Hace pocos años, se realizaba un encuentro anual de enólogos para analizar temáticas y entender mejor el concepto de terroir. Cabe destacar que esta palabra francesa no tiene una traducción literal, pero se puede decir que es la combinación de un lugar específico, su clima, su historia y la influencia del hombre. En nuestro país historia vitivinícola hay mucha, pero este concepto es relativamente nuevo.
Y, por lo tanto, no son tantos los vinos que pueden demostrar un terroir en las copas.
Es cierto que cada año las expectativas crecen y las ganas de mejorarse afloran con cada cosecha, pero toda búsqueda tiene un objetivo; y si se logra, fin de la búsqueda. Esto, que para muchos puede sonar a un final, no es más que un gran inicio. Esto quiere decir que una nueva etapa en la historia de un vino comienza cuando se encuentra el mejor lugar posible para plantar el viñedo.
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Algunos europeos arraigados en nuestros terruños lo sabían, mientras que muchos otros enólogos locales, convencidos que ese era el camino, lo fueron comprobando de a poco. Porque lo único que puede diferenciar a un vino es su lugar. Pero éste debe tener algo especial y alguien apasionado capaz de llevarlo a las copas.
Algunos viticultores y hacedores están enfocados en interpretar un lugar, mientras que otros solo cumplir con su función, ya que se deben hacer muchas cosas para mantener ese delicado equilibrio necesario para que el terroir se exprese en plenitud, siendo el objetivo final embotellar “un lugar de manera natural”.
Hoy, el camino de muchos es buscar para encontrar lugares y poder concebir vinos con el foco puesto en los suelos. Y ahí asoma el Malbec como la cepa que mejor interpreta muchos de esos lugares. Es decir que en estos nuevos vinos el varietal no es el protagonista, como tampoco la madera o el manejo en bodega. Cuánto menos se intervenga en la naturaleza, mejor. Pero para encontrar todo eso hay que buscar y observar mucho.
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Esto implica que el origen del vino es muy importante, pero cómo hacer para saber cuándo y cuánto. En la Argentina no hay muchas limitaciones respecto del origen de las uvas para la concepción de un vino. Recién ahora empiezan a hacerse famosas las IG (Indicaciones Geográficas) con la intención de proteger los vinos de un lugar preciso en función de sus características y atributos diferenciales. Pero falta mucho para que el consumidor pueda llegar a detectar esos atributos y guiar sus elecciones en base a ellos.
Mientras tanto, los lugares siguen ganando protagonismo en las etiquetas, tal como sucede en los vinos del Viejo Mundo, donde la mayoría de los vinos se reconocen por sus zonas y no tanto por marcas y productores. Lo cierto es que cuanto más preciso es el origen de las uvas, mayores serán las pretensiones del vino, porque en definitiva es lo único que no se puede copiar. Esa es la razón por la que emergen cada vez más vinos de viñedos (Single Vineyards), de parcelas únicas o de subzonas que siempre existieron pero que recién ahora se animan a aparecer en las etiquetas.
Así, el origen del vino siempre fue la variable más importante, porque permite otorgarle al vino un carácter único. Pero hay algo que, al menos para muchos vinos, es fundamental, la antigüedad del viñedo. Es que está comprobado que hay una relación entre la edad de las viñas y el entorno, como si la experiencia de las vides se reflejara en los vinos.
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Los grandes vinos nacen y se hacen en el viñedo
Que el vino nace en el viñedo debe ser una de las frases más trilladas de la enología moderna. Sin embargo, recién ahora esa máxima se puede percibir en las copas. Hasta hace poco el ingeniero agrónomo se encargaba de entregar uvas y el enólogo las atajaba en la bodega para transformarlas en vinos, de acuerdo a las exigencias comerciales de la casa.
Pero la competitividad exigió un cambio de mentalidad. Y el único aspecto diferencial original en un vino es el viñedo, porque todo lo demás se puede copiar. Las variedades, los momentos de cosecha, los métodos de elaboración, las barricas, los enólogos consultores; todo, menos el suelo donde crece la viña. Por eso los agrónomos tomaron protagonismo, ya sea haciendo vinos directamente o interactuando a la par del enólogo. Al tiempo que este salió a caminar la viña. Hoy, sostienen todos, el vino se hace en el viñedo.
