Hoy, 27 de septiembre, se celebra el Día Mundial del Turismo para destacar la importancia de esta actividad y su valor social, cultural y económico. La fecha elegida coincide con el final de la temporada alta del hemisferio norte y el inicio de la del hemisferio sur. El gran objetivo es apoyar la sostenibilidad y la paz a través de los viajes de las personas por todo el mundo.
Si bien la Ciudad de Buenos Aires ya contaba con una gran cantidad de atractivos que atraen a visitantes de todo el mundo, además de ser la mayor puerta de entrada al país, ahora suma algo novedoso, al menos tan cerca de la city porteña. En los últimos dos años, el enoturismo se ha acercado a la ciudad con diversas propuestas, muchas de las cuales antes solo se podían disfrutar en las principales zonas de producción.
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Según los últimos informes globales de la industria, el enoturismo ha dejado de ser un mercado de nicho para convertirse en un pilar económico de alto impacto y un motor de rescate para el turismo y la industria vitivinícola internacional. Ante desafíos globales, como la histórica caída del consumo de vino y los cambios de hábitos, las experiencias turísticas en viñedos han salido al salvataje de la rentabilidad del sector.
Esta actividad se destaca no solo por la cantidad de viajeros, sino también por su elevado nivel de gasto y el valor directo que inyecta en las economías regionales. El tamaño del mercado global se estima en aproximadamente USD 49.550 millones, con proyecciones de superar los USD 100.000 millones a inicios de la próxima década.
Actualmente, para las bodegas, ya representa en promedio el 25% de los ingresos totales a nivel mundial y puede superar el 30% en establecimientos pequeños. Otro dato interesante, que explica por qué para la industria es una apuesta fuerte y segura, es que para el 65% de los productores el turismo enológico es “rentable” o “muy rentable”.
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Se calcula que más del 30% de las visitas a bodegas corresponde a turistas internacionales de alto poder adquisitivo. Europa concentra entre el 42% y el 51,3% del mercado global, con las regiones icónicas de Italia, España, Francia y Portugal, que atraen los mayores flujos de divisas internacionales.
Por su parte, la perspectiva de crecimiento del enoturismo en la Argentina es altamente positiva y se encuentra en plena fase de expansión y diversificación. A diferencia del consumo interno de vino fraccionado, que ha mostrado signos de estancamiento, el turismo del vino se ha consolidado como un motor contracíclico, una fuente de divisas clave y una de las actividades más dinámicas del turismo nacional.
Si bien dejó de ser un monopolio exclusivo de la región de Cuyo —existen bodegas y viñedos abiertos a visitantes en 17 provincias argentinas, desde Jujuy hasta Santa Cruz— Mendoza se mantiene como el epicentro absoluto e incrementó su oferta de bodegas turísticas en más de un 57% en los últimos años. A nivel nacional, la cantidad de establecimientos con apertura turística viene registrando un crecimiento sostenido y ya supera las 380 bodegas abiertas al turismo.
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Para sostener las proyecciones de crecimiento, las bodegas están mutando su modelo de negocio —pasando de ser un centro de costos a una unidad de inversión altamente rentable— a través del lujo experiencial. Ya no se trata solo de una simple visita guiada por la bodega o de un tour tradicional que finaliza con una cata.
Hoy, los proyectos innovadores incluyen hoteles boutique integrados en los viñedos, la posibilidad de que el turista “elabore su propio vino” y actividades recreativas como paseos en globo, recorridos en bicicleta por las fincas, yoga entre viñas y festivales de música, entre otras atracciones que van más allá del vino. Claro que la gastronomía representa un porcentaje fundamental de la facturación turística de las bodegas.
Aunque el turismo nacional representa un volumen importante del flujo de visitas en algunas épocas del año, los viajeros internacionales, principalmente de Brasil, Estados Unidos y Europa, son quienes generan el mayor gasto por cubierto, alojamiento y compra directa en el wine shop cuando realizan enoturismo.
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Hoy, el auge del enoturismo ha llegado a los alrededores de la Ciudad de Buenos Aires, en busca de aprovechar el gran flujo de turistas que la visita a lo largo de todo el año.
Cinco escapadas para vivir el enoturismo cerca de la Ciudad de Buenos Aires
Todos los amantes del vino que visitan o residen en la Ciudad de Buenos Aires y sus alrededores cuentan ahora con una atractiva oferta de propuestas y experiencias alrededor del vino, similares a las que se realizan en las principales zonas vitivinícolas del país.
Quizás el que causa mayor impacto sea Finca Gamboa, no solo por su cercanía —en el kilómetro 65 de la Ruta Panamericana (Ruta 9), en la localidad bonaerense de Campana—, sino porque ofrece un verdadero paisaje de viñas y cuenta con una bodega donde no solo elaboran sus vinos, sino que además se realizan distintas actividades para los visitantes. Sin dudas, es uno de los proyectos de enoturismo más disruptivos e innovadores de la provincia de Buenos Aires.
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Fundada por Eduardo Tuite, su principal logro ha sido romper el mito de que los vinos argentinos solo prosperan en zonas montañosas. Ser el viñedo más cercano a la Ciudad de Buenos Aires y poder compartir con los visitantes vinos elaborados con uvas del lugar, además de otras regiones, es el gran detalle que marca la diferencia.
Las viñas están emplazadas en un paisaje de campo quebrado, dentro de un entorno natural protegido, junto a la Reserva Natural Otamendi y el Parque Nacional Ciervo de los Pantanos, rodeadas de álamos, lagunas y un bosque nativo.
Allí, además de almorzar en Casa Gamboa, que ofrece una cuidada propuesta enogastronómica con un menú de pasos, el Menú Terruño, diseñado para maridar con sus propios vinos, se pueden hacer degustaciones de todo tipo y caminatas entre los viñedos. Cuenta con una winehouse de 350 m², una cava subterránea y una glorieta en medio de las vides para realizar distintas experiencias.
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En la pequeña pero moderna bodega, que cuenta con tecnología de elaboración gravitacional y una capacidad superior a los 25.000 litros, se puede ver todo el proceso de elaboración del vino, desde la planta hasta la botella. Además de visitas guiadas con degustación, ofrecen picnics entre viñedos, cursos didácticos de viticultura, celebraciones especiales como el Día del Malbec y experiencias estacionales como la vendimia y la cosecha nocturna.
Muy cerca de allí se encuentra Estancia Vigil, un exclusivo multiespacio enoturístico y gastronómico creado por el multipremiado enólogo argentino Alejandro Vigil, director de enología de la prestigiosa bodega Catena Zapata y cofundador de los vinos de culto El Enemigo.
El proyecto replica el concepto y el espíritu de la galardonada Casa Vigil, en Chachingo, Mendoza, distinguida con una estrella Michelin, pero con una diferencia fundamental: está emplazado en la provincia de Buenos Aires, precisamente en la zona de Los Cardales, Campana, a tan solo 55 o 60 minutos de la Capital Federal.
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A diferencia de las bodegas boutique bonaerenses tradicionales, Estancia Vigil se destaca por elementos que la convierten en una experiencia diferente fuera de la región de Cuyo. El complejo fue diseñado arquitectónicamente con piedra, en una reinterpretación de las antiguas casonas de inmigrantes europeos.
El paisaje está compuesto por acequias con agua circulante entre piedras, senderos rústicos, filas de álamos y viñedos jóvenes cultivados con plantines traídos directamente de Mendoza. La ambientación logra que los visitantes sientan que viajaron 1.100 kilómetros a la cordillera en menos de una hora de trayecto.
Allí se sirven las etiquetas más codiciadas creadas por Alejandro Vigil. Esto incluye la línea completa de El Enemigo, botellas icónicas con puntuaciones perfectas de la crítica internacional, como los 100 puntos de Robert Parker, y el flamante Museo Vigil, un espacio dedicado a exhibir añadas memorables e hitos del vino argentino.
El área gastronómica está comandada por el reconocido chef Diego Irato. A diferencia de los restaurantes tradicionales, no se ofrece servicio a la carta. La experiencia culinaria consta de menús fijos y cerrados de tres pasos, que maridan entradas de autor y cortes de carnes premium seleccionadas con los vinos de la casa.
Estancia Vigil no es solo un viñedo con restaurante, sino más bien un centro de experiencias que incluye El Mercado, un almacén gourmet y vinoteca con productos exclusivos, salas para catas privadas guiadas, barras de coctelería y un sector preparado para eventos corporativos y sociales de lujo.
