Los errores que se cometen en la primera cita

Ellos parecen ser petulantes, o tacaños, o tensos. Ellas, dicen, son charlatanas, dramáticas o huecas. Aquí, una breve guía para no espantar al sexo opuesto, basada en el el libro que escribió el norteamericano David de Angelo, "Lo que todo hombre debiera saber para ser exitoso con las mujeres"

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El diario chileno La Tercera anunció el libro que escribió el norteamericano David de Angelo, "Lo que todo hombre debiera saber para ser exitoso con las mujeres".

Comprar el cariño con regalos o esperar que un buen torso y una buena billetera sean suficientes son algunas de las peores falencias masculinas.

Los tacaños no quieren pagarle el trago a la chica y eso, ahora o en 1940, sigue siendo de mal gusto. En la primera cita no se discute. Después de todo, Sartre le pagaba los cafés a Simone de Beauvoir, la feminista célebre de las letras. Ergo: eviten las cafeterías de estaciones de servicio y resérvense unos dineros por si ella quiere beber o comer a gusto. En las chicas, también panza llena es corazón contento, qué creían.

Los latosos no son otra cosa que egocéntricos de pelo en pecho. Narcisistas que adoran hablar de sí, explicarse, relatarse, rememorarse e incluso vedarse por despecho. Estos hombres no dejan meter a la chica más que un bocadillo a modo de comentario, como si ella fuese el "Macaya Márquez" del diálogo y ellos, obviamente, el relator.
 
Sus penurias, logros y haberes, serán detallados por ellos. Pues no, vean que las mujeres también tienen qué decir. Mejor sería relatar el partido de a dos, si es que son capaces de pensarlo de tal modo.

Los problemas al respecto, en los varones, se deben a las presiones y a las altas expectativas. Se ponen tensos al pensar en la salida, se juegan el todo por el todo y creen que, hablando, se conquista.
 
Las chicas, en tanto, odian a los presumidos, egocéntricos y machistas. El fútbol, señores, es el tópico por el que más probablemente caigan en este error: no se regodeen en sus jugadas del peloteo del sábado con los amigos porque cansa. Si nos gustan, poco nos va a importar que pateen como Beckham.

Los petulantes, los peores. Ellos creen que si una dice "sí" a la salida, muere por ellos. Así, cuando la chica acepta, pierden el interés. Hablan de su libertad y parece que enamorarse no entra en el vocabulario. Pero no siempre ellas están queriendo enamorarse de justamente ustedes. Quizás sólo quieren conocerlos. Pasar un buen rato y que saquen lo mejor de sí sin ornamentos.

Los presumidos también piden los tragos por la dama, o la celan si mira al comensal de al lado, claro, sin ningún derecho. Atentos: la mujeres ya saben que los vanidosos son inseguros disfrazados.

Los errores de las chicas

Pero no todo en este mundo es la errática conquista del hombre del nuevo siglo. Las mujeres también fallan y sus manías vaya si son insportables.

Los caballeros salen disparados cuando ellas hablan mucho, cuentan sus dramas con tono almodovariano, cuando buscan agradar demasiado y lo festejan todo, o cuando se pintan mucho.

Las aseñoradas, totalmente out. Se acabó la era del retoque en el baño, del rubor de make up teatral o de los adornos excesivos. Aunque tampoco se deba lucir la cara lavada, algunos toques inteligentes son suficientes. De verdad, suficiente.

Las parlanchinas. Las hay simpáticas y las hay más densas. Pues evítenlo, y recuerden lo del partido relatado de a dos. Preguntas, responde, si no pregunta, hablas; luego sigue él. Tampoco está mal que las que se sepan charlatanas adviertan sobre eso y así se pase una barrera.

Las condescendientes, ese club de sometidas, quieren pasar por educadas y alaban obsecuentemente al muchacho. Pero no, aduladoras: saldrá disparando. Sólo a los demasiado vanidosos les puede gustar, y tampoco se llega a buen puerto rompiéndose una la cabeza para adjetivar a este señor.

Es lo peor ser muy simpática y condescendientes, porque quedarán como falsas. Ah, y tampoco citen su estirpe, agenda de contactos ni último celular ultramoderno porque acaba con los sueños de cualquiera. Más vale develar luego.

Huecas, corregirse. Agarren una revista de crucigramas o piensen antes de abrir la boca. Sean simples, humildes, y verán que las pocas luces lucirán, valga la redundancia, mucho mejor.

Luminarias, abstenerse. Tampoco intenten palabras difíciles ni bucles argumentativos. Contar los dramas o recordar complejos no es necesario en la primera cita, verán.

Señorita Fine. Además, las que tengan voz chillona recuerden que para los hombres este asunto no es menor. No hace falta imitar a Karin Cohen pero al menos eviten berreos, chillidos o algún tono estertóreo. Ellos miden mucho según ese criterio la sensualidad.

Cara de altar. Las que llevan el ramo blanco bajo el brazo por las dudas, sepan que no es el mejor camino. Para algunos hombres estar frente a una señorita que lo único que ansía es casarse puede llevarlos a huir velozmente por la mismísima Panamericana. No hablen de sus amigas embarazadas, casadas y con hijos, ni tampoco de sobrinos, hogares, fiestas de casamiento, ni de cuántas veces agarraron el ramo u obtuvieron el anillo de la torta. El infierno será si rematan esto con un "bueno, hasta ahora no pasó nada, pero ahora quién sabe". Pagarán la cuenta ustedes.

Como se ve, hombres y mujeres cargan sus karmas, sus vicios y sus poses. Cuando se trata de conquista, por ende, lo mejor será no apostar de más: es una cita, es otra persona, quieren conocerse. Imaginar un reportaje intimista no suena nada mal para el caso. Suerte.