?Historias de sexo de gente común?, una propuesta que intenta provocar sin renunciar a la enseñanza moral

Telefe estrenó anoche "Historias de sexo de gente común", un programa que recrea las fantasías de los argentinos, y que estará una vez por semana en "el canal de la familia"

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El prólogo del comentario bien podría ocupar el espacio reservado a las preguntas sin respuesta:

¿Por qué un canal que pontifica (¿tontifica?) acerca de su política de programación, con el slogan ?el canal de la familia?, pone en el aire un programa como ?Historias de sexo de gente común? con el que se pretende presentar un producto aparentemente escabroso y publicitariamente atractivo.

Una inquietud estimulada por lo que parece una política contradictoria: bajarle los decibeles eróticos a un producto como ?El deseo?, que aspiró a salir de perdedor apelando a recursos cada vez más hard y a la vez menos efectivos, por lo menos en cuanto a rating se refiere, y reforzar la apuesta bajo cuerda y contraatacar con un misil de combustión rápida.

(En el medio, el histeriqueo entre un yuppie y un travesti concitan la atención pública, pero esa es otra historia.)

De cualquier manera, la propuesta comenzó a develarse en cuanto la trama de ?Historias...? presentó a un matrimonio moderno y consolidado (en apariencia) recibiendo a una pareja recién llegada del Primer Mundo, con sugerencias swinger, esto es, el intercambio sexual, sin culpas ni consecuencias.

Descontando que la actitud provocadora atrasa una (o dos) décadas, hay que anotar la anécdota del acompañante de la emigrada: un extranjero de color, sobre el que se recarga todas las virtudes biológicas de la raza...

Mientras en los papeles, cuesta asimilar a Carolina Peleritti a la esposa ingenua, y Carlos Santamaría sólo tiene ojos para los senos que María Fernanda Callejón exhibe generosamente, en fotografía o personalmente, en escenas con tinte onírico.

Pero en el fondo, ocurre que ?Historias...? es menos una provocación que una travesura, alardeando de una invitación que nunca se cumple. Ni siquiera cuando el aspirante a tramposo tiene todo servido y se arrepiente aun antes de que las circunstancias lo obliguen, en su beneficio y por el futuro de su pareja, en una situación digna del más obvio Woody Allen: encerrado en un desván, con el picaporte de la puerta en la mano y un cerrajero en camino.

Porque el ?malo? de verdad es su socio, entusiasmado en aventuras de burdel y con menores de edad, como si quisiera promocionar un ciclo periodístico de algún otro canal.