Muy cerca de allí, en la localidad de Zárate —específicamente en la zona de casas quinta de La Florida—, se encuentra Labory Wines, un proyecto vitivinícola boutique impulsado por la enóloga Fabiana Borini, que une la tradición del Valle de Uco, Mendoza, con un segundo terruño bonaerense.
Para acercar el mundo del vino a los visitantes, la bodega ofrece una completa agenda de experiencias enoturísticas y gastronómicas: caminatas para conocer de cerca el desarrollo de sus vides de Malbec, Cabernet Franc y Chardonnay, entre otras, y dimensionar el proceso de cultivo y vinificación en este suelo emergente; menús gastronómicos de pasos diseñados de forma exclusiva, que incluyen un ritual de bienvenida con espumante, una secuencia de platos gourmet fríos y calientes y la armonización con sus vinos premium.
También ofrece catas dirigidas para descubrir la identidad de sus actuales etiquetas mendocinas y aprender sobre las proyecciones de sus futuras microvinificaciones bonaerenses. Para quienes buscan algo más relajado al aire libre, hay picnics entre las viñas, que incluyen tablas de quesos, fiambres artesanales y copas seleccionadas en medio del verde del predio. Periódicamente, organizan eventos para disfrutar del atardecer, que combinan copas de vino, gastronomía ágil, música y encuentros alrededor de fogones en un ambiente distendido.
El pueblo turístico e histórico de Carlos Keen, ubicado en el partido de Luján, ha sumado recientemente un innovador atractivo enoturístico. Se trata del emprendimiento Zaffratelli Viñedo & Restó, un proyecto familiar que nació inspirado en los paisajes vitivinícolas del norte argentino.
El complejo se sitúa a solo dos kilómetros de la antigua estación de tren del pueblo y a poco más de una hora de la Ciudad de Buenos Aires. En un entorno natural de campo, ofrece la mística del vino bonaerense y una cuidada impronta gastronómica italiana.
Allí, los visitantes pueden caminar entre las cuatro hectáreas de viñedos del predio, con cepas tintas y blancas adaptadas a la humedad de la llanura pampeana, como Malbec, Marselan, Pinot Noir, Tannat y Chardonnay. El establecimiento proyecta su primera vendimia comercial para el año 2027.
La experiencia gastronómica fusiona cocina regional con toques de bodegas cuyanas. Disponen tanto de un menú fijo de pasos maridado con vinos seleccionados como de opciones de almuerzo a la carta, con pastas, carnes y platos de estación. Para quienes buscan algo más relajado, se ofrecen picadas de campo con embutidos artesanales, focaccia casera, hummus y raciones pensadas para disfrutar al aire libre, con vistas directas al viñedo.
Mientras los viñedos van tomando forma y comienzan a producir uvas, las experiencias de cata se realizan con etiquetas seleccionadas de alta gama de la región de Cuyo.
Por su parte, quienes quieran aprender y ver todo lo que se hace en una bodega pueden visitar Nietzel Wines, el proyecto creado por el arquitecto Aníbal Nietzel, que es oficialmente la primera bodega urbana de la provincia de Buenos Aires.
Oculta en un antiguo depósito de materiales de construcción en Bernal Oeste, partido de Quilmes, a solo 25 o 30 minutos del Obelisco, se destaca por procesar uvas de alta calidad traídas de Mendoza —Agrelo y San Rafael— para vinificarlas de forma artesanal y natural en el Gran Buenos Aires.
A través de la denominada “Experiencia Nietzel”, la bodega abre sus puertas al público general y ofrece una propuesta íntima y completa para grupos reducidos, de un máximo de 20 personas. Guiados por el propio Aníbal Nietzel o por el enólogo de la casa, Cristian Santinon, los visitantes recorren el galpón de producción para conocer el proceso de microvinificación urbana.
Se muestran las piletas de hormigón armado construidas para la fermentación, el sector de despalillado, la prensa, la zona de embotellado manual con nitrógeno y la cava de estiba de botellas.
La experiencia culmina con la degustación de sus etiquetas, entre las que se destacan Lulú, Fusión —un blend con paso por barrica— y Gran Logro Malbec, Merlot y Pinot Noir, además de espumantes Pet Nat, vinos naranjos y blancos como Chenin y Chardonnay.
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