Hace 15 años, el 2 de diciembre de 1993, en un operativo impresionante que incluyó a la Policía y al Ejército de Colombia, a la DEA, a la CIA, al FBI y a Interpol, Pablo Emilio Escobar Gaviria perdió la vida en el techo de la casa de su prima. Ese era el fin del narcotraficante más importante de la década del 90, responsable de manejar el temido Cartel de Medellín y de atentar, de manera directa e indirecta, contra la vida de miles de personas.
Ahora, su familia tiene pensado iniciaro una campaña que buscará limpiar la imagen del "narco", o al menos hacerla más humana, en la cual venderá remeras con sus "distintas caras" y publicaciones que destacan su "vocación de servir a los desposeídos". Además, organizará "el verdadero Tour de Pablo", excursiones por los lugares donde se escondió el colombiano y desde donde manejaba el clandestino negocio.
Luz Marina Escobar Gaviria, la hermana del "capo", explicó que "el compromiso de nosotros (la familia) es sacar a flote el oculto rostro de bondad de Pablo. Tenemos el compromiso de mostrar que él no fue el monstruo que quisieron presentar. Que fue un hombre bueno, un hombre con ambiciones, pero también con mucho corazón. Vamos a comercializar unas camisetas para mostrar las muchas facetas de Pablo: el Pablo como líder comunal, el Pablo amante de la naturaleza, el Pablo padre, hijo y amigo, el Pablo narcotraficante y, por qué no, también al Pablo violento".
"También organizaremos recorridos turísticos por los escondites que usó mi hermano durante los muchos años prófugo y que gracias a que siempre estaban cerca de un río y con muchos animales, no permitieron que fuera hallado. En el recorrido, taxistas amigos y nosotros mismos iremos contando la verdadera historia de mi hermano. Diremos varias verdades", agregó la mujer.
Su muerte y el pedido de perdón
Fue en una tarde, en Medellín, en el techo de la vivienda de su prima, donde se había escondido. Su hermana recordó el momento y dijo: "La gente no sabe pero nosotros estábamos muy cerca de Pablo cuando lo bajaron del tejado. Estábamos mi madre (Ermilda), y dos hermanos (de Pablo). La policía nos dejó acercar y desde una camioneta vimos cuando lo bajaron. Ante nuestro dolor, los policías y agentes gringos estaban eufóricos, se tomaban fotos a su lado, y, jadeantes, como cazadores de cabezas, llegaron a arrancarle parte de su bigote para llevárselo como recuerdo. Fue un espectáculo grotesco".
De todas formas, concluyó diciendo: "Pido mil perdones por todo lo malo que hizo él pues siempre fue un hombre bueno pero cuya estrella se le torció", publicó el diario Clarín.