La observación consciente de un hombre frente al embarazo de su mujer, el adelanto del libro “Son Dos”

La crónica de Lucas Werthein habla de una historia de amor, de la presencia de lo sagrado, la trama delicada y siempre en tensión de las relaciones familiares. Cómo asomarse al mundo de la paternidad con otro lenguaje, capaz de cifrar lo extraño y lo íntimo

La tapa del libro de Lucas Werthein
La tapa del libro de Lucas Werthein

Lucas Werthein le contó una vez a un escritor que había escrito un cuento largo. El escritor le respondió que lo dejara crecer, que lo alimentara, que quizá así podría transformarse en un libro. Cuando empezó a escribir, aquellas palabras resonaron en su cabeza. Si bien no tenía claro adónde llegaría, se propuso intentar ser descriptivo y extenderse en los distintos nudos de la historia.

Werthein tomó coraje para dejarse llevar, para expresar todo lo que le pasaba siendo fiel a sus sensaciones y a los hechos, y al mismo tiempo, transmitir todo lo que se le ocurría a su mujer y a su embarazo, a través de los ojos de un tercero; sus ojos, los ojos de un hombre. “No sé cuántos hombres han escrito sobre embarazos; en este caso, se trata de un relato en el que busqué reflejar mi intento de estar presente, siempre”, dice el autor en el prólogo de Son Dos (Metrópolis Libros), su libro.

Lo viví a fondo con ella, me acerqué para compartir sus miedos y para contenerla en todo momento, sin dejar de mantener la esperanza viva de un eventual final feliz. Es obvio que jamás podré saber en primera persona lo que se siente tener un ser vivo en un útero, ni cómo duele una contracción, ni cómo todo eso junto genera un torbellino de pensamientos en la mente. Pero posiblemente las palabras que siguen den cuenta de la tensión que vivimos, la angustia que nos atravesó y cómo aquellas cosas “normales” se volvieron extraordinarias, y ciertas cuestiones que eran ínfimas e insignificantes en otro contexto, se transformaron en trascendentes. Creo también que el texto permite acercar un poco más lo que es vivir día a día, literalmente, cuando uno tiene una buena parte del futuro personal en juego minuto a minuto”, dice Werthein de forma directa y sin atajos.

Este libro no fue escrito después. Fue escrito durante. Comenzó un sábado, a nueve días de la internación. “Tipeé las primeras palabras ese día, a la tardecita, mientras Guadalupe dormía, en el iPad con el que ella veía alguna serie, hacía los pedidos al supermercado u observaba lo que pasaba en casa a través de las cámaras que tenemos en el cuarto de los chicos”, cuenta el autor.

Tipeé las primeras palabras ese día, a la tardecita, mientras Guadalupe dormía, en el iPad con el que ella veía alguna serie, hacía los pedidos al supermercado u observaba lo que pasaba en casa a través de las cámaras que tenemos en el cuarto de los chicos”, cuenta el autor
Tipeé las primeras palabras ese día, a la tardecita, mientras Guadalupe dormía, en el iPad con el que ella veía alguna serie, hacía los pedidos al supermercado u observaba lo que pasaba en casa a través de las cámaras que tenemos en el cuarto de los chicos”, cuenta el autor

En ese momento, todo era incierto, pero, independientemente del desenlace, tanto de la historia real como de la escrita, pensó que valía la pena el intento de poner en palabras todo lo que les pasaba a medida que se desarrollaban los hechos. “Se me ocurrió que era mejor intentarlo ahí, con las emociones frescas y revueltas, y no hacerlo con la distancia que ofrece el paso del tiempo. Además, no tenía claro si, de no escribir, podría lograrlo después. Tuve el impulso y me lancé a hacerlo, motivado también por el ejercicio catártico que esto también me permitía, mientras ella intentaba descansar y yo acompañaba. Así como el libro fue escrito durante, semana tras semana, cuando llegaba la “calma” del sábado y domingo, fue reescrito después. Un mes y poco más luego del final de esta historia me reuní con mi editora, a quien le conté todo esto y le pedí que me dijese la verdad. ¿Podrían estas palabras ver la luz y ser de interés para otros? Tuve que pasar el archivo del iPad a la computadora y leerlo de corrido por primera vez”, explica Werthein.

Y así empezó un nuevo trabajo, con perspectiva y algo más de distancia, que ayudó a que todo creciese, tomara forma, profundizara ciertos temas, clarificase otros y eventualmente llegara a ser todo el contenido que sigue.

