. "Creo que ni sus compañeros deben bancárselo. Entre colegas hay mucho respeto y él lo perdió hace tiempo, habla de todos los equipos, de todos los compañeros, (eso) habla mal de él. A veces hay jugadores que son inteligentes y otros que son tarados, y éste es un tarado. Como persona deja mucho que desear", disparó.
La presión por el contacto tan cercano que se maneja entre jugadores y barras, amenazantes cuando los resultados no son los deseados, se refleja a la hora de jugar y se traduce en las estadisticas. En las 12 fechas que lleva el campeonato, 47 jugadores vieron la tarjeta roja. Y no por casualidad, el líder Boca Juniors y Vélez Sarsfield, último campeón, no figuran en ese registro.
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