Que la última Kate que subió al trono -en el siglo XVI- haya sido ejecutada por orden de su marido no debería ser tomado como un signo de mal augurio; es una simple casualidad. Katherine Howard tenía sólo 20 años cuando su cabeza rodó en la Torre de Londres donde estaba encarcelada por haberle sido infiel al rey, de quien era la quinta esposa.
Pero, contrariamente a lo que su conducta conyugal pueda hacer pensar, Enrique VIII, segundo soberano de la dinastía Tudor, era un hombre culto, apasionado por la música, la poesía y la teología. Esta última afición lo llevó a escribir una refutación de las tesis de Lutero, el monje alemán que inició la reforma protestante. Por esta iniciativa, Enrique recibió del Papa el título de "Defensor de la Fe", lo que no le impediría, más tarde, protagonizar un cisma religioso que persiste hasta hoy.
Y fueron estos mismos conocimientos teológicos los que le dieron argumentos a la hora de romper con el Sumo Pontífice por razones, en realidad, muy alejadas de la interpretación de las Sagradas Escrituras.
Había sido coronado a los 17 años, en 1509. Sucesor de su hermano mayor Arturo, muerto prematuramente, Enrique se casó en primeras nupcias con la viuda de aquél, Catalina de Aragón, hija de Fernando de Aragón e Isabel la Católica, soberanos bien conocidos por los latinoamericanos.
Todo su reinado estuvo marcado -además de los matrimonios en cadena- por una estrategia de alternancias de amistad y enemistad con dos de sus contemporáneos: el rey de Francia, Francisco I, y el emperador Carlos V.
Los problemas surgieron cuando Enrique empezó a temer que su esposa no le diese un heredero varón. Tenían una hija, María (que como reina será llamada "La Sanguinaria"). Para no enemistarse con Carlos V, sobrino de Catalina de Aragón, el Papa Clemente VII le negó el permiso al rey de Inglaterra para divorciarse.
Enrique, que ya había tomado como amante a una dama de compañía de la reina, Ana Bolena, decidió entonces romper con Roma. Un detalle de la biología -la joven estaba embarazada- aceleró el cisma religioso.
Casado en secreto con Ana, el rey hizo declarar inválido su matrimonio con Catalina de Aragón -argumentando que era la viuda de su hermano-. Y cuando el Papa reaccionó excomulgándolo, hizo que el parlamento adoptara el Acta de Supremacía que lo proclamaba "único y supremo jefe de la Iglesia de Inglaterra". A partir de ese momento, Enrique VII entraría en la vorágine de divorcios en cadena, varios de ellos a los hachazos, que hicieron su fama.
Ana Bolena no tuvo un hijo varón -para desgracia suya-, sino otra mujer -la futura reina Isabel-, y Enrique empezó a cansarse de ella. Mediante intrigas, fue acusada de adulterio y hasta de incesto y, luego, condenada a muerte. Fue decapitada el 19 de mayo de 1536 y, sólo once días después, su viudo volvió a casarse.
La elegida fue Jane Seymour, quien finalmente engendró un varón -el futuro Eduardo VI-, pero murió en el parto.
Sin duda con la intención de evitar un casamiento impulsivo por parte del enamoradizo rey, su ministro Thomas Cromwell (tío de Oliver Cromwell) sugirió el nombre de la princesa luterana alemana Anne de Clèves para, de paso, consolidar una alianza contraria a Roma.
Pero no por programada esta boda resultó mejor: al parecer, la dama no fue del gusto de Enrique y el matrimonio apenas duró seis meses. Esta Ana salvó su cabeza. El rey le otorgó casa y pensión, pero la alejó de la corte mientras se enredaba con Catherine Howard, una muchacha de 18 años ligera de cascos... lo que no le impidió convertirla en reina consorte número cinco.
Para entonces, Enrique ya tenía 50 años y la edad y los kilos de más le impedían ocuparse demasiado de su joven esposa, que buscó consuelo en otros brazos. Fue denunciada y decapitada el 13 de febrero de 1542 en la torre de Londres. Tenía apenas veinte años.
El rey se casó por última vez con una viuda de 31 años, Catherine Parr, de ideas luteranas muy firmes. Cuando fue elegida, ella era en realidad amante de uno de los cuñados de Enrique, Thomas Seymour, pero por entonces era prudente obedecer los caprichos reales si no se quería acabar en la Torre de Londres. El rey, que al fijar la doctrina de lo que en adelante sería la Iglesia Anglicana había vuelto a la ortodoxia teológica, aunque no a la obediencia a Roma, ya había perdido -junto con los ardores amatorios- también la pasión por decapitar a sus consortes y eso permitió a su sexta esposa, que osó varias veces desafiarlo en el terreno de la fe, sobrevivirlo. Más aún, se volvió a casar -con su amante Seymour- en lo que fue su cuarto matrimonio ya que, antes de Enrique, había enviudado de otros dos maridos.
Más allá de su naturaleza apasionada, para entender los avatares conyugales del más famoso de los Tudor, hay que recordar que fueron influidos, en parte, por las querellas religiosas que se desencadenaron en Europa y se entrelazaron con los conflictos geopolíticos de una época agitada.
Por otra parte, aunque cueste entenderlo a esta altura de la historia, la decapitación era en aquel entonces un "privilegio" de ricos y poderosos por ser considerada un método de ejecución piadoso, a condición de que la mano del verdugo fuese rápida y precisa. Era menos doloroso que otros procedimientos practicados en la época, como la horca o la hoguera, que además frecuentemente iban precedidos de horribles tormentos.
A tal punto era así, que cuando Enrique VIII finalmente decidió ejecutar a su amigo y consejero Tomás Moro, por su oposición a aceptar la desobediencia a Roma, tuvo un gesto de piedad: el autor de la célebre Utopía había sido condenado a morir arrastrado, ahorcado y desentrañado, pero por intervención del rey fue decapitado sin más trámite.
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