Después de leer Nuestros años verde olivo, el escritor peruano y flamante Nobel de literatura, Mario Vargas Llosa, le escribió al autor: "Hacía tiempo que un libro no me absorbía y emocionaba tanto como esta descripción tan honesta, tan veraz y tan lúcida de una ilusión que compartimos tantos latinoamericanos con la Revolución Cubana".
Roberto Ampuero nació en 1953 en Valparaíso. Su militancia universitaria en la Juventud Comunista de Chile en los años 70 lo llevó al exilio tras el golpe. Luego de un breve paso por Alemania del Este, recaló en Cuba, con la ilusión de encontrar el paraíso socialista en la tierra. La historia de sus años en la isla -"no fui como turista, yo viví como los cubanos", se cuida de aclarar- sería, tiempo después, la materia de este libro extraordinario -"una novela muy porfiada", dice él- que en sus diez años de existencia ha conocido algunos avatares: prohibiciones, postergaciones y clandestinidad, por un lado, y una extraordinaria repercusión por el otro (ver notas relacionadas).
Pero la fama de novelista de Ampuero es anterior a ese libro. Data de 1993 con la publicación de ¿Quién mató a Cristian Kustermann?, primera de una saga de seis novelas policiales protagonizadas por un detective de origen cubano, Cayetano Brulé, siendo la última de ellas El caso Neruda. Desde entonces, se han sucedido también otras novelas (ver Puntos importantes) en las cuales Ampuero bucea en las relaciones de pareja y su complejidad en el mundo moderno.
El formato de trhiller está también presente en La otra mujer (ver fragmentos en nota relacionada), aunque el tema central que explora aquí, al igual que en novelas previas como Los amantes de Estocolmo y Pasiones griegas, es el de los cambios producidos en la relación de pareja por la emancipación de las mujeres y su presencia cada vez más fuerte en la vida profesional, la economía y la política. Pero esta novela tiene también un importante componente de intriga y de investigación de estilo policial porque, como explica él, la vida misma tiene suspenso y con frecuencia se enfrenta uno a situaciones de incierto desenlace. Como las que el propio autor vivió en su derrotero cubano.
En Chile, sus obras llevan más de 40 ediciones y aunque Ampuero reside actualmente en Iowa, Estados Unidos, donde es profesor universitario, y hace muchos años que vive lejos de su país, éste está muy presente en su narrativa, al igual que otros escenarios en los que transcurrió su vida, como La Habana o la Alemania del Este.
En esta charla con Infobae América, Ampuero hace un duro balance de la Revolución cubana -"han perdido medio siglo de desarrollo"- y habla sobre su nueva novela.
¿Cómo se explica para usted el silencio que mantiene sobre Cuba, sobre la falta de libertades y el autoritarismo de su régimen, buena parte de la izquierda latinoamericana?
Me cuesta verlo como una actitud de América Latina en su conjunto porque en cada país es diferente. Acabo de estar en Chile y allí los sectores que se identifican y defienden a Fidel Castro son absolutamente minoritarios. El Partido Comunista chileno, el único que en realidad se identifica con Castro, obtuvo el 3,5% de los votos en las últimas elecciones. Y dentro de la misma izquierda democrática chilena, decir públicamente que se apoya al régimen es políticamente suicida. Ahora, es verdad que en ciertos países perdura otra imagen. En Portugal y en Grecia, por ejemplo, todavía hay sectores de la izquierda que siguen identificándose con el castrismo.
¿Sobre la base de qué argumentos?
La justificación que me dan es que ellos piensan que la Revolución Cubana fue un momento clave de la epopeya de la izquierda latinoamericana y que no pueden alejarse de ella porque sería renunciar a sus principios. El tema central para mí es que uno no puede estar atado a principios desvinculados del ser humano. Por ejemplo, la consecuencia, que mucha gente cree es una gran virtud en sí misma, pero hay grandes dictadores de la historia que fueron consecuentes, como (José) Stalin o el mismo (Fidel) Castro y ya vemos hacia dónde conduce. Lo central aquí es preguntarse por el ser humano concreto. Yo llegué a Cuba siendo comunista y fue la práctica diaria, el vivir como los cubanos, porque yo no fui como turista, lo que me llevó a renunciar en La Habana a la Juventud Comunista de Chile en 1978 y a decir esto no lo quiero para mí país, ni para mi familia. Ni Pinochet ni Castro: la gente que lo sigue defendiendo es gente que no quiere ver la realidad.
Muchos defensores del castrismo argumentan que, si bien en Cuba no existen todas las libertades, todo el mundo tiene acceso a la salud, a la educación, etc., lo que llaman derechos sociales o derechos humanos de segunda generación.
En los papeles todo eso estaba garantizado, pero en Europa del Este donde lo estaba en un nivel superior al de Cuba, los regímenes comunistas se cayeron sin que se quebrara un solo vidrio; no hubo quien saliera en defensa de esos sistemas que supuestamente lo tenían todo. Fue seguramente porque al lado estaba la Europa occidental y a mí no me cabe duda de que cuando se produzca la muerte de Fidel o Raúl Castro se va a desmoronar el régimen sin que nadie salga a defenderlo. Lo central es que uno no puede justificar la falta de libertades por un plato de arroz o porque te van a atender gratis los dientes. Y puedo decir que incluso los servicios públicos en Cuba ya en aquel momento -la gran época en que estaba financiada por la URSS- eran deplorables. Obviamente que en América Latina en muchos lugares hay gente que vive sin estos recursos pero de ahí a extrapolar, a decir: para conseguir esto debemos renunciar a nuestros derechos individuales, renunciar a tener partidos políticos, prensa libre, a viajar cuando queramos, ¡por favor!... con esa lógica uno puede justificar a Hitler porque construyó maravillosas carreteras. Es una argumentación muy peligrosa y profundamente antidemocrática.
¿Cuánto del no desarrollo cubano es atribuible al bloqueo antes y al embargo ahora?
Sólo durante un par de semanas en el año 1961 hubo un bloqueo real que significa impedir el comercio. Lo que hubo siempre fue un embargo. Yo condeno los embargos, condené también el que se quiso imponer contra el dictador (chileno Augusto) Pinochet; porque lo que se estaba proponiendo no era un bloqueo a Pinochet que al contrario tenía así otra excusa para reprimir, sino a la producción chilena, al pequeño y mediano productor que estaba intentando llegar al mercado internacional. Condeno los embargos a izquierda y a derecha. No es un arma inteligente porque en el caso del de los Estados Unidos contra Cuba le ha dado a Fidel Castro un buen argumento para decir "nuestro sistema fracasa por la presión de Washington a nuestra economía".
¿Y no es así?
No, porque si uno mira a los países de Europa del Este, se ve algo muy sencillo, indudable: en ninguna parte la estatización de todos los medios de producción generó una economía próspera. Eran las economías de Europa occidental, con todos sus problemas, las que fueron atractivas para los europeos orientales que vivían en el socialismo. Los niveles de desarrollo tecnológico de Occidente frente a Europa del Este y la URSS eran impresionantes. No se debe a una maniobra de nadie; es simplemente que no hay nada que pueda sustituir la iniciativa privada, pequeña, mediana o grande, no hay nadie, fuera del individuo, que pueda entregar esa dedicatoria al trabajo diario. El Estado va perdiendo el interés, la capacidad, el sacrificio y la entrega de la gente porque es algo que no le pertenece.
¿Todo se explica por ese monopolio estatal de los medios de producción?
En Cuba hubo algo que me sorprendió mucho cuando llegué: no había frutas tropicales para consumir. Y ahí no alcanza la intervención de los EEUU: ¿cómo era posible que no hubiese mangos, bananas? En los años 70, los taxis, que eran estatales, no te llevaban; pasaban la cuenta del petróleo al Estado pero ya trabajan en forma privada, hacían encargos. Paraban, preguntaban para dónde iba uno, "voy en esa dirección, me conviene llevarte", y si no, no. Lo que a mí me hizo criticar estas tendencias es este afán ideológico por monopolizar todas las expresiones artísticas y políticas y en el campo económico esto sencillamente no funciona. Hoy estamos viendo como quieren volver a dar un espacio al sector privado, lanzar a un millón de estatales al desempleo buscando mantener la economía y ver qué hace esta gente. Pero han perdido medio siglo de desarrollo.
¿De qué trata su nueva novela?
En varios de mis libros, exploro las relaciones de pareja modernas. Me interesan sobre todo las mujeres profesionales independientes, una situación que es incómoda incluso para el hombre más emancipado. Estamos en una etapa de transición donde se rompen los viejos parámetros de tipo patriarcal y me interesa explorar cómo es el amor allí, el desamor, los celos... A ese tipo de novelas pertenece La otra mujer. Hay una transición a partir del posicionamiento de la mujer en la política, en la economía, y las cosas van cambiando en direcciones que no sabemos a dónde conducen. En las novelas me interesan esas mujeres que van ascendiendo en poder y en su propia personalidad y ese hombre que, pese a que está dispuesto a aceptar los cambios, siempre vive una tensión porque siente que va perdiendo espacios, por muy emancipado que sea; es un proceso que le cuesta. Esto lo trato en Los amantes de Estocolmo y en Pasiones griegas. Y en mi última novela también hay una mujer que se enfrenta a cambios, que descubre y sospecha algo ante lo cual otra mujer, más tradicional, tal vez hubiera dicho "lo dejo ahí". Pero ella sabe que para ser ella, para ser realmente libre, debe buscar la verdad. Es también una metáfora sobre la actitud de Chile respecto de su pasado.
¿Tiene también elementos autobiográficos como Nuestros años verde olivo?
Uno escribe de los temas que conoce, de las ciudades y lugares que conoce, pero no significa que sea una autobiografía. En La otra mujer, me interesa mucho esta situación de esta persona que descubre a los 50 años que su esposo ha tenido una vida secreta. ¿Cómo lo va a recordar después de eso? ¿Es posible el amor, la reparación? Las dos novelas hablan de la condena a las dictaduras, una a la de Castro y la otra a la de Pinochet. Aunque es casual que salgan justo dos novelas mías, ahí puede verse que yo no soy sesgado: no hay dictaduras buenas, justificables, por nada, ni aunque tengan una gran economía o una gran salud; no hay forma de justificar los crímenes contra el individuo. Muchas veces cuando se habla de Castro, te quieren endilgar que eres derechista... No, yo condeno todas las dictaduras y me ubico en el centro en el sentido de que haya libertad para que cada país elija lo que quiera su gente.
Napoleón exclamaba con frecuencia: "¡Qué novela la de mi vida!". ¿Siente eso respecto de las cosas que le pasaron en su vida?
A veces la realidad es mucho más fuerte y sorpresiva que la ficción porque la realidad no tiene que ser convincente ni verosímil: la realidad simplemente es. En la novela, cuando uno quiere contar algo realmente extraordinario tiene que tener mucho cuidado porque si se le escapa la verosimilitud... En la realidad, en cambio, pasan cosas increíbles y nadie va a pedir lógica... no, todo es posible. Usamos el término ficción para hablar sobre una parte de la realidad porque si no lo usamos no podríamos dormir tranquilos. No hay deslinde entre la realidad y la ficción, es un continuo que nos da muchas sorpresas.
¿Es por eso que el suspenso está tan presente?
Me interesa mucho el suspenso, mis novelas lo tienen, tienen intriga, misterio, porque creo que la vida es así, no creo que yo lo adicione. Así ha sido mi vida, de momentos de grandes incertidumbres, de esfuerzo por lograr cierto resultado, y ese tipo de elementos de la realidad que yo proyecto en mis novelas es lo que agrada a diferentes tipos de lectores en distintos países.
¿Le han propuesto pasar al cine alguna de sus novelas?
Algo ha habido. El problema es que yo me niego a que reduzcan la trama a un solo escenario o a que en lugar de La Habana la ubiquen en otra ciudad. Los espacios son personajes y hay que tomarlos muy en serio. Pero claro, eso encarece los costos de un film. Sin embargo, hay consultas.
Usted dijo que escribió Nuestros años verde olivo porque Cuba era en aquel tiempo un país hermético, desconocido. ¿Siempre tienen un propósito sus libros?
Esa novela la escribí porque todo el mundo me preguntaba siempre cómo era eso de haber vivido allá y decidí contarlo fundamentalmente para mi familia, para mis hijos y mi mujer, hasta que lo leyó un editor de Planeta amigo mío y me dijo: "Esto no es una saga familiar, es una saga que debe compartirse, es parte de la historia de Chile, de América Latina". Me costó un tiempo aceptarlo pero después me convenció. Y la llegada que ha tenido el libro, que incluso circula en Cuba en forma clandestina, me demostró que sí, que él tenía razón, que esto no era una narrativa familiar que se podía guardar como un álbum de fotografía. Pero mis novelas las escribo porque son historias que llevo adentro y que en un momento necesito expresar y salen en un papel; si no lo hiciera, no podría vivir tranquilo. Pero no hay una intención de aleccionar a nadie, es una exploración que yo hago. Lo que pasa es que de pronto se establecen relaciones que son imposibles de definir, entre el libro y los lectores. Es como esta cosa del amor, que es inmanejable, se da o no se da, y de pronto hay una pasión tremenda por una obra determinada, por un autor, o en otro momento puede un libro no tener lectores. Pero yo no tengo una agenda en el sentido político, de decir, ahora voy a tratar tal tema; no, no resultaría tampoco, a uno le sale la novela que le sale.
Sería una idea castrista, planificar las novelas...
Claro.
¿Dónde son leídas sus novelas?
Mi obra está presente con mucha fuerza en América Latina: Chile, Colombia, México, Brasil, pero también en Europa, está traducida a doce idiomas, incluso al mandarín; diferentes obras claro, porque todo ha ido a distintos ritmos. Ahora, la prestigiosa editorial Penguin va a publicar las novelas para todo el mundo en inglés. O sea que tengo lectores de distintas culturas en todo el mundo y es por eso que uno no se puede proponer una agenda, escribes lo que tienes adentro y a través de cada uno de estos libros dialogas con culturas diferentes. Por eso según el país de que se trate, las editoriales deciden editar primero uno u otro libro.
¿Por qué esta reedición de Nuestros años verde olivo?
Tengo que decir que esta novela recién ahora se abrió camino. Durante muchos años enfrentó una suerte de embargo -ironía del destino- y sucedió incluso que me pagaron anticipos para publicarla y debido a presiones -no hablo de Editorial Norma, por supuesto-, me dijeron: "Quédate con el anticipo, no vamos a publicar la novela, más adelante veremos". Y ésas eran presiones claramente de la misma Habana o de sectores identificados con Cuba. Pero ahora editoriales de distintos lugares están interesadas en este libro. Es una novela muy porfiada porque sigue viviendo y sigue conquistando lectores. Y esta reedición tiene un prólogo de Mario Vargas Llosa escrito cuando todavía pensábamos que nunca recibiría el Premio Nobel.
¿Sufrió algún tipo de estigmatización por parte de sectores de izquierda por meterse con un tema sensible como Cuba?
No especialmente. Hubo sí declaraciones del mundo literario o de la crítica que quieren ubicarlo a uno en un rincón político determinado. Yo lo que subrayo es que después de haber vivido en Cuba y bajo la dictadura de Pinochet, no quiero dictadores de izquierda ni de derecha. Pongo en el centro los derechos humanos y me mantengo políticamente independiente. Lo que quiero es que en mi país exista espacio para los partidos políticos y para la discusión. Mi programa es que la ciudadanía elija. Pero lo que yo exigía para Chile en los años 70 -democracia- también lo quiero para Cuba. Después, que los cubanos decidan, en elecciones libres y secretas; a lo mejor quieren 50 años más de castrismo, pero eso será respetado si lo deciden en elecciones libres.
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