Un beso apasionado provoca una verdadera revolución en el cuerpo: quema de 3 a 12 calorías; pone en movimiento 12 músculos de los labios y otros 17 de la lengua; y hace que las pulsaciones cardíacas pasen de 70 a 140 por minuto.
Además, desata una seguidilla de procesos químicos: aumenta la secreción de dopamina (que da bienestar) y de testosterona (asociada al deseo sexual); libera adrenalina y noradrenalina, que aceleran la frecuencia cardíaca y la presión arterial, y también oxitocina, que afianza la relación.
Este impulso, ya convertido en una convención social, se desarrolló gradualmente en el mundo y hoy forma parte distintiva de las costumbres de muchos pueblos, que lo fueron adoptando según sus creencias y necesidades, dándole interpretaciones diversas.
Los esquimales, por ejemplo, se besan frotándose la nariz, lo que seguramente se relaciona con el ambiente en el que viven: es una forma de darle calor a esa zona de la cara.
Los rusos besan en la boca a sus hijos; los argentinos se saludan con un beso en la mejilla; franceses y paraguayos lo hacen a ambos lados de la cara; y los suizos se dan tres besos.
Su universalidad obliga a pensar que la costumbre pudo nacer del impulso de succión del bebé, de las tendencias canibalísticas (el mordisco amoroso), o de la costumbre tribal primitiva de olfatearse y olerse.
Otra explicación lo remonta al hombre del Cromagnon: lo habrían generado las madres a partir de masticar la comida hasta hacerla puré, para luego alimentar a su hijo pasando el bolo de su boca a la del bebé.