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Se piensa en función de las necesidades y se elige el lugar, la conducción, el rendimiento, el riego. Todo para lograr la mejor uva en pos del vino deseado. Y luego en bodega intervenir lo menos posible. Hay que respetar el entorno, para ello se usan las levaduras nativas del viñedo, y ya no tanto las seleccionadas. Tampoco se limpian los suelos, sino que se dejan las malezas naturales, y los bichitos ya no se combaten. A lo sumo se buscan alternativas orgánicas para respetar ese ecosistema que es único, y que en definitiva si se logra embotellar, dará un vino sin igual.
Hoy la búsqueda no es por el vino perfecto de 100 puntos, sino de vinos con personalidad, capaces de reflejar un paisaje, siempre interpretado por el hombre. Porque el vino nace y se hace en el viñedo, aunque no puede hacerse solo.
Y si a esto se le suma que las uvas provienen de un viñedo antiguo, se pueden lograr vinos más especiales. En Mendoza, donde sucede más del 80% del vino argentino, hay distintas zonas fundacionales, con Malbec centenarios. Y una de ellas es Las Compuertas, en Lujan de Cuyo. A unos 1000 metros sobre el nivel del mar, y muy cerca del Rio Mendoza.
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Allí está la primera historia del Malbec en Mendoza, aunque son pocas las viñas históricas que aún quedan en la zona. De esas viñas salieron cepas y barbechos que luego formaron varias viñas nuevas en toda la Argentina. No solo esto confirma su alto valor, sino que además en una planta de más de cien años sus raíces alcanzan los 2,35 metros de profundidad, siempre regadas de manera tradicional por surcos, con las primeras aguas del deshielo de la Cordillera de los Andes.
Esto es clave para lograr un carácter único en los vinos. Claro que demandan más cuidados a lo largo del año, y que dan pocos frutos de manera natural (bajos rendimientos), que se traduce en una delicada concentración de aromas y sabores en los vinos. Se realizan varias tareas durante todo el año para mejorar y mantener a una vieja viña y a su suelo, ayudándola con abonos naturales en su mayoría, y realizando una poda muy cuidadosa entre otros trabajos. Así, un Malbec de viña vieja no logra ser mejor, sino único.
Viña Jardín de María Malbec 2019
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Viña Jardín de María, Luján de Cuyo, Las Compuertas $18.000
Elaborado con uvas de un pequeño viñedo de 4 hectáreas plantado en 1910, este Malbec habla tan bien del lugar como de la variedad. Se elijen las mejores parcelas y se cosechan de forma manual en horas tempranas de la mañana, para preservar más la frescura.
Es un tinto de aromas maduros y frescos, en el que la fruta roja típica del Malbec de luce tanto en nariz como en boca. De paladar amable y trago consistente, franco y profundo, con texturas equilibradas y elegantes notas de crianza que se perciben en su persistente final de boca. Beber entre 2024 y 2029.
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92,5 Puntos
Proyecto Las Compuertas Malbec 1914 2021
Durigutti Family Winemakers, Luján de Cuyo, Las Compuertas $37.400
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Los hermanos Héctor y Pablo Durigutti han revolucionado Las Compuertas, no solo por levantar allí su bodega; con una de los mejores restaurantes de Mendoza; sino por cuidar y preservar las viñas viejas, principalmente de Malbec en Finca Victoria.
Este Malbec está elaborado de manera moderna, en fudres y vasijas de concreto. De aromas completos a frutas rojas maduras, con buen volumen, y un estilo “classy”, bien de la zona y que habla de la antigüedad de la viña. Con algo de frutas pasas y buenas texturas, sobre se equilibrado final se perciben leves dejos ahumados. Beber entre 2024 y 2027.
92 Puntos
Terrazas Parcel Los Cerezos Malbec 2020
Terrazas de los Andes, Luján de Cuyo, Las Compuertas $55.400
De la primera finca; la más antigua de Terrazas; plantada en 1929 en Las Compuertas, provienen las uvas para dar con este Malbec de aromas compactos y equilibrados, pero también con fuerza. Generoso en su fruta, más negra que roja, con dejos de frutas maduras.
Una frescura integrada, con buen volumen y texturas finas. Y la crianza aportando leves dejos tostados sobre el final. Hay buen potencial en este vino al que la cosecha 2020 le vino bien, porque más allá de la madurez tiene fuerza y buen volumen. Y eso habla de un carácter propio. Beber entre 2024 y 2029.