En Los Silos, el sector portuario de La Guaira convertido en morgue improvisada, los cuerpos que siguen llegando casi un mes después de los terremotos son, en palabras de Andreas Spaett, “muy difíciles de mirar”. Ahí, en ese punto del puerto donde las familias acuden a reconocer a sus muertos, Médicos Sin Fronteras no instaló una clínica móvil. Instaló psicólogos: tres, que atienden tanto a quienes buscan a un familiar como al personal que manipula los cuerpos. “Es un lugar horrible”, dice Spaett, “pero es parte de este terrible desastre que estamos viviendo aquí.”
Esa escena resume, a su juicio, el punto en el que se encuentra Venezuela a un mes del doble terremoto que sacudió su litoral central el 24 de junio: la fase de rescate quedó atrás, pero la del duelo recién empieza. Spaett, jefe de misión de la organización humanitaria en el país, describe en una entrevista telefónica con Infobae a una población que “va perdiendo un poco la esperanza” mientras el trauma inicial muta en algo más difícil de tratar.
“El trauma que sufrieron se está convirtiendo también en un trauma para el futuro”, resume.
La esperanza que se apaga
Miles de personas siguen viviendo bajo carpas frente a los edificios colapsados, dice Spaett, muchas de ellas todavía a la espera de recuperar los cuerpos de sus seres queridos. Lo que cambió en las últimas semanas, explica, no es tanto la magnitud de la necesidad como el tipo de pregunta que empieza a formularse esa gente. “Qué es lo que va a deparar el futuro para esta gente que perdió todo: familiares, amigos, sus casas, su perspectiva”, plantea.
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En La Guaira, esa pregunta tiene además un componente económico. La zona vivía en gran medida del turismo, y Spaett no ve un regreso cercano de esa actividad. “Era una zona de alto turismo, entonces es muy difícil pensar que el turismo va a volver pronto a esta zona. Va a tomar muchos años”, dice, y remarca que para buena parte de la población local esa era, directamente, su forma de subsistencia.
Aprender a nombrar el trauma
La salud mental, dice Spaett, se convirtió en “uno de los pilares” de la respuesta de MSF, aunque no fue el primer frente. En los días posteriores al sismo, cuando la organización era la única presencia humanitaria internacional en el país, el foco estuvo en sostener hospitales desbordados. Solo después el trabajo se trasladó a la calle, donde miles de personas seguían —y siguen— acampando.
Desde hace tres semanas, los equipos de MSF recorren distintos puntos de La Guaira y Caracas con clínicas móviles, entre ellas un despliegue en Naiguatá, una zona que había quedado relativamente al margen de la asistencia. Ahí, junto a las consultas médicas, hay sesiones individuales y grupales de apoyo psicológico y un trabajo que Spaett describe como básico pero necesario: enseñarle a la gente a reconocer lo que le está pasando. “Las personas llegan y nos dicen: ‘Me siento mal, no puedo dormir, tengo dolor de cabeza, dolor de espalda’: tratamos de educar un poco a la gente para que pueda identificar que estos son efectos del trauma que sufrieron”, explica.
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Lo que ve el equipo, dice, va más allá de la angustia esperable tras una catástrofe. “Vemos gente que está deprimida, gente que tiene pensamientos suicidas en algunos casos. Uno pierde a sus seres queridos, a sus niños, a su mujer, pierde su casa, pierde todo, y está frente a los escombros de su vivienda anterior sin ver una salida”, describe.
Son cuadros, aclara, que no se resuelven en una sola sesión: requieren seguimiento en el tiempo, algo que MSF empezó a coordinar con el Ministerio de Salud y otras organizaciones para no dejar esos casos sin continuidad en los próximos meses.
Una coordinación que “toma tiempo”
Spaett habla de una coordinación con las autoridades venezolanas que “se está desarrollando poco a poco”. El Ministerio de Salud avanza en la instalación de campamentos transitorios, mientras crece el número de organizaciones nacionales e internacionales que se suman a la respuesta, un escenario que no siempre resulta ordenado. “Con tantos actores, cada uno quiere contribuir y encontrar su espacio, y no siempre es fácil tener todo bien estructurado”, reconoce. “Toma tiempo, y va a tomar todavía tiempo hasta que todo esté bien organizado y estructurado”.
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En el terreno hospitalario, MSF terminó apoyando a nueve centros de salud entre La Guaira y Caracas. Ninguno colapsó por completo, dice, pero varios sufrieron daños que obligaron a reducir camas disponibles.
En el Hospital Vargas, el primero que asistió la organización en La Guaira, persiste un problema con las tuberías que MSF intenta resolver con sus propios ingenieros de agua y saneamiento —parte de un trabajo más amplio de tratamiento y cloración de agua que, según Spaett, hasta ahora logró evitar un salto en los casos de diarrea, uno de los indicadores que la organización vigila de cerca para anticipar brotes epidémicos en los campamentos.
Lo que no entra en las estadísticas
Spaett evita ponerle fecha de cierre a la emergencia. Calcula que la fase más aguda podría extenderse “un par de meses más —dos, tres, cuatro—”, pero advierte que el acompañamiento a los sobrevivientes va a durar bastante más: hay pacientes con politraumatismos que van a necesitar sucesivas cirugías y procesos de rehabilitación. “Son cosas que, para mí, van a durar más allá de este año”, dice.
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Lo que más lo golpeó en estas semanas, sin embargo, no tiene que ver con la respuesta institucional. Tiene que ver con cómo reacciona la propia gente. “Una de las cosas que más me impresionó en estas cuatro semanas es la solidaridad del pueblo venezolano: cómo se apoyan los unos a los otros me parece impresionante”, dice Spaett, y menciona en particular a sus propios colegas venezolanos de MSF: varios perdieron su casa en el terremoto y, aun así, después de un horario laboral que en estos meses es largo, se organizan para juntar ropa y comida para otros afectados.
Hacia el final de la entrevista, Spaett recuerda a un chico de la comunidad que se le acercó semanas atrás solo para agradecerle el trabajo de MSF. Le contó algo que a Spaett todavía lo conmueve. “Sabes, Andreas, en el 99, en las grandes inundaciones, yo perdí a mi papá, y ahora, en el terremoto, perdí a mi mamá”, le dijo. “Pienso que ese no es un caso único, que mucha gente tiene historias parecidas”, reflexiona Spaett.
Sobre lo que necesita Venezuela de acá en adelante, Spaett no tiene dudas de que pasa, en buena medida, por sostener esa reconstrucción con recursos externos. “El país venezolano ya se encontraba en una situación de crisis política y económica, y responder a una emergencia de este tamaño no es fácil para un país que ya estaba golpeado antes”, dice. Por eso insiste en que la comunidad internacional mantenga el apoyo económico más allá de que las imágenes del terremoto dejen de ocupar titulares. La reconstrucción, recuerda, recién empieza.
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