El tren abre el Tíbet al turismo masivo pero hay obstáculos

Las vías permitirán a los viajeros extranjeros desembarcar en esa región con paquetes de viaje más económicos, pero seguirán existiendo trabas administrativas que dificultan el viaje

Guardar
  162
162

El nuevo tren al Tíbet permitirá a los turistas extranjeros llegar a esa región a un precio mucho más asequible que en la actualidad, pero seguirán existiendo trabas administrativas que dificultan el soñado viaje.

La línea Qinghai-Tíbet, cuya primera fase se comenzó a construir en secreto en los años 50, ofrece una tercera vía a las dos opciones que hasta ahora existían para entrar en el Techo del Mundo: carreteras heladas, peligrosas y con bandidos, o aviones de precios desorbitados (620 dólares/500 euros ida y vuelta desde Pekín).

Lo más llamativo para el turista serán los precios del nuevo tren: viajar en coche-cama los 4.064 kilómetros que van desde la capital china hasta la tibetana de Lhasa, ida y vuelta, costará unos 200 dólares (o 160 euros), menos de un tercio que el viaje en avión.

Con estas tarifas, se espera un auge del turismo, que a China le parece una de las claves para sacar al Tíbet de su atraso. Para otros, sobre todo grupos ecologistas y los que piden la independencia tibetana, la entrada de más turistas puede sin embargo ser un duro golpe para la cultura tibetana, ya muy "dañada" por la influencia china, y el frágil equilibrio ecológico de esa región.

"Nadie puede desarrollarse en un ambiente cerrado", responde ante esos recelos uno de los responsables del proyecto, el subdirector del Tren al Tíbet Zhu Zhensheng, alto cargo del Ministerio de Ferrocarriles.

"Hagan ustedes las cuentas: cada día saldrá uno de esos trenes desde Pekín, con capacidad para 900 personas", explica Zhu a la hora de hablar de futuras cifras de turismo.

Mientras, expertos como Tanzen Lundhup, del Centro de Estudios Tibetanos, también opinan que el turismo será positivo para la región del Himalaya, y el tren puede incrementarlo a un ritmo anual del 30 por ciento, hasta llegar a cinco millones de visitantes en el año 2010.

Eso significaría multiplicar por tres las cifras del pasado año (1,5 millones de visitantes), sin contar el cada vez mayor tráfico aéreo a Lhasa, con la apertura de los primeros vuelos desde Shanghai y Xian, o los nuevos aviones directos desde Pekín.

Gran parte de ese turismo seguirá siendo nacional, dado que los extranjeros continuarán, al menos por ahora, teniendo trabas para entrar en el Tíbet.

Dejando aparte los periodistas extranjeros que trabajan en territorio chino, que sencillamente tienen prohibido viajar a tierras tibetanas a menos de que lo hagan en viajes organizados por el Gobierno, el resto de foráneos deben pedir permiso a las autoridades del Tíbet para acceder a esa aislada zona.

El Gobierno de esa región autónoma tarda quince días en responder a la petición de los viajeros extranjeros, por lo que hay que armarse de paciencia o planificar con anticipación el deseado viaje.

"Si un extranjero va a una estación a comprar un billete del tren, se lo darán sin problemas, pero una vez en Lhasa, si no tiene el permiso, no podrá alojarse en hoteles", advirtió a Efe un responsable de China International Travel Service (CITS), principal agencia de viajes del país asiático.

Los viajeros también tienen que ser conscientes de que un viaje desde Pekín a Lhasa, en el que ascenderán 5.000 metros, puede ser un reto a la salud, y así se advertirá a los viajeros antes de entrar en el vagón.

Se exigirá a cada pasajero, antes de montar en el tren más alto del mundo, que lean y firmen una advertencia en la que se recomienda no viajar a personas con problemas cardiacos o respiratorios, presión alta, diabetes, desórdenes psicológicos o "gripe aguda con temperatura superior a 38 grados".

De todos modos, las especiales características de este ferrocarril harán que cada asiento esté dotado con una mascarilla de oxígeno, por si la necesita alguien afectado por el mal de altura, y en el peor de los casos habrá atención de médicos y enfermeras.

El nuevo tren no sólo puede servir para aumentar el turismo al Tíbet, sino también el de la olvidada provincia vecina de Qinghai, por la que también pasa.

Qinghai (que significa "mar azul", aunque es una de las provincias más interiores del país) es una de las grandes desconocidas de China, pese a sus espectaculares desiertos y reservas naturales en las que nacen los ríos Yangtsé, Amarillo y Mekong.

Si el viajero paciente espera unos pocos años más, a las ampliaciones de este tren, no sólo podrá llegar a Lhasa, sino casi al pie del Everest, mucho más al sur, e incluso a la montañosa frontera con la India.