Lejos del cemento, superficie en la que más cómodo se siente, y en el tiempo, cuando era apenas un niño, Ivan Ljubicic, jugador que despierta sensaciones encontradas dado su contraste entre seriedad y simpatía, cargó en la mochila de su historia y para siempre los años de horror de una guerra que interrumpió su infancia.
Tenía entonces apenas 13 años cuando corría el año 1992 y la zona de los balcanes se empeñaba en solucionar sus conflictos por intermedio de las armas. El pequeño Ivan era apenas un niño que practicaba el tenis por gusto, aunque su padre creyera tenazmente en las posibilidades de convertirlo en profesional.
Pero los condicionamientos externos iban más allá en la vida de los Ljubicic. Tanto que la autoridad de la familia determinó que su familia debía abandonar la zona de Banja Luka y trasladarse a Belgrado, pero que él se quedaría en casa. "No sé hasta qué punto salvamos la vida aquel día, pero está claro que la ciudad era ya muy peligrosa para nosotros?, recordó tiempo después Ivan.
Una vez en la capital yugoslava, el peligro no cesaba, y entre serbios que prácticamente convivían con él, trámites burocráticos que no les permitían desplazarse ?no pudieron entrar en Croacia porque "el autobús tenía matrícula serbia", cuenta- y viajes interminables -Yugoslavia, Hungría, Austria, Eslovenia fueron parte de su itinerario- pasó junto a su hermano y madre seis meses sin tener noticia alguna de su padre.
"No sabía si vivía o no, hasta que un buen día nos telefoneó. Unas semanas después nos reencontramos en Croacia?, detalló el nuevo número once del ranking de la ATP, según el diario español Mundo Deportivo. El resto, como vivir durante tres años con 50 dólares mensuales, se transformó todo en esperanza, y el regreso a Rijeka en noviembre de ese año era el comienzo de una carrera para nada despreciable. Tres años después, en 1995, ya sumaba sus primeros puntos ATP.
Si bien 1999 lo convirtió en un tenista a tener en cuenta, con rachas sorpresivas y sus primeros títulos, el salto definitivo lo dio en 2001, en el torneo de Lyon, donde precisamente se presentará esta semana. Allí dejó en el camino a Gustavo Kuerten, Gastón Gaudio y El Aynaoui, entre otros, para consagrarse ante la ovación de 10 mil personas. "Esos son los momentos por los que vale la pena jugar al tenis", diría en aquel momento.
Ganador de tres torneos este año (Vienna, Zagreb y Metz), tragedia y talento son dos palabras indisociables en cualquier diccionario que decida definir la vida de Ivan Ljubicic. "No fueron fáciles los días de mi infancia. Espero que esto no tenga ningún efecto en mí el resto de mi vida. No tuve muchas opciones cuando decidí qué quería hacer en mi vida. Todo salió bastante bien, así que no me arrepiento, pero hubo jugadores que se quedaron en el camino y no lo consiguieron", refuerza, seguramente mientras dispara el último de su potente saque y sonríe. O no, pero el partido ya es otro.
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