Durante años, la inteligencia se asoció con la rapidez para responder, la seguridad al argumentar o la capacidad de defender una idea hasta el final. Sin embargo, distintos estudios en psicología cognitiva apuntan a otra conducta como una de las señales más consistentes de un pensamiento complejo: la disposición a poner en duda las propias certezas.
Las personas con mayor capacidad para razonar no siempre son las que hablan con más firmeza, sino aquellas que buscan información incómoda, consideran argumentos opuestos y modifican sus conclusiones cuando aparecen datos que las contradicen
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Ese hábito recibe el nombre de pensamiento activamente abierto. En un reciente artículo publicado por Psychology Today se lo vincula con la curiosidad intelectual, la flexibilidad mental y la humildad para reconocer errores. La idea fue estudiada, entre otros investigadores, por los psicólogos Keith Stanovich y Richard West, quienes hallaron que esta predisposición tenía una relación estrecha con mejores resultados en pruebas de razonamiento.
La clave no está solo en acumular conocimientos, sino en revisar cómo se llega a una conclusión y qué supuestos pueden estar fallando en el camino. La investigación también indica que esta forma de pensar tiene efectos en situaciones cotidianas: quienes toleran mejor la incertidumbre suelen evaluar con mayor cuidado la información, detectar sesgos y evitar decisiones tomadas únicamente por intuición o por apego a una postura previa.
La apertura mental, de todos modos, no implica carecer de convicciones. Supone sostenerlas con la posibilidad de revisarlas, escuchar a personas con experiencias distintas y preguntarse qué parte de un problema todavía no fue considerada. En un contexto marcado por opiniones rápidas y discusiones polarizadas, esa disposición puede resultar menos visible que la confianza absoluta, aunque la investigación la vincula con un mejor razonamiento y una menor influencia de los sesgos derivados de las creencias previas.
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Qué es el pensamiento activamente abierto y por qué puede mejorar el razonamiento
En 1997, los psicólogos Keith Stanovich y Richard West publicaron en el Journal of Educational Psychology un trabajo sobre la capacidad de evaluar argumentos sin quedar condicionado por las creencias previas. En una muestra de estudiantes universitarios, hallaron que esa habilidad se asociaba tanto con la capacidad cognitiva como con disposiciones de pensamiento abierto.
A esa disposición la denominaron pensamiento activamente abierto. En términos simples, consiste en no tratar una opinión como una posición que debe defenderse a cualquier precio. Implica considerar evidencia contraria, evaluar argumentos ajenos y aceptar que una primera interpretación puede ser incompleta.
La diferencia no depende solamente de conocer más información o de responder con rapidez. Estudios posteriores vincularon esta disposición con un mejor desempeño en tareas de razonamiento y pensamiento crítico, incluso después de tener en cuenta la capacidad cognitiva general de los participantes.
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La apertura mental no reemplaza a la inteligencia medida por pruebas cognitivas, pero puede influir en la manera en que una persona usa sus conocimientos y evalúa la información disponible. Por eso, se la estudia como una disposición relevante para el razonamiento, más que como una cualidad reservada a unas pocas personas.
La curiosidad intelectual aparece entre los rasgos más vinculados con la inteligencia
Un metaanálisis publicado en 2023 en Proceedings of the National Academy of Sciences integró resultados de 1.325 estudios con millones de participantes. El trabajo encontró asociaciones positivas entre las capacidades cognitivas y rasgos como el intelecto, la necesidad de cognición, el interés por las ideas y la curiosidad intelectual.
Mark Travers, psicólogo estadounidense con formación en la Universidad de Cornell y la Universidad de Colorado Boulder, destacó esos hallazgos en el artículo publicado en Psychology Today. La revisión mostró que los rasgos vinculados con el interés intelectual mantenían asociaciones positivas y consistentes con distintas mediciones de capacidad cognitiva.
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No se trata de cualquier forma de apertura a la experiencia. El interés por ideas complejas, el gusto por aprender y la disposición a examinar el propio razonamiento mostraron vínculos más estrechos con la inteligencia que otros rasgos, como la búsqueda de sensaciones o la sensibilidad estética.
Esto ayuda a entender por qué una persona con buen razonamiento no siempre parece segura o contundente desde afuera. Quien considera varias posibilidades puede tardar más en fijar una posición, pedir precisiones o cambiar de opinión. Esa cautela no equivale necesariamente a indecisión: puede reflejar que está incorporando información que antes no tenía.
La necesidad de pensar también puede desarrollarse con el tiempo
La literatura científica llama necesidad de cognición a la tendencia a disfrutar los desafíos mentales y el análisis de problemas. Dicho de otro modo, algunas personas encuentran estimulante enfrentarse a una pregunta difícil, mientras que otras prefieren resolverla cuanto antes o evitarla.
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Un estudio longitudinal publicado en 2024 siguió durante un año escolar a 341 adolescentes. El trabajo encontró una relación bidireccional entre la inteligencia fluida —la habilidad para resolver situaciones nuevas— y la necesidad de cognición: niveles iniciales más altos de una variable se asociaron con cambios posteriores en la otra.
El hallazgo sugiere una relación dinámica entre el interés por el esfuerzo mental y ciertas habilidades cognitivas. Sin embargo, no permite afirmar que un único hábito, por sí solo, cause un aumento de la inteligencia.
Para quienes tienen una alta necesidad de cognición, un argumento contrario puede convertirse en una oportunidad para revisar una idea. Una pregunta útil en ese proceso es: “¿Qué me estoy perdiendo?”. El enfoque cambia cuando el objetivo deja de ser defender una postura y pasa a ser encontrar sus límites.
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La humildad intelectual permite revisar ideas sin perder criterio
Otro concepto relacionado es la humildad intelectual. No implica carecer de convicciones ni aceptar cualquier argumento, sino reconocer que el propio conocimiento tiene límites y que una persona puede estar equivocada.
Un estudio de 2019 publicado en Personality and Individual Differences encontró que la inteligencia y la flexibilidad cognitiva se vinculaban con la humildad intelectual, en particular con el respeto hacia opiniones opuestas y la apertura a revisar actitudes frente a información nueva. Los resultados sugirieron que una alta capacidad en cualquiera de esos dos aspectos podía favorecer esa disposición.
La flexibilidad cognitiva puede explicarse sin tecnicismos como la capacidad de cambiar de enfoque cuando una situación lo requiere. En la vida diaria, aparece cuando alguien admite que interpretó mal un dato, escucha a una persona con una experiencia distinta o abandona una solución que ya no funciona.
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Las conversaciones con personas de trayectorias diferentes pueden servir para detectar puntos ciegos, siempre que no se usen solo como una competencia para imponer una respuesta. El objetivo es identificar qué información falta, qué supuesto no fue revisado o qué alternativa todavía no se consideró.
El pensamiento activamente abierto no exige renunciar a las opiniones. Requiere someterlas a revisión. Algunas acciones sencillas pueden acercar esa práctica: buscar fuentes que discrepen con una idea propia, diferenciar entre datos y suposiciones, pedir argumentos concretos y posponer una conclusión cuando la información todavía es insuficiente.
Finalmente, Mark Travers señala que los entornos que premian las respuestas inmediatas y la seguridad absoluta pueden desalentar esa conducta. En cambio, hacer lugar a la duda razonada permite corregir errores antes de convertirlos en certezas.
La pregunta que queda abierta no es cuánta confianza transmite una respuesta, sino qué tan dispuesta está una persona a modificarla cuando aparecen mejores razones.
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