Si alguien le dijera que su "adicción" a los dulces está dada por la falta de un neurotransmisor y que, además, el estrés juega un rol importante ¿lo creería?
Pues, como dicen, todo tiene que ver con todo y este fenómeno no escapa a esa regla.
Lo que en medicina se conoce como compulsión a las harinas y los dulces está dada por una alteración de la bioquímica del sistema nervioso y luego, de todo el aparato hormonal.
La doctora María Alejandra Rodríguez Zía (MN 70787) explicó a Infobae.com que las causas de la obesidad en el mundo son adquiridas en el 75% de los casos. "El consumismo y la imposición de alimentos nocivos para la salud están al alcance de todos, por lo que podría decirse que la epidemia fue creada. La visión Biomolecular de este problema se focaliza en el estrés", detalló.
Según la médica endocrinóloga, cuando una persona "necesita" harinas y dulces lo "come todos los días, o lo va a comprar aunque sea a las tres de la mañana".
Un simple análisis de orina da cuenta de la deficiencia de un neurotransmisor llamado serotonina, que modula el humor y la compulsión de esas sustancias. "En los dulces y chocolates se encuentra la 'materia prima' para que el cerebro produzca serotonina", dijo Rodríguez Zía, quien diferenció entre la sensación de ansiedad y nerviosismo interno anterior a comer estos alimentos, y la calma posterior a su ingesta.
La profesional explicó que "las terapias primero deben diagnosticar y, ante la presencia de serotonina baja, se le proporciona al paciente esa sustancia en forma de precursores para que las neuronas la incorporen y deje de estar en falta".
La disminución de precursores tiene dos razones. Rodríguez Zía detalló que una de ellas es el estrés: "La tensión nerviosa genera un círculo vicioso, en el que sube el cortisol u hormona del estrés, causando un efecto neurotóxico, que en el cerebro disminuye la serotonina".
El estrés crónico ocasionado por la falta de trabajo, un divorcio controversial, o una muerte, por mencionar algunos causantes desencadena este tipo de conductas.
La otra causa es epidémica y está dada por la alteración de la flora bacteriana en el intestino ?llamada disbiosis- producida por el consumo de "comida chatarra". Cuando en la dieta predominan ese tipo de alimentos, "ganan terreno las bacterias patógenas sobre el intestino delgado", según explicó Rodríguez Zía.
Consultada acerca de si la compulsión es reversible, la endocrinóloga fue contundente: "Es totalmente reversible de manera natural sin dosis de droga artificial".
La disbiosis ?detalló- se trata con lactobasilos, mientras que el estrés se nivela con sustancias naturales, que se administran de manera sublingual o intravenosa para garantizar su absorción.
"El primer signo de éxito del tratamiento es que el paciente se olvida de ir a comprar chocolate o ve dulces y no se tienta. Las personas manifiestan que pueden gobernar lo que comen y realmente deciden ellas por sí mismas y no el plato de comida decide por ellas", remarcó Rodríguez Zía.
La relación entre obesidad y compulsión
Rodríguez Zía explicó que las causas de la obesidad en el mundo son adquiridas en el 75% de los casos. El consumismo y la imposición de alimentos nocivos para la salud están al alcance de todos, por lo que bien podría decirse que la epidemia fue creada. La visión de la Medicina Biomolecular de este problema se focaliza en el estrés entendido como una alteración de la bioquímica del sistema nervioso y luego, de todo el aparato hormonal.
Ante la pregunta de por qué alguien tiene compulsión por las harinas y los dulces, Rodríguez Zía aseguró: "Lo primero que pasa es que las personas dejan de comer por mucho tiempo (hacen ayunos de más de 4 horas). Además, de desayunar muy poco (dos galletitas o tostadas y alguna infusión), con lo cual ya acumulan 8 a 10 horas de ayuno de la noche anterior".
"Así es que sienten que tienen energía para salir a trabajar porque la hormona del estrés normal -cortisol- sube naturalmente por la mañana. Si el día fuera muy difícil aún subirá más y, junto con el cortisol, aumentará la adrenalina cerebral. El cortisol y la adrenalina harán que la persona pueda cumplir con sus actividades todo el día porque aumentan la glucosa en la sangre sacándola del hígado, hasta que se agote", prosiguió la profesional.
Tras asegurar que, en la mayoría de los casos, el almuerzo pasa casi de manera inadvertida, Rodríguez Zía aseguró que la glucosa en la sangre sigue en aumento y comienza, en paralelo, el aumento de la insulina. "La insulina es la hormona por excelencia formadora de grasa", destacó la médica, para luego remarcar que "al terminar el día, la persona seguramente casi no merendó y llega a su hogar muy cansada".
Así es que a las 20, el cortisol y la adrenalina normalmente caen y con ellas también el azúcar en sangre, pero el hígado ya no tiene reservas.
"La falta de azúcar en la sangre genera una respuesta del cerebro de compulsión. Éste no deja pensar ni decidir la calidad de los alimentos que se comen y lo que más 'pide' son harinas y azúcares", resumió la profesional.
Así, la compulsión por comer harinas comenzó a raíz de un gran ayuno, tras el que el cerebro necesitará glucosa, que es lo único de lo que se alimenta. De este modo se cierra el círculo vicioso y enfermante que produce panza, 'rollos', u obesidad visceral, todos sinónimos de lo que en medicina se denomina síndrome metabólico.
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