Lo que escribe Werthein es la historia de ese presente, pero también los cruces que lo llevaron hasta ahí: una historia de amor, la paternidad, la presencia de lo sagrado, la fe, la trama delicada y siempre en tensión de las relaciones familiares. Sabe, y lo dice, que no es su cuerpo el que está en la línea de fuego, pero la observación del cuerpo de la madre, su mujer, lo lleva a un aprendizaje. No sabe lo que es tener útero ni sentir una contracción. No lo sabrá nunca. La experiencia de la escritura lo ha transformado y ahora puede asomarse al mundo de la paternidad con otro lenguaje, capaz de cifrar lo extraño y lo íntimo, la contención y el desborde.

Aquí el adelanto del capítulo 1

Lucas.

Lucas, así nomás, apareció en la pantalla de mi celular. El nombre completo. Sin diminutivo ni referencia cariñosa. Lucas. Tal como está escrito en mi documento. Ella no suele llamarme así. Solo cuando está enojada. O cuando pasa algo.

Es rara la mente. Tiene una forma de funcionar difícil de explicar. Es como que se larga sola. Es como que ya sabés. Pensás y listo; solo, casi automáticamente. No se sabe bien por qué. O al menos yo no lo sé. Bueno, en ese momento, en ese espacio desde que leí el mensaje hasta que sonó el teléfono, mil cosas pasaron por mi cabeza: algún problema doméstico, alguna pelea con alguien… No.

“Lucas” es que algo pasa. Mi reacción fue inmediata. Cuando estaba empezando a escribir una respuesta, dudando sobre si era mejor mandar o no un audio, sonó el teléfono. Tres segundos habían pasado. —Qué pasó —así, sin tono de interrogación, respondí. La respuesta confirmó la sospecha. Algo pasaba. Y podía ser grave.

Llevábamos veinticuatro semanas de embarazo. Y desde hacía diez, aproximadamente, la situación estaba delicada. Sabíamos desde el inicio que una nueva gestación podría repetir parte de lo vivido con el embarazo de mi segunda hija. Reposo, vida tranquila. Tal vez una internación no muy prolongada. Lo que no sabíamos —o mejor dicho, quién 16 se hubiese imaginado— es que si teníamos la bendición de poder tener un nuevo hijo (un hermanito o hermanita para S y para T), la complejidad vendría por otro lado. Aumentada, fuertemente.

—Guada, no estoy seguro de si estás preparada para escuchar lo que tengo para decirte —dijo el obstetra. —¿Qué, no hay nada? ¿No está más? —fue su inmediata respuesta, con algo de angustia y preocupación. Mientras miraba la pantalla, sin entender mucho de ecografías pero con dos embarazos encima, me salió de adentro.

—No te puedo creer —dije—. Son dos.

—Sí —dijo el médico.

Había dos embriones. Dos corazones. Doble latido. Y doble, o no, más bien triple, cuádruple o quíntuple estado de shock. Desde las primeras semanas hasta el final del primer trimestre la situación fue difícil. Vivíamos entre la alegría, la sorpresa y el temor. Miedo a que no terminara bien, miedo a no poder llegar, miedo a imaginar todo lo que podría salir mal. Es difícil explicar lo increíble que es esperar a dos criaturas.

"Esperar a un hijo siempre es maravilloso, imaginate dos", relata con agudeza el autor
"Esperar a un hijo siempre es maravilloso, imaginate dos", relata con agudeza el autor

Esperar a un hijo siempre es maravilloso, imaginate dos. No una sino dos vidas en potencia, que un día tendrían nombre, respirarían solas y serían capaces de hacer el bien. Todo el torbellino de emociones se magnificaba, aunque también asomaban las incertidumbres propias de una situación nueva. Ya habíamos pasado por dos embarazos y por dos hijos hermosos.

¿Por uno doble? Esta era la primera vez. Es así, a veces se puede explicar todo esto, pero muchas veces, no. Físicamente, si bien desde el punto de vista médico veníamos bien, la complejidad no venía tanto por el riesgo de un embarazo múltiple, sino por los síntomas, especialmente los vómitos. Empezaron por la semana 17 seis o siete; parecía que no iban a venir, pero llegaron. Y cómo.

Cuando vienen, con esta potencia, con esta fuerza, no los podés contener. Es notable ver la reacción de un cuerpo con un espasmo que es literalmente imparable. A Guadalupe se le doblaba el cuerpo, el impulso y la fuerza de los músculos contrayéndose la tiraban al piso. Así como suena. El ruido de ella vomitando era casi ensordecedor. La medicación, un mero e insuficiente paliativo. Tardamos unos días en entender. Resulta que eran vómitos potenciados por dos.

