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Descalzos, con zapatos o tacones: cómo el calzado modifica la estructura del tobillo, según un estudio

Un análisis reveló diferencias en un hueso clave del pie entre quienes utilizan estos distintos modelos, con resultados que obligan a repensar el impacto en el andar moderno

Un estudio científico reveló que el uso habitual de calzado altera la estructura ósea interna del astrágalo en el tobillo (Imagen Ilustrativa Infobae)

El uso cotidiano de calzado podría haber dejado una huella menos visible que la de las suelas sobre el cuerpo humano: modifica la estructura interna de los huesos del tobillo, según un estudio que obliga a revisar cómo se comparan los fósiles de antiguos homininos con las poblaciones actuales.

La investigación, difundida por New Scientist, analizó el astrágalo, el hueso que conecta la pierna con el pie, y encontró diferencias entre personas que usaban zapatos de forma habitual y grupos que caminaban descalzos. El resultado puede tener implicancias para los estudios sobre la evolución de la marcha bípeda.

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El hueso esponjoso conserva señales de los movimientos cotidianos

El trabajo se concentró en el hueso trabecular, una red interna compuesta por pequeñas placas y columnas que se adapta a las cargas que recibe cada persona durante su vida. Esa capacidad de remodelación permite a los investigadores reconstruir, en parte, cómo se utilizaban los pies y las piernas en el pasado.

Los científicos realizaron tomografías computadas de alta resolución para generar modelos tridimensionales del astrágalo de 56 personas modernas. La mayor parte de la muestra correspondía a adultos de Estados Unidos fallecidos después del año 2000 y habituados a utilizar calzado.

El hueso trabecular constituye una red interna de pequeñas placas y columnas que responde a la carga física (Imagen Ilustrativa Infobae)

El grupo descalzo, en cambio, estuvo formado por 13 habitantes de las islas Andamán, dos personas khoisan del sur de África y un cazador-recolector aka de África central. Sus restos, de mediados del siglo XIX, están conservados en el Museo de Historia Natural de Londres.

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Caminar sin zapatos concentró más tejido en la parte frontal del tobillo

Los análisis mostraron que las personas descalzas tenían relativamente más hueso trabecular en la zona frontal del astrágalo. Para Hannah Farrell, investigadora de UNT Health Fort Worth, esta distribución es coherente con una posición de pie flexionado, frecuente en actividades como ponerse en cuclillas o trepar.

Además, las estructuras internas de sus tobillos se extendían en una variedad mayor de direcciones. Según la interpretación del equipo, ese patrón indica que las articulaciones recibían fuerzas procedentes de ángulos más diversos.

El hallazgo ofrece un punto de comparación para examinar cómo se desplazaban los antiguos homininos. Nuestros antepasados ya caminaban habitualmente sobre dos piernas hace unos 4,2 millones de años, pero ese dato no implica que su forma de andar fuera idéntica a la actual.

Las personas que caminaban descalzas presentaron mayor volumen de hueso trabecular en la zona frontal del tobillo (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los huesos fósiles y las huellas preservadas sugieren que distintas especies utilizaron posturas, formas de apoyo del pie y niveles de actividad arbórea diferentes. La arquitectura del hueso trabecular se convirtió por eso en una fuente relevante para interpretar esas variaciones.

El calzado parece dirigir la carga hacia el interior de la articulación

En las personas que usaban zapatos, el volumen total de hueso trabecular era mayor y se concentraba en mayor medida hacia la parte interna y posterior del tobillo. Los autores plantean que el calzado podría trasladar la carga hacia el interior de la articulación y mantener el pie en una posición más extendida.

El efecto podría ser más marcado en zapatos con taco, que elevan el talón y cambian la postura habitual del pie. A su vez, las placas y columnas internas de los tobillos calzados seguían direcciones más uniformes, una señal de que el movimiento queda restringido y las fuerzas se canalizan por trayectorias menos variadas.

Para Zewdi Tsegai, de la Universidad de Chicago, las comunidades que no utilizan calzado de forma regular permiten observar una suerte de referencia sobre las condiciones en las que se movieron parientes humanos ya extintos.

Los fósiles suelen compararse con poblaciones que usaron calzado toda su vida

La advertencia central del estudio apunta al método de comparación. Muchas investigaciones sobre la evolución de la marcha toman como referencia esqueletos de personas de sociedades industrializadas, cuya exposición al calzado comienza en la infancia y se mantiene durante décadas.

Los próximos estudios buscarán evaluar el efecto del calzado junto a factores como el terreno, la actividad física y el tamaño corporal (Imagen Ilustrativa Infobae)

Malorie Albee, de la Universidad del Norte de Míchigan, señaló que el trabajo aporta una base necesaria para las investigaciones sobre la evolución del pie. El análisis no plantea que el uso de zapatos invalide estudios previos, pero sí que esa variable debe considerarse al interpretar las diferencias anatómicas.

Por su parte, Thomas Püschel, de la Universidad de Oxford, remarcó que el calzado habitual puede asociarse con cambios medibles en la arquitectura interna de los huesos. También advirtió que futuros estudios deberán separar el efecto del calzado de otros factores, como el tamaño corporal, el terreno, la actividad física y las condiciones de vida.

La próxima etapa será ampliar las muestras y evaluar esas variables en conjunto, con el objetivo de precisar qué parte de las diferencias observadas responde al calzado y cuál a las exigencias de cada entorno.

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