A sus 43 años, Kennedy iba a convertirse en el presidente más joven de la historia del país, tras una trepidante campaña electoral que se vivió por primera vez ante las pantallas y se cerró con un estrecho margen de ventaja sobre su oponente, el entonces vicepresidente Richard Nixon.
Los que escucharon aquella mañana al nuevo mandatario no podían imaginar la huella que dejarían sus palabras en la conciencia colectiva de Estados Unidos.
Aún hoy en día, los estadounidenses perciben que JFK fue uno de los "grandes presidentes" y una encuesta de USA Today publicada hoy lo coloca por encima de las tres cuartas partes de todos los mandatarios.
Poco antes del ecuador de su mandato, cuando tres balas truncaron su vida un 22 de noviembre de 1963 en Dallas (Texas), el idealismo que impregnaba sus propuestas serviría para forjar la leyenda de Kennedy, un mito venerado por ambos signos políticos y convertido en vara de medir de todo aspirante a dirigir el país.
Como él, Obama llegó al poder un helado 20 de enero y, como él, ha tenido dificultades en trasladar al papel el idealismo que inspiró al país en tiempos complicados.