Diego Maradona, el hombre que más lejos llevó al fútbol argentino, tal vez el mejor de todos los tiempos en la historia de este deporte, cumplió ayer 46 años, tiempo durante el cual vivió de todo. Supo llegar bien alto y cayó y se levantó y volvió a caer y otra vez se mostró de pie.
Se ganó admiradores y detractores y se enfrentó a los poderosos desde el poder mismo. Fue contradictorio consigo mismo pero eso, al fin de cuentas, es un detalle: quién no se contradice; quién resiste a un archivo.
Llegó a este mundo tan pobre como puede ser el más pobre y conoció la pelota en un villa de Fiorito, donde cuentan que la llevaba consigo cada vez que se acostaba. Con los años popularizó el nombre de los ?Cebollitas?, el primer gran equipo de pibitos en el que jugó y al que con el tiempo engrandeció como sólo los buenos recuerdos pueden hacerlo.
Después pasó a Argentinos Juniors y debutó con sólo 15 años. La gente iba a ver al conjunto de La Paternal sólo para admirar su zurda mágica que se disputaban dos poderosos: River y Boca. Ya se sabe cuál de estos dos ganó la pulseada.
Con el tiempo, Diego se hizo de Boca pero nadie olvida que visitaba la tribuna local de Independiente, en Avellaneda, donde iba a ver a otro grande, Ricardo Bochini.
Con el Bocha pudo compartir un Mundial, el de México, en el 86, cuando le dijo ?entre Maestro?, una frase que los archivos del fútbol tienen guardada en un lugar especial.
Pero antes de ese intercambio de palabras tan corto como contundente, Diego sacó campeón a un histórico Boca como el que dirigía Silvio Marzolini en 1981. En ese equipo estaba Perotti ?que hizo un golazo al complicado Ferro de aquel entonces que le dejó el campeonato prácticamente servido-, Brindisi, Gatti (que después tuvo que dejarle el arco a ?La Pantera? Rodríguez).
De Boca se fue al Barcelona de España, donde pasó con más pena con gloria. En el 82 quiso tener su revancha mundialista tras haber quedado afuera de la lista de Menotti para el 78. No jugó bien en ese Mundial y el equipo argentino no estuvo a la altura de las circunstancias.
Nápoli lo recibió con los brazos abiertos y lo idolatró a más no poder. Fue Cristo hecho pelota y adorado como pocos seres humanos fueron adorados en este mundo. Hizo un gol que se convirtió en religión y que hoy se conoce como ?La Mano de Dios?; pero hizo otro, el segundo a los ingleses, que nadie pudo imitar. Todavía parece estar gambeteando rivales. Llevó al equipo de Bilardo a lo más alto del mundo y le dio al país tanta alegría que nadie imaginaba antes de que el plantel viajase a México.
En Italia hizo una carrera espectacular y lloró de impotencia ante ese público que lo silbaba en la final ante Alemania, en 1990.
Su brillante, su monumental trayectoria, empezó a tambalear cuando fue detenido en un departamento de Caballito. Su adicción a las drogas tomó estado público y desde entonces no fue el mismo. Jugó en el Sevilla, en Newell?s, quiso salvar a Basile para que la Selección llegue al Mundial de Estados Unidos y lo salvó, pero en el campeonato el doping positivo lo dejó afuera.
Volvió a Boca pero no se pudo despegar del fantasma de las drogas. En el medio fue técnico de Mandiyú y de Racing y se peleó con árbitros y jugadores.
No se despidió del fútbol profesional como hubiese merecido.
Tuvo al país en vilo cuando fue internado más muerto que vivo pero salió a flote. Reconoció el infierno de su adicción y prometió salir. Dicen que salió y él mismo lo ratificó cada vez que pudo.
Se hizo tan mediático que hoy en día sigue siendo la persona más popular del planeta. Fue amigo y enemigo de presidentes (Carlos Menem es un ejemplo), criticó al Papa Juan Pablo II y se refugió en Fidel Castro cada vez que lo necesitó.
Las pasó todas y en la actualidad se lo suele ver en la cancha de su querido Boca, alentando al equipo de sus amores.
Fuma habanos y se siente un hincha más desde un palco vip en el que arenga a su equipo.
Ahora que le hacen monumentos, ahora que juega al show boll, ahora que su nombre está más registrado que nunca, ahora que cumple 46 años, Diego Maradona está vivito y coleando. Y sigue amenazando con tomarse la vida de un sorbo, como hizo hasta ahora.