"Pueden suceder genocidios en cualquier lugar del planeta si no tenemos cuidado". La advertencia pudo haber sido dicha por la jurista Inés Weinberg de Roca en algún despacho de las Naciones Unidas en La Haya, Belgrado o Arusha, la capital de la lejana Tanzania.
Es que esta "embajadora" de la Justicia argentina estuvo sentada nada menos que en un Tribunal Penal Internacional que condenó a los genocidas de la ex Yugoslavia -entre ellos, Slobodan Milosevic- y a los criminales de Ruanda, donde hace exactos 15 años unas 800 mil personas (no se sabe con exactitud, podrían ser 1 millón) fueron asesinadas a machetazos o quemadas vivas en cien días dentro en un territorio más pequeño que la provincia de Tucumán.
Sin embargo, esta vez la doctora en Derecho de 60 años dialogó con Infobae.com en su oficina del corazón del microcentro porteño, en la que ejerce como presidente de la Cámara de Apelaciones en lo Contencioso Administrativo y Tributario. No está custodiada por coches blindados ni agentes armados de Naciones Unidas. Y cuando se lo dispone, se puede lavar las manos con agua corriente, cosa tan sencilla que en África era casi misión imposible para la miembro de la Cámara de Apelaciones de la ONU, el máximo órgano judicial del mundo.
Desde mayo de 2004 hasta diciembre de 2008, la magistrada vivió en Arusha, un pueblo de Tanzania (limítrofe con Ruanda) de 55 mil habitantes, apenas dos calles asfaltadas y el 90% de habitantes sin energía eléctrica. Allí se instaló por seguridad la corte que juzgó el salvaje genocidio de la etnia minoritaria tusti y de los hutus moderados entre abril y julio de 1994. A dos días de viaje en avión de Buenos Aires y casi en soledad, la experiencia "no fue nada fácil", según recuerda Weinberg.
"El primer día, el guardia de seguridad de mi casa me pidió si me podía tocar. Era la primer mujer blanca que veía en su vida", relata Inés. Con su marido y su hijo de 18 años a la distancia, la jueza argentina debió lidiar con circunstancias impensadas para una magistrada de su prestigio. Por ejemplo, cuenta riéndose: "Tenía que prender el generador eléctrico para ducharme. Y salía un hilito de agua tibia. Así todos los días".
A bordo de un coche oficial conducido por una viuda y madre de cuatro hijos, la jueza llegaba a los tribunales que juzgaron el genocio ruandés. Llevó causas contra los instigadores del hecho: políticos, periodistas, curas e incluso el "Michael Jackson" -dice- de Ruanda, Simón Bikindi. "Fue condenado porque recorría ciudades con un coche y un audífono. Le preguntaba a la gente si iba a trabajar. "'Trabajar' significaba matar al enemigo", explica perpleja la jueza.
Las vida de Inés Weinberg en Tanzania y Ruanda mereció incluso un documental. La productora Zona Audiovisual, con el apoyo del Instituto Nacional de Cine (Incaa), realizó Los 100 días que NO conmovieron al mundo, que se presentó al público el mes pasado en el Malba y que el próximo
28 de mayo se estrenará comercialmente en el Complejo Tita Merello.
Justicia tras el horror
¿Qué explicación le encontró Weinberg al terrible genocidio? ¿Por qué de un día para el otro mataban a vecinos en bloque y violaban a las mujeres? "No son cuestiones culturales: es el miedo. Cuando hay situaciones económicas extremas y los gobernantes se encargan de atribuir la culpa de todos los males a un grupo, pasan a ser entes enemigas y el temor a que estén en el poder lleva a cosas siniestras?, responde la jurista. Y agrega que "esta matanza requirió años de preparación, como el nazismo".
Pese al horror y a que un 10% de la población fue masacrada en tan solo tres meses, para Inés Weinberg el caso del genocidio ruandés no dista mucho del terrorismo de Estado que aplicó la última dictadura militar en la Argentina. "Los crímenes de lesa humanidad de aquí son igual de espantosos, porque de la misma manera se pretendió eliminar a un grupo determinado", compara la especialista en Derechos Humanos.
Más allá que la ONU fue criticada en Europa y los EEUU por condenar demasiado tarde a los instigadores (el hijo del entonces Jefe de Estado está aún libre y asilado en París), la jueza argentina considera que "el trabajo del Tribunal en Ruanda es importante porque termina con la impunidad. Les está diciendo a los gobernantes de todo el mundo: ojo que los vamos a juzgar aunque no sea en su propio territorio".
La magistrada visitó Ruanda y los fantasmas de la muerte en cuatro oportunidades. Entonces relata que vio "gente muy triste, mucha desconfianza y mucho recelo. Es que no se puede matar cientos de miles sin que nadie haya perdido a alguien querido". El recuerdo de los piquetes en las rutas seguidos de brutales crímenes sigue vivo. Pese a todo, esta valiente jurista que recorrió esas mismas carreteras de tierra a oscuras asegura que nunca tuvo miedo. Y lo dice muy segura.
Inés Weinberg también habló sobre otros temas de actualidad:
Justicia y Derechos Humanos en la Argentina
"En 2003 fue más fácil volver sobre los delitos de la dictadura porque se pudo hacer todo lo que no se hizo. Ahora es posible ir a full, pero muchos represores ya murieron, son muy viejos o su casos ya no importan. Aunque está bien que se aceleren las causas, porque en algún momento hay que condenar a todos los responsables. Pero tan importantes son las penas como saber qué pasó en los hechos y qué pasó con la sociedad para que eso pudiera ocurrir".
Los discutidos jueces
"En general, los magistrados argentinos son buenos en el contexto internacional. La gente en este país dice que los jueces son todos malos, pero cuando hubo un corralito, lo primero que se hizo fue acudir a ellos para la presentación de recursos de amparos".
La causa AMIA
"Cayó más por los intereses políticos internos que por las relaciones internacionales. Los problemas vienen de adentro, de la llamada 'conexión interna'. Y ya no sé si después de tantos años se pueden obtener pruebas fehacientes si no se tomaron en ese momento. Además, con los años, los testimonios ya dan relatos de relatos".
Los piratas de Somalia
"Es un país en caos desde hace 20 años. En Kenia hay campos de refugiados de somalíes y éstos están regresando a su país porque la piratería es mejor negocio. Además, Europa no sabe dónde juzgarlos, porque en Somalia no hay tribunales y si se los lleva a Europa, luego hay que hacerse cargo de él. Incluso debe quedarse a vivir allí según las convenciones. Es perverso todo el sistema".
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