Hiroshima y Nagasaki, contada por sus protagonistas

Los gritos de víctimas ensordecen a la humanidad en medio de un mundo sacudido por el terrorismo. "No dudaría en volver a hacerlo", dijo el piloto del Enola Gay. Cómo lo vivió Japón

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Eran las 8.15 de un día sin nubes del 6 de agosto de 1945, cuando las compuertas del avión "Enola Gay" se abrieron y 40 segundos después se produjo una explosión que elevó la temperatura 10.000 grados centígrados y provocó vientos de más de 1.000 kilómetros por hora.

Las sombras de miles de víctimas quedaron estampadas sobre los muros de los pocos edificios que sobrevivieron a la masacre en Hiroshima.

Y una bola de fuego, de casi dos kilómetros de altura, mató inmediatamente 118.661 personas y causó 79.130 heridos, pero mucha más gente murió en los meses y años siguientes, pintando un cuadro apocalíptico del poderío atómico que en esos años iniciaba Estados Unidos, tras la derrota de la Alemania nazi.

Se estima que al final de 1945, habían muerto entre 140.000 y 150.000 personas, y miles de "hibakusha" -termino japonés referido a los sobrevivientes- luchaban por sobrevivir a la tragedia.

Los daños físicos, las quemaduras, los cánceres provocados por la radioactividad, dejaron heridas que aún repercuten en nuestros días, pese a que Estados Unidos justificó siempre su actitud de lanzar la bomba para evitar una mayor pérdida de vidas humanas.

El afamado científico Albert Einstein, quien cumplió un gran rol en la construcción de la bomba atómica, jamás se perdonó haber escrito una carta al presidente estadounidense, Franco D. Roosevelt, para que construyera un artefacto capaz de aniquilar la agresión del nazismo.

"Cometí uno de los más grandes errores de mi vida... cuando firmé la carta al presidente Roosevelt recomendando que hiciera una bomba atómica: pero había alguna justificación: el peligro de que la hicieran primero los nazis", dijo Einstein, cinco meses antes de su muerte, según la biografía de Ronald Clark.

También escribió una carta en el diario The New York Times, el19 de agosto de 1946, condenando el hecho. Pero aunque Einstein colaboró en su desarrollo, el padre de la bomba atómica fue el científico Robert Oppenheimer, y la decisión de lanzarla sobre Japón fue responsabilidad del presidente estadounidense, Harry Truman.

La bomba fue arrojada sobre Hiroshima y luego sobre Nagasaki, donde murieron 80.000 personas, tres meses después de la rendición formal de Alemania, el 9 de mayo de 1945, cuando Japón estaba casi derrotado y había comunicado su deseo de firmar la paz.

Los sobrevivientes
"Puedo ver aún el momento en que una bola de fuego cayó sobre la escuela, puedo escuchar los gritos y ver los muertos como si el tiempo no hubiera pasado", dijo Hideko Murota, de 66 años, empleada de fábrica, que tenía seis el día del estallido, según textos recopilados por David Jiménez.

Otro sobreviviente, Atsumu Kubo, de 75 años, recuerda que "cuando llegaron los norteamericanos, instalaron hospitales de campaña, pero muy pronto descubrimos que no habían venido a tratar nuestras heridas, sino a estudiarlas. Querían saber qué efectos habían provocado con su bomba nuclear y nos convertimos en sus cobayos humanas".

"Recuerdo la humillación de aquella situación como si el tiempo se hubiera detenido. Todavía puedo sentirla", afirmó Kubo.

Algunos japoneses afirman que las bombas de Hiroshima y Nagasaki fueron una respuesta por los crímenes cometidos por Japón durante la Segunda Guerra Mundial, especialmente por su invasión de Manchuria, en China.

Muchos años tuvieron que pasar para que los japoneses, especialmente aquellos a que aún amaban el Japón imperial, comprendieran el alcance real de la tragedia, cuyos efectos devastadores continúan en nuestros días.

Detrás de las bombas que arrasaron Hiroshima y Nagasaki, quedan los miles de mujeres que nunca se atrevieron a tener hijos por temor a que nacieran con malformaciones, las que dieron a luz y vieron confirmados sus temores, los que vieron como los gérmenes de la lluvia radiactiva se reproducían en sus descendientes.

"La bomba no nos ha dejado vivir libres, siempre nos ha perseguido, siempre ha estado en nuestra mente...", dice Eiji Nakaishi, quien tenía tres años cuando desapareció Hiroshima, según los testimonios recogidos por David Jiménez.