Así empezó el periplo.

—Lucas. Vení. Esto se cagó. Salí de la sala de reuniones a las apuradas y en menos de diez segundos estaba bajando en el ascensor rumbo al auto. Atrás había quedado una reunión de una compañía bastante monótona. Y otra vez, los pensamientos. Mientras la pantallita del ascensor —lento, viejo— mostraba cómo bajábamos, no podía dejar de pensar. Aun si hubiese querido, en ese momento, simplemente no se puede.

¿Cómo decirlo? Es imposible apretar el botón y decirse a uno mismo: “Bueno, tranquilo, vamos para allá y evaluamos la situación”. La mente te lleva por otro lado. La verdad es que era la primera vez que me escribía así, que me decía “Vení”, así, que me decía “Esto se cagó”.

Es algo que trasciende las palabras; después de más de dieciséis años juntos, cuando me dice algo en esa frecuencia, lo siento, lo sé, sin que me lo explique mucho. Percepción o inconscientes que se comunican, dicen. La puta madre, pensé, la puta madre. Así, en esta tormenta de ideas poco claras, sin poder entender por qué no había optado por la escalera, pensando en lo lenta que era esta máquina vetusta y obsoleta, y no queriendo dejarme llevar por el lado de “¿Y si justo hoy me quedo encerrado?”, me choqué con Pablo, un abogado.

Casi me lo llevé puesto cuando salí corriendo del ascensor. La puerta ni siquiera había terminado de abrirse.

—¿Todo bien? —me preguntó. Y fue, por un segundo, como un despertar. Salí de mi mundo por un segundo y le contesté:

—Sí, Pablito, todo bien.

Por suerte la oficina queda cerca de casa, el auto estaba bien estacionado y en menos de cinco minutos estaba llegando. No recuerdo bien qué pensé en el trayecto. Sí sé que pasó rápido. A una cuadra, la llamé por teléfono.

—Estoy llena de sangre. Esto se cagó, no es como con T, perdón, perdón… La puta madre, volví a pensar. Y ahí es como que no queda otra que adoptar una postura de fortaleza y soporte. Sin pensarlo mucho, casi naturalmente, le contesté.

—Tranquila. Tranquila. No sabemos. ¿Hablaste con Antonio?

—Sí, me dijo que me acueste y que llame a una ambulancia. Pero yo te llamé a vos.

—Esperame en el menos dos, estoy ahí en dos minutos. La historia con T, nuestra segunda hija, tiene un ángulo similar a esta. Cuando estábamos en la semana veinticinco, casi veintiséis, una mañana soleada, fría, a comienzos de agosto, Guadalupe se despertó llena de sangre. Casi sin mucho tiempo para pensar, mientras me levantaba de la cama me dijo “Vamos al hospital”. Había tenido una pérdida grande. Por suerte no fue grave (no hubo desprendimiento de la placenta u otra fuente de sangrado tal que la conducta correcta indicara la terminación del embarazo). Pero el feto era muy chiquito, el miedo enorme, y luego de que la situación se estabilizara, nos quedamos internados. Y así pasaron casi cinco semanas, con algunos días difíciles y una logística muy intensa (especialmente para que mi hijo mayor, de un año y pocos meses, pudiera ver cada tanto a su mamá), hasta que finalmente por la treinta y uno nos fuimos a casa hasta la treinta y seis, cuando nació.

—No es lo mismo que con T, perdón —me dijo.

Lucas Werthien escribe sin filtros una experiencia que lo cambió para siempre
Lucas Werthien escribe sin filtros una experiencia que lo cambió para siempre

Creo que repitió la palabra perdón más de una vez. Y la verdad es que con más negación que sentido común, mi respuesta durante todo el camino a la clínica fue: no sabemos qué es lo que pasa. No lo sabemos. No lo sabemos. Tranquila. Tiene que verte un médico. No te anticipes.

Pero aun sin quererlo, la cabeza va por una avenida paralela. El auto iba por Lugones, rápido, pero sin caer en el peligro de la velocidad excesiva. Tomamos la autopista Illia, bajamos en la salida que da a Libertador y ahí buscamos la izquierda para doblar hacia avenida Pueyrredón. La cabeza, mi cabeza, por otra parte, iba mucho más rápido. Sangre roja, no marrón, es mala señal. La marrón es vieja, generalmente un hematoma o un sangrado anterior, que paró, y que baja, desechado. La roja es sangre que sangra. Y además ella me habla de líquido. Le pregunto: ¿líquido como el flujo de siempre? (¿es mucho líquido, aumentado por el pesario, que tenía colocado hace ya algunas semanas?). No, mucho líquido. Mucho flujo. Mucho más. Algo tiene que tener que ver el pesario, pensé yo. Bah, seguramente era una expresión de deseo.

