"Mi padre fue a la Sierra Maestra, conoció a Fidel Castro", recordó Adrianne Miller, que entonces se llamaba Yolanda López Miranda y entraba en la adolescencia. "También muchas personas venían a verlo a nuestra casa y yo me dormía acunada por los susurros con los que tramaban la revolución".
La dictadura de Fulgencio Batista comenzada en 1952, contra la que luchaban los barbudos, no había reestablecido la Constitución de 1940 pero sí instaurado la violencia: "Hubo bestias que torturaron y mataron, que cada noche aterrorizaban a la gente", explicó Enrique Flores Galbis, quien salió de la isla con sólo ocho años. "Iban a una esquina donde se reunían los jóvenes y para intimidarlos tomaban a uno al azar y lo destrozaban a golpes".
La revolución de 1959 "fue un momento muy festivo", dijo el hoy alcalde de la ciudad de Miami (ver notas relacionadas) Tomás Regalado, que entonces tenía 12 años. "Se festejaba la ida de Batista, los barbudos entraban en La Habana... Verlos con sus uniformes verde oliva era una sensación. La gente los recibía. En mi casa, como mi padre había apoyado a los revolucionarios, hubo visitas de los famosos comandantes. Conocí a Faure Chomón, a Rolando Cubela, al propio Fidel Castro... Yo era uno de los niños de la casa a los que saludaban".
Pronto la unidad que se había creado contra Batista comenzó a quebrarse. "En menos de un año se notó que nada iba a ser como habían prometido", estimó Yolanda Cárdenas Díaz. "Mis padres no lo sabían pero yo me había unido a un grupito contrarrevolucionario en la escuela. Tenía quince años, pertenecía también a los jóvenes católicos. Empezamos a protestar".
En 1962 ninguno de los cuatro quedaba en su país transformado.
14.048 niños cubanos salieron sin acompañante como parte de la Operación Pedro (Peter) Pan (ver nota relacionada), un programa con fondos federales estadounidenses y permiso para emitir exenciones de visas a menores que ejecutó monseñor Bryan Walsh, de las Caridades Católicas (Catholic Welfare Bureau) de Miami.
Muchos motivos confluyeron en esa decisión de los padres. El gobierno revolucionario había cerrado las escuelas religiosas e incorporaba la enseñanza obligatoria del marxismo en las públicas. Había comenzado una campaña de alfabetización masiva que sacaba a los estudiantes de sus hogares para enviarlos a enseñar a leer y escribir a los campesinos. Circulaban rumores, con menos fundamento que utilidad política, sobre la posibilidad de que el Estado asumiera la patria potestad de los niños cubanos.
En distintos puntos de los Estados Unidos
Miller, Flores Galbis, Regalado y Cárdenas Díaz (ver historias completas en notas relacionadas) viven, respectivamente, en Newberg, Oregon; la ciudad de Nueva York, en el estado del mismo nombre; Miami, en la Florida, y Columbia, en Carolina del Sur. Como todos los Pedro Panes, entraron por Miami y pronto, en la medida en que sus padres llegaban o se demoraban, se establecieron allí o fueron enviados a distintos puntos de los Estados Unidos, a hogares adoptivos, colegios de pupilos u orfanatos.
Para dos de ellos -Miller, Flores Galbis- la lengua dominante es el inglés. Miller, psicoterapeuta, piensa y sueña en inglés y Flores Galbis, pintor y narrador, ha escrito 90 Miles to Havana (90 Millas a La Habana; ver fragmento en nota relacionada), una novela para jóvenes que enhebra como ficción historias reales de Pedro Panes.
Los otros dos han elegido mundos bilingües: Cárdenas Díaz enseñó español a estadounidenses e inglés a extranjeros; Regalado es el alcalde de la ciudad de Miami, un gobierno que se mueve en dos idiomas.
Las circunstancias de la decisión
Al salir, dos de ellos tenían los padres en prisión. El de Miller, el escritor Pablo López Capestany, había denunciado en la televisión, en 1961, que el gobierno de Castro era comunista. "Se convirtió en prófugo; nos encontrábamos con él los fines de semana", relató Miller. "Mi abuelo murió y él fue al funeral, y allí lo arrestaron y lo mandaron a Isla de Pinos. Le dieron 20 años."
Cumplió tres. Lo ayudó a salir Carlos Rafael Rodríguez, dirigente del Partido Comunista Cubano ("habían sido monaguillos juntos en la infancia"), a pesar de que el tribunal acusó a López de haber complotado para matarlo.
También en 1961 volvió a la cárcel -ya la conocía de los años de Batista- el padre de Regalado, abogado y periodista muy interesado por la política: "Con la invasión de Girón, empiezan a encarcelar a todos los posibles opositores. Mi padre cae". No saldría hasta 1979.
Ese mismo año, un grupo de milicianos requisó a los estudiantes de la escuela de Cárdenas Díaz. Ella llevaba un crayón negro para escribir consignas contrarrevolucionarias en las paredes; cuando se dio cuenta de lo que sucedía ya estaba dentro del edificio, hubiera llamado la atención que se fuera. "Por suerte no lo encontraron. Pero dentro del edificio se vivía una pesadilla, acusaban a unos muchachos de traidores y los propios compañeros gritaban 'Paredón'." Llegó a la casa temblando. Sus padres no le permitieron volver al curso.
En la casa de Flores Galbis se escuchaba Radio Swan, una emisora pirata autorizada en marzo de 1960 por el presidente de los Estados Unidos, Dwight Eisenhower, como parte de las operaciones contra Castro. Desde una isla -Swan- en el Caribe Occidental, la radio emitía información y propaganda, entre ellas la versión sobre la pérdida de la patria potestad.
