Cuando Borges llegó a mis manos en la juventud, me sedujeron por igual su poesía y su prosa. Aprendí de sus cuentos con pasión sedienta, buscando descifrar los arcanos del lenguaje, como él mismo diría, y en su poesía me admiré de hallar la continuidad vital del modernismo, una prolongación sabia de Rubén Darío.
Yo conocía al dedo a Darío, porque había sido amamantado en esa leche materna, y así, a veces, como en esos juegos de espejos tan caros a Borges, me parecía que había poemas de Darío que parecían escritos por Borges, como si uno se reflejara en el otro y se fundieran en el tiempo, por ejemplo éste del año 1900, cuando Borges tenía un año de edad:
La tortuga de oro camina por la alfombra
y traza por la alfombra un misterioso estigma;
sobre su carapacho hay grabado un enigma
y círculo enigmático se dibuja en su sombra.
Esos signos nos dicen al Dios que no se nombra
y ponen en nosotros su autoritario estigma:
ese círculo encierra la clave del enigma
que a Minotauro mata y a la Medusa asombra...
Los números pitagóricos, para Darío, eran creadores de vida, signos imprescindibles del universo. Simbiosis de Darío y Borges en Pitágoras. Y esta primera estrofa de La Noche Cíclica de Borges, a su vez, parece escrita por Darío:
Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras:
Los astros y los hombres vuelven cíclicamente;
Los átomos fatales repetirán la urgente
Afrodita de oro, los tebanos, las ágoras.
Darío, igual que Borges, adoraba la idea de la metempsicosis, la transmigración de las almas de un cuerpo a otro cuerpo, no importa la distancia de las edades, una idea que es pitagórica y es órfica. Pitágoras y Orfeo. Los números y el canto. En el poema que lleva precisamente ese nombre, Metempsicosis, Darío cuenta la historia de Rufo Galo, el soldado que durmió en el lecho de Cleopatra, donde disfrutó un minuto audaz del capricho "de la imperial becerra", y lo paga con la vida:
Yo fui llevado a Egipto. La cadena
tuve al pescuezo. Fui comido un día
por los perros. Mi nombre, Rufo Galo
Eso fue todo.
Es un poema que Borges, por supuesto, admiraba. En el cuento El inmortal, que está en El Aleph, otro Rufo, Flaminio Rufo, salta a través de las edades. El personaje dice: "Yo he sido Homero; en breve, seré Nadie, como Ulises; en breve, seré todos: estaré muerto... ". Y el propio Borges: "Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal...". A lo que Darío ya le había respondido desde antes en El coloquio de los Centauros:
La pena de los dioses es no alcanzar la muerte...
Padre e hijo, maestro y discípulo, persiguiéndose y hablándose a través de las edades. Arcades ambos.
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