Tanta sangre no puede ser el pesario. Hacía dos o tres semanas que lo tenía puesto, y si bien Guadalupe había tenidos algunos cambios en su flujo y en su sensibilidad, no era gran cosa. Alrededor de la semana veintidós habíamos ido a ver a Antonio, el obstetra. Íbamos todas las semanas, pero a medida que el embarazo progresaba, los cuidados de Guadalupe se fueron intensificando. Había que estar alertas. Casualmente, en esa visita, al ver la forma y el espesor del cuello del útero en una ecografía 20 de rutina tomó una decisión. Había que ayudar a contener su afinamiento, ayudar a que no se borrase. La solución era un pesario, que es como ponerle un anillo de silicona al pico de una botella invertida para sostenerla. El tema es que este dispositivo no se conseguía en Argentina sino en Chile.

—No se preocupen —les dije a todos—. Lo voy a conseguir, y rápido. Era martes y Antonio se iba una semana a un congreso el viernes. Pero el jueves, luego de que un azafato de Latam me lo trajese, pudimos volver al consultorio para que se lo colocasen.

—¿Hasta dónde me vas a meter la mano? —dijo Guadalupe, casi en un grito.

—Tranquila, ya está, quedó bien. Te veo a la vuelta —dijo Antonio.

Y así mi mente siguió por su camino, donde sangre roja es sangre que viene de un sangrado, y mucho líquido, mucho más que el flujo normal, es líquido de la bolsa. O sea que estábamos frente a un problema. Y en un embarazo doble, gemelar, un quilombo de sangrado o de bolsa, si es complicado, termina con el embarazo. En la semana veinticuatro, con criaturas de alrededor de seiscientos gramos, el futuro es un futuro en el que no querés pensar. Porque si no progresa, no progresa. Okay, sí, sería una tristeza grande después de tanto esfuerzo e ilusión. También si pienso en los chicos, sería triste para ellos, que aun teniendo cuatro y tres años están esperando a los hermanitos. En una de esas la diferencia la hace una buena unidad de neonatología; buenísimo, capaz zafan. Pero… ¿cualquier gris? ¿Cualquier situación en el medio? Mamita, no quiero pensar, no quiero imaginarme nada, me da terror.

El problema es que a veces no se puede no pensar, incluso aunque no se quiera. Un bebé de veinticuatro semanas lucha por su vida cuando nace. Y lo hace minuto a minuto, hora a hora. Necesita ayuda para respirar, puede tener problemas con su corazón o con cualquiera de sus órganos vitales. Muchas veces los tienen que operar para unir tejidos que se habrían desarrollado solos más tarde. Cuando nace, el ser humano es un animal muy vulnerable que necesita del cuidado de su mamá durante mucho tiempo y de abrigo para sobrevivir.

Ciertamente, un bebé no está diseñado para sobrevivir cuando su sistema está tan inmaduro. Y si sobrevive, por su fortaleza, combinada con la pericia médica y la ayuda divina, las consecuencias pueden ser muy severas. Desde ceguera, parálisis cerebral, problemas de desarrollo, a temas menos graves. ¿Traer esto a mi familia? No es que tuviese muchas posibilidades de decidir algo, al menos no todavía. O decidirlo solo, si la última palabra es de la madre. Lo que no quiere decir que, llegado el caso, un médico me preguntase —nos preguntase— si continuar con los esfuerzos artificiales o no. ¿Vale la pena si la situación es extrema? ¿Sí? ¿No? No sé, la verdad es que no sé, ni tampoco creo que uno pueda anticipar este tipo de cosas.

Si no te pasan, si no las vivís, si no tocan lo más íntimo de tu ser, es difícil saber cuál será la reacción que prevalecerá. No quiero pensarlo, lo que no quiere decir que pueda no pensar. A veces, querer no es poder. Tiempo al tiempo. —Tranquila que ya llegamos. Estábamos dando la vuelta para no cruzar la calle.

—Quiero que bajemos al lado de la puerta, dame estos tres minutos —le dije mientras doblaba a la derecha en Charcas para dar la vuelta y retomar por Pueyrredón en sentido contrario. Habían pasado solo veinte minutos desde que había llamado. Nos encontramos con poco tráfico, vinimos con algo de velocidad. Por lo menos eso salió bien.