"Creo que es un factor que no se ha tomado lo suficientemente en cuenta", opinó Flores Galbis. "Recuerdo que contaron la historia de un niño que había delatado a sus padres porque comían algo que se suponía que no podían comer, o decían algo sobre Fidel que se suponía que no podían decir, y los habían encarcelado... Decían que a los niños nos iban a pasar cosas horribles, mis padres quedaron aterrados y buscaron una manera de sacarnos a mis hermanos y a mí."
Solos en un país extraño
"Mis padres tomaron la decisión", hilvanó Regalado, "y me dijeron de un día para el otro que mi hermano Marcos y yo nos íbamos. 'No importa, m'hijito, que tú vuelves pronto porque Fidel se cae', me aseguró mi mamá. En la década del '60 el exilio cubano se fue pensando que regresaría en tres meses porque no se suponía que hubiera un país comunista a 90 millas de los Estados Unidos. Pero todavía estoy esperando. No he vuelto más".
Miller llegó en marzo de 1962. "Mi madre no me llevó al aeropuerto. Había tenido una especie de colapso nervioso. Fue duro partir y llegar a Miami fue más difícil. Me llevaron al campamento de Florida City, donde estuve cuatro días que se me borraron de la memoria. Tengo cuatro días en blanco hasta que me ubicaron con una familia adoptiva."
Durante un año entero Cárdenas Díaz vivió en el mismo campamento que Milller. "Los Pedro Pan nos compenetramos mucho. A pesar de que pasamos trabajo, vivíamos un montón en el mismo lugar, con un mismo baño, lo pasamos mejor psicológicamente porque nos apoyábamos mutuamente, teníamos consuelo."
"Era como una escuela de pupilo, un poco estricta", siguió Regalado. "Muchos niños, barracas, clases, actividades... Yo había estado pupilo en Cuba, pero mi hermano tuvo más dificultades en adaptarse. Era la primera vez que salíamos de la casa. Extrañábamos muchísimo, escribíamos cartas pensando que si lo pedíamos nos mandaban a buscar."
El campamento, como explica uno de los personajes del libro de Flores-Galbis, era un lugar de paso. Si los padres no llegaban, los niños eran enviados a hogares sustitutos u orfelinatos.
La reunión familiar
Miller entró pupila a un colegio en Santa Rosa, California. Allí vivió la Crisis de los Misiles: "Temía que toda la gente a la que amaba fuera borrada de la faz de la tierra". Allí le llegó, a tres años de su salida de Cuba, el telegrama que le anunciaba la llegada de sus padres a Miami.
Aunque toda la vida había soñado con estudiar en Nueva Inglaterra, en el noreste del país, a Cárdenas Díaz le tocó el desierto de Nuevo México. "Tenía pánico de que nos enviaran a un orfelinato, pedí que por favor nos pusieran con padres adoptivos, y el único lugar donde nos aceptaban juntos a mi hermano y a mí era en Albuquerque. Me fascinó: el desierto era tan diferente a todo lo que yo había visto en mi vida..."
Una tía recogió a los niños Regalado. En su casa siempre tenían lista la maleta: "Seguimos en la misma filosofía, pensábamos que ya volvíamos. Mucha gente no había desempacado en caso de que hubiera que ir corriendo para Cuba. Pero después de la crisis de octubre, por orientaciones de mi papá mi mamá vino. El reencuentro fue bastante emocional, con un poco de molestia: '¿Por qué no viniste más temprano?'. Pero nadie tenía un control de cuándo salía, era un proceso difícil."
Cubano-americanos
En el país de adopción ninguno se relacionó del mismo modo con la memoria de Cuba.
"Primero me desarraigaron de mi familia y me mandaron a un lugar que yo no conocía, pero después me adapté perfectamente", dijo Regalado. "Estudiaba, hacía una pasantía en la radio y echaba gasolina a los carros en una estación. La juventud se me fue. Pero era el encargado de la casa". Ahora es responsable de la administración de la ciudad de Miami, donde viven más de 700 mil cubanos, elegido como 33º alcalde con el 72 por ciento de los votos.
Cárdenas Díaz, en cambio, decidió no vivir en esa ciudad donde no iba a poder dejar el pasado para concentrarse en el presente. "Todo eso del exilio quise dejarlo atrás. Soy americana, pero también me identifico como ciudadana del mundo. Nunca volví. Veo a la isla como a mi abuela, cuya muerte fue un golpe terrible para mí, pero ni ella ni la Cuba que yo conocí existen ya. Las llevo en mi corazón."
En sus memorias y en su blog [http://aymill.wordpress.com/], Miller regresa a la experiencia Pedro Pan (ver texto en nota relacionada). En ambos recordó su encuentro con Ernesto Che Guevara (nota relacionada), en una peluquería en La Habana, cuando ella tenía 14 años. "Siempre me intrigó la contradicción entre la imagen del hombre que conocí y lo que supe que hizo. Si no hubiera sabido quién era, habría dicho que estaba ante un santo. Por supuesto, no lo vi matando gente". Hoy explora esa grieta escribiendo un libro en colaboración con Martín Guevara, sobrino del revolucionario: Bajo el peso de un mito.
Flores Galbis regresó a la isla luego de 35 años. "La vida de la gente allá es realmente muy difícil. Antes de viajar tenía una visión intermedia, por oposición a mis padres que demonizaban todo lo que pasaba en Cuba, pero cuando fui me di cuenta que yo no querría vivir de ese modo por más de tres semanas. Estaba en el Hotel Nacional y pensaba 'Qué linda es Cuba desde el cuarto piso de este hotel, cuando uno tiene su casa en Nueva York'. Sería muy hipócrita decir cualquier otra cosa."
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