, fue la frase que eligió, tal vez espontáneamente, Juan Carlos Rodríguez en la gala de despedida del tenis de Justine Henin, su pupila desde hace más de diez años.
Este argentino oriundo de Vicente López que llegó a Bélgica con un pasado de pocas luces como jugador -su mejor posición en el ránking fue 360, en septiembre de 1986-,
, años más tarde acusado de abusador por su propia hija. Fue -literal y paradójicamente- su padre quien le abrió las puertas, ya que el día en que Justine "se rebeló", la echó de la casa. Quedó en la calle, sola y sin un peso.
Ahí fue cuando retomó contacto con
, hoy de 44 años, quien entonces trabajaba como entrenador para la federación belga. Para eso Rodríguez tuvo que dejar de trabajar con Dominique Monami, quien en ese momento era nada menos que top ten.
El
potenció todo ese talento natural (pero escondido) de la belga, expresado por ejemplo en un revés perfecto que maravilló al mundo del tenis durante años, y en
No son palabras vacías.
Con ella había presenciado la final de Roland Garros '92 entre Seles y Graf, y entonces le confesó su deseo de ganar ese torneo.
Lo consiguió nueve años después y su emotivo homenaje dio la vuelta al mundo.
, dijo en la ceremonia de premiación.
El trabajo fue duro. Rodríguez le habló claro desde el primer día, le impuso una dieta y disciplina. Resultó el mejor lubricante de la relación. Años más tarde, cuando ya había hecho una diferencia económica,
Hoy ya tiene tres escuelas.
Los títulos, los récords y lo que dijeron de ella podrán leerse en los homenajes a Henin, una (ex) jugadora con perfil bajo en todos los sentidos que siempre fue generosa con el trabajo de los que la ayudaron. De hecho, alguna vez definió a Rodríguez de la siguiente manera: