Espasmos musculares: las causas más comunes, cuándo son inofensivos y en qué casos consultar al médico

Contracciones involuntarias y movimientos inesperados suelen despertar preocupación, aunque la mayoría obedece a factores cotidianos como el consumo de estimulantes o desbalances minerales. Cuáles son las señales que pueden considerarse benignas, cuáles requieren seguimiento y cómo descartar riesgos mayores

Los espasmos musculares involuntarios afectan hasta al 70% de la población y suelen ser benignos cuando no hay otros síntomas neurológicos (Crédito: Freepik)

Un temblor súbito en el párpado durante el descanso, una vibración persistente en la pantorrilla o una sacudida breve en el brazo pueden aparecer sin aviso y generar inquietud inmediata.

Estos movimientos involuntarios, frecuentes en situaciones cotidianas y sin esfuerzo físico previo, suelen interpretarse como señales de alerta, aunque en la mayoría de los casos corresponden a procesos habituales del organismo.

Según explicó a The Conversation Adam Taylor, profesor de anatomía de la Universidad de Lancaster, estos episodios afectan a cerca del 70% de la población en algún momento de la vida.

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El fenómeno abarca desde contracciones breves y aisladas hasta espasmos que duran horas o días, y rara vez se relaciona con enfermedades graves cuando no existen otros síntomas neurológicos.

Qué tipos de espasmos musculares existen

Las contracciones musculares involuntarias se dividen en dos categorías principales. La mioclonía ocurre cuando un músculo o un grupo de músculos se contrae de manera repentina, generando un movimiento visible.

Existen dos tipos principales de movimientos involuntarios: mioclonía y fasciculación, ambos con características y causas diferentes (Imagen Ilustrativa Infobae)

La fasciculación, en cambio, implica la activación de fibras musculares individuales, generalmente demasiado débiles para mover una extremidad, aunque visibles bajo la piel.

Ambos tipos pueden presentarse en reposo y compartir desencadenantes similares. El problema comienza cuando estos movimientos se interpretan como signos de patologías neurológicas complejas, como la esclerosis múltiple, que requiere estudios específicos para su diagnóstico.

Taylor señaló a The Conversation que, descartadas causas graves, los factores más frecuentes se asocian con hábitos diarios y desequilibrios fisiológicos.

Estimulantes y fármacos como desencadenantes

El consumo excesivo de cafeína figura entre las causas más habituales. Este estimulante actúa sobre el músculo esquelético y el cardíaco, acelera la frecuencia cardíaca y altera el proceso de contracción y relajación muscular.

De acuerdo con el profesor de anatomía, la cafeína incrementa la liberación de iones de calcio dentro del músculo y retrasa su relajación, favoreciendo la aparición de espasmos en brazos, piernas o párpados.

El consumo excesivo de cafeína, nicotina y otras sustancias estimulantes puede provocar contracciones musculares en párpados, brazos y piernas (Imagen Ilustrativa Infobae)

Otras sustancias estimulantes, como la nicotina, la cocaína y las anfetaminas, generan efectos similares al interferir con los neurotransmisores que regulan la actividad muscular.

También intervienen determinados medicamentos recetados, entre ellos antidepresivos, anticonvulsivos, fármacos para la presión arterial, antibióticos y anestésicos, que pueden provocar efectos secundarios musculares.

El papel de los minerales en la función muscular

Los desequilibrios minerales representan otro factor clave. La hipocalcemia, caracterizada por niveles bajos de calcio, se asocia con espasmos frecuentes, sobre todo en la espalda y las piernas.

El calcio permite que las células musculares se mantengan estables entre contracciones; al disminuir, los canales de sodio se activan con mayor facilidad y los nervios muestran hiperactividad.

Los desequilibrios minerales, como bajos niveles de calcio, magnesio o potasio, aumentan el riesgo de espasmos y contracciones musculares involuntarias (Crédito: Freepik)

Existen signos clínicos específicos de esta deficiencia, como el signo de Chvostek, que consiste en una contracción facial al golpear suavemente la mejilla delante de la oreja.

La deficiencia de magnesio también propicia contracciones involuntarias. Una alimentación inadecuada, dificultades de absorción intestinal, como en la enfermedad celíaca, o el uso prolongado de inhibidores de la bomba de protones, empleados para tratar el reflujo gástrico, pueden disminuir sus niveles.

El potasio bajo constituye otro desencadenante, ya que este mineral ayuda a que las células musculares permanezcan en reposo; su desequilibrio altera el voltaje celular y hace al músculo más inestable.

Hidratación, ejercicio y sistema nervioso

Una hidratación insuficiente afecta el equilibrio de sodio y potasio, lo que interfiere con la función muscular habitual y facilita espasmos y contracturas. Durante el ejercicio, el sobreesfuerzo intensifica este efecto, especialmente cuando no se repone el líquido perdido.

La deshidratación y el ejercicio sin reposición adecuada de líquidos alteran el equilibrio de sodio y potasio, favoreciendo la aparición de espasmos (Crédito: Freepik)

El estrés y la ansiedad también influyen de forma directa. La liberación de adrenalina incrementa el estado de alerta del sistema nervioso, modifica la tensión muscular y aumenta el flujo sanguíneo. Cuando esta activación persiste o aparece en reposo, pueden surgir contracciones involuntarias.

Infecciones y diagnósticos benignos

Algunos agentes infecciosos provocan espasmos musculares al afectar nervios o músculos. El tétanos produce el trismo, con contracciones intensas en cuello y mandíbula que dificultan la apertura de la boca.

La enfermedad de Lyme, transmitida por garrapatas, también se asocia con estos síntomas, al igual que infecciones como la cisticercosis, la toxoplasmosis, la gripe, el VIH y el herpes simple.

Cuando estas causas se descartan, algunos pacientes reciben el diagnóstico de síndrome de fasciculación benigna, una condición sin enfermedad subyacente identificable. Se estima que afecta al menos al 1% de la población sana y puede persistir durante meses o años, sin que implique un riesgo grave para la salud.

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