Del Potro se postula para convertirse en gran ídolo argentino

El flamante campeón del US Open fue recibido en Tandil como un verdadero héroe y como hacía tiempo no lo ameritaba un deportista de nuestro país. Hasta allí fue Infobae.com para contarlo

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El flamante campeón del US Open fue recibido en Tandil como un verdadero héroe y como hacía tiempo no lo ameritaba un deportista de nuestro país. Hasta allí fue Infobae.com para contarlo
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Tantas cosas separan a los ídolos entre sí. Tantas otras desvisten sus similitudes. Juan Martín Del Potro debió hacerse cargo de tal condición cuando a esta misma altura del año pasado, después de ganar cuatro títulos consecutivos y de ser eliminado en los cuartos de final del US Open, una nutrida caravana lo recibió en su Tandil natal. Había ganado mucho, muchísimo, pero el último registro era el de una dolorosa derrota frente a Andy Murray.

"Qué lastima que perdió la vez pasada", todavía recuerda una señora que supera con comodidad las seis décadas mientras espera el autobomba que trae en andas al campeón. Si el odio de las comparaciones nos lo permite, venga a cuento la caída de Oscar Natalio Bonavena ante Muhammad Ali hace casi cuatro décadas, no porque aquí haya habido trompadas sino porque los días posteriores sirvieron para demostrar -en ambos casos- que no sólo de triunfos se alimentan las leyendas. Efectivamente, fue aquella vez cuando la popularidad de "Ringo" ganó unanimidad, sostenida en la entrega, el coraje, el carisma.

Y entonces no se podrá decir que el recibimiento a "Delpo" haya estado teñido de exitismo. Las 40 mil personas que le dieron la cálida bienvenida más bien evidenciaron una clara señal del orgullo que Tandil siente por su nuevo embajador y (también) portero de la ciudad después de que el intendente Miguel Lunghi le entregara las simbólicas llaves, ante una plaza que estallaba en júbilo cuando ya el sol se escondía.

Acerquémonos un paso más en el terreno de las analogías. Tiempo -1977- y forma -tenis-. Guillermo Vilas tuvo la temporada más espectacular de su carrera, con 16 títulos, dos de Grand Slam, uno de ellos el del US Open. Poco importa ahora diferenciar si fue sobre arcilla y si las raquetas eran de madera. Una vez más, el efecto que causaron aquellas victorias fue el de una verdadera revolución. Por entonces el tenis dejó de ser un deporte exclusivamente reservado a las clases altas, y niños y adultos comenzaron a pasearse raqueta al hombro. Hasta se vieron "picados" en las calles.

No será necesario ahora porque Tandil respira tenis desde hace años, ya que "todo empezó con los Pérez Roldán, los Davin, Tarabini?", explica Ariel, 47 años, que aguarda en otra esquina la llegada de Del Potro. "Lo quiere todo el mundo", resuelve. Junto a él, niños que tienen la edad de su hija improvisan una cancha y juegan al tenis en la calle. La escena se repite en varias cuadras de los cuatro kilómetros que recorrerá el nuevo ídolo, la mayor parte del tiempo con lágrimas en los ojos.

Hay gorro, bandera y vincha
El merchandising -ocasional y, en algunos casos, por demás improvisado- levantó en pisos de $5 y subió a techos de $50.
En esa franja hay vinchas, banderas chicas y grandes, pelotas gigantes y remeras, lo más caro. "Pero no se vende nada", lamenta un ambulante, aunque a todos se los ve vestidos para la fiesta. Mucho celeste y blanco -hasta el perro Chulo-, caras pintadas, fotos de quien viene en camino...

En Viviana aflora la ocurrencia. Lleva una raqueta con nueve huevos adosados con cinta. "Porque es el tenista con más huevos", explica. Era de suponer. ¿Pero ganó con huevos o con juego? "No, bueno, porque juega bien", retrocede. Otro pasa con la réplica de la copa en el capot de su auto. Bicicletas, motos y cuatriciclos acompañan la procesión, que se detiene en puntos neurálgicos como el Club Independiente, allí donde se formó y donde suena el "Matador" de los Cadillacs (también hit de Flushing Meadows), y finalmente en la Municipalidad, donde lo reciben con el "We are the champions" de Queen.

"Lo amo, boluda, te juro que lo amo". En algunos sectores predomina el público juvenil-femenino. "Un millón ochocientos mil dólares, chabón, ¿sabés lo que es eso?". En otros, el del mismo segmento etario aunque masculino. No, seguramente no sabe "lo que es eso", porque todos ellos tienen 13 años, juegan al tenis pero ni piensan en que podrían ser como "Delpo". Muchos salieron de la escuela antes de tiempo para buscar el autógrafo tan codiciado, para corear el apellido más ilustre de la ciudad. A otro se le bajó la presión y tuvo que abandonar su clase de matemáticas. Justo hoy se le bajó la presión.

Los relatores de las radios bien podrían estar hablando de un partido de fútbol. Por la intensidad y por el ritmo que le imprimen a la transmisión en vivo. "No lo puede creer Juan Martín Del Potro", gritan, y cuentan que ahí viene, señores, con sus brazos en alto, la bandera argentina atada al cuello... Claro que no cree, Del Potro, si hasta lo sostiene un bombero para que no se derrumbe. "Esto es algo único algo que va a quedar para toda mi vida. Valoro más este recibimiento que la copa del US Open", dirá más tarde, ante los medios.

Todo es una verdadera mancomunión de abrazos y lágrimas, como no suele abrazarse ni llorar la gente en cualquier otra mediatarde laboral. Allí está el auto que va tan cargado como nunca, el dueño de casa que le cede un lugar en su balcón al camarógrafo y hasta el siempre bien predispuesto Marcelo Gómez, que ya atendió a todos y dice, entre risas, que habló más que el propio Del Potro.

Del Potro, el nuevo ídolo a cuyas dimensiones de ídolo medirá el tiempo, por fin puede descansar. Ya está entre los suyos. Se pudo ver cómo abrazó a su mamá, Patricia, en el comienzo del itinerario. Y cómo rozó -por primera vez en público- el tema de su hermana que ya no está y que, según él, lo cuida desde el cielo; el mismo cielo ante el que se persigna después de cada victoria. El círculo cerró: después de una abrumadora travesía volvió casa, a la cama donde soñó que algún día ganaría el US Open. Tantas cosas separan los deseos de la realidad. Tan pocas ameritan el aplauso encendido, sentido y contagioso.