La identidad personal sigue evolucionando mucho más allá de la adolescencia y se vincula directamente con el bienestar mental en la vida adulta, según concluye un estudio longitudinal publicado en el Journal of Adult Development.
La investigación, realizada por científicos de la Universidad de Jyväskylä (Finlandia), siguió a los mismos individuos durante tres décadas y detectó un desarrollo positivo de la identidad entre los 27 y los 61 años.
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El mayor crecimiento identitario ocurre entre los 27 y los 42 años
El trabajo se apoyó en los datos del Estudio Longitudinal de Personalidad y Desarrollo Social de Jyväskylä (JYLS, por sus siglas en inglés), una cohorte de adultos finlandeses nacidos en 1959 a quienes se evaluó en cinco momentos distintos: a los 27, 36, 42, 50 y 61 años. La muestra efectiva osciló entre 206 y 346 participantes según la fase de seguimiento.
La identidad se midió a través de entrevistas semiestructuradas que abarcaban cinco áreas vitales —ocupación, creencias religiosas, opiniones políticas, relaciones íntimas y estilo de vida— y se analizó el grado en que cada persona había explorado activamente distintas alternativas antes de comprometerse con sus propios valores. Los resultados mostraron un avance claro desde posiciones de difusión identitaria hacia el logro, con un ritmo de cambio que se ralentizó progresivamente a partir de los 42 años.
“Nuestro estudio demostró que la identidad puede seguir desarrollándose a lo largo de la edad adulta”, afirmó Liinu Marin, investigadora doctoral de la Universidad de Jyväskylä, en declaraciones recogidas por Phys.org. “Los resultados indicaron un desarrollo positivo de la identidad entre los 27 y los 61 años, con los mayores cambios entre los 27 y los 42 años”.
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Una identidad más desarrollada se asocia con menos ansiedad y mayor bienestar psicológico y social
El equipo también analizó la relación entre el desarrollo identitario y distintas dimensiones del bienestar mental —psicológico, social y emocional—, así como la presencia de sentimientos depresivos y ansiosos. La satisfacción con la vida y el bienestar social aumentaron con el paso del tiempo, mientras que el bienestar psicológico y las emociones negativas permanecieron estables en términos de media grupal.
Las correlaciones entre el nivel de logro identitario y el bienestar mental revelaron un patrón consistente: quienes mostraban una identidad más consolidada registraban mayores niveles de bienestar psicológico y social, mayor satisfacción vital y menos sentimientos de ansiedad. En cambio, no se encontró una asociación estadísticamente significativa con los sentimientos depresivos.
“El estudio demostró que una identidad más desarrollada positivamente se asociaba con un mayor bienestar mental”, precisó Marin. “Esto se evidenció, por ejemplo, en un mayor bienestar psicológico y social y en una menor sensación de ansiedad”.
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El estudio no establece si es la identidad la que impulsa el bienestar o viceversa
Los autores subrayaron que la investigación no permite determinar la dirección de la causalidad. Otros trabajos con poblaciones jóvenes han observado que la asociación puede operar tanto desde la identidad hacia el bienestar como en sentido contrario: un elevado malestar emocional también podría dificultar la exploración y el compromiso propios de una identidad consolidada.
La investigación se realizó mediante modelos de curva de crecimiento latente, una técnica estadística que permite estimar trayectorias de cambio a nivel poblacional e individual simultáneamente. Los análisis confirmaron una variabilidad considerable entre personas en sus niveles iniciales y en sus patrones de evolución, más allá de las tendencias medias.
Los autores señalaron que trabajos futuros deberían examinar qué ocurre con la identidad después de los 60 años —un periodo cada vez más relevante dado el aumento de la esperanza de vida— y prestar especial atención a transiciones como la jubilación, que puede reactivar procesos de reflexión sobre el papel de cada persona en la familia y en la sociedad.
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