—¿Podés caminar? —le pregunté. —Sí. Le di la mano y, después de dar un paso, se dobló y gritó de dolor.

—Vení que te levanto, no jodas. Así, envuelta en una toalla verde, grande y mojada, entramos a la clínica.

—¿Qué pasó? —me interpeló un muchacho de seguridad. Sin detenerme le dije: —Tengo que ir ya al piso 3. —¿Qué semana? —dijo, como si fuese un médico o un administrativo que hace triaje. —Veinticuatro —contesté yo casi al llegar al ascensor.

Entre su primera pregunta y mi última respuesta no habían pasado más de tres o cuatros segundos. En ese período ya estaba por insultarlo mentalmente: ¿qué me pregunta tanto?, ¿no ve que tengo a una mujer a upa doblada de dolor? El muchacho, tengo que decir, con celeridad y eficiencia, detuvo el ascensor justo antes de que sus puertas se cerrasen. Estaba lleno de gente, iba a descender a los subsuelos y había cola en la planta baja. Les hizo una seña a los que estaban adentro del ascensor y los hizo bajar, les señaló a los que esperaban que teníamos prioridad, y mientras esperábamos ahí parados, puso la llavecita, bloqueó la máquina, subimos solos y fuimos directo al tercero. Obviamente, mi percepción de este señor cambió.

Al final, sus preguntas sirvieron para algo, pensé, seguramente no fue su primera vez. Menos mal. Tres pisos que nuevamente parecieron eternos. Los ascensores de esta clínica son muy malos, en especial en situaciones dramáticas. Son lentos y muchas veces están fuera de servicio. Pero también fueron eternos por otra razón: porque de a poco nos íbamos acercando al momento de la verdad. Muchas cosas podían pasar. Obviamente confiábamos en que la clínica en la que estábamos es un centro de primer nivel…

Pero ¿y si te atiende un médico más o menos? ¿Y si es uno novato? ¿Y si se equivoca? Al abrirse las puertas, parecía que estaban avisados ya, porque nos indicaron esperar un instante nada más para después pasar a una pequeña salita con la obstetra de guardia. La doctora parecía estar tranquila, preguntó lo que había pasado, procedió a escuchar, a revisar, a auscultar y a pedir algunos estudios. De nuestro lado prevalecía la ansiedad. A eso había que agregarle angustia y preocupación. No quería pensar en nada gris, no quería pensar. Unos momentos después llegó el primer veredicto: “Por el momento no hace falta el quirófano”, dijo.

Los primeros resultados de la ecografía no indicaban un desprendimiento de placenta. No quedaba claro todavía el origen del sangrado, pero al menos la situación no parecía poner en riesgo la vida de la madre. De los bebés, no estaba tan claro. Las primeras impresiones sugerían que no había riesgo de vida, al menos no de forma inmediata y terminal. Pero había que esperar para entender la situación a fondo. En un momento, alguien preguntó: “¿La hemorragia?”. Después de un rato había parado. Si paró, es bueno, pensé.

De todas formas, Guadalupe seguía con mucho dolor, con contracciones, y estaba toda mojada. La médica que realizó la ecografía sostuvo que las bolsas tenían líquido. Lo que no se sabía era si había una fisura o no. O de dónde venía tanto líquido. Para eso había que esperar. Además, le habían sacado algunas muestras. Si tienen líquido, es bueno, pensé. La puta madre, estaba siendo totalmente positivo al pedo. Tiene que venir Antonio. Antonio, su médico obstetra, la contenía.

Werthien aborda la paternidad y el embarazo de su mujer de una forma sensible y aguda a la vez
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Además, por ser especialista en fertilidad, estaba acostumbrado a casos complicados. Las técnicas actuales de fertilización asistida permiten lograr embarazos que en otras circunstancias, tiempos y edades no se daban. En otras palabras, muchas veces los médicos consiguen implantar aquello que naturalmente el cuerpo rechaza. Por eso es común que estos embarazos sean difíciles. Llegamos a Antonio casi de casualidad. El doctor Diego, quien atendía a Guadalupe antes, ya no hacía ginecología y obstetricia. Él fue fundamental para ayudarla a superar dos operaciones de endometriosis, y así preparar el cuerpo para un futuro embarazo, pero una vez embarazada sugirió la derivación.

Fue muy importante también para mostrarle que no había que apurarse en recurrir a tratamientos de fertilización. El ser humano, dentro del reino animal, no es una criatura que se destaque por su fertilidad y capacidad reproductiva. “Hay que probar