La ceremonia de escarnio público a que fue sometida la selección norcoreana de fútbol a su regreso del Mundial de Sudáfrica, torneo en el cual no pudo registrar ninguna victoria y encima padeció una implacable goleada (7 a 0) de Portugal, resultó chocante en extremo (ver nota relacionada).
La ceremonia casi medieval de humillación de los desdichados miembros del equipo de fútbol de Corea del Norte y de sus entrenadores tuvo lugar en un escenario muy apropiado: el Palacio de la Cultura Popular, estadio monumental como todas las construcciones socialistas.
Irónicamente, el capitalismo "salvó" a dos de los miembros del equipo. Como están contratados en el exterior, An Yong Hak y Jong Tae Se pudieron eludir el escandaloso castigo.
A la expulsión del paraíso, es decir del Partido de los Trabajadores, el director técnico del equipo, Kim Jong-hun, cuyo paradero desconocido preocupa a la FIFA (ver nota relacionada) sumó una condena a trabajos forzados: debía participar de la construcción de otro de esos edificios de estética dudosa, emblemáticos de los regímenes que campearon detrás de la cortina de hierro europea hasta su estrepitoso derrumbe a fines de los 80.
Pero la llamada República Popular Democrática de Corea, por esa costumbre de los regímenes totalitarios de llamarse a sí mismos precisamente por lo que no son: populares, republicanos y democráticos, se mantiene incólume y hermética y la suerte de sus deportistas es incierta.
Es bien conocido el uso que los regímenes comunistas han hecho históricamente del deporte como parte de la maquinaria ideológica del Estado y arma de propaganda por excelencia, tanto en lo interno, para mantener cohesionadas a las masas, como en lo externo, para probar la superioridad del sistema respecto al "decadente" capitalismo liberal occidental.
Los éxitos deportivos eran éxitos de la Revolución, del régimen comunista, del socialismo y/o de la construcción de un hombre nuevo, alejado de los vicios del individualismo burgués. Por eso las diferentes nomenklaturas de la desaparecida Unión Soviética y de sus republicas satélites en el mundo no escatimaron esfuerzos ni recursos para buscar la excelencia en el campo deportivo, como también lo hicieron en la carrera espacial, dos ámbitos que permitían una espectacularidad de resultados extremadamente útil para tapar las falencias económicas y sociales y la ausencia de libertades individuales.
No se puede negar que también en las democracias capitalistas existe una asociación entre gloria deportiva y orgullo nacional, pero en los sistemas totalitarios la identificación es total y el deporte es en consecuencia un tema de Estado y una actividad sometida y regulada hasta el más mínimo detalle por una maquinaria implacable.
Esta asociación entre éxito deportivo y glorificación del sistema explica que un revés futbolístico adquiera categoría de derrota nacional y el o los infelices protagonistas sean catalogados y tratados como traidores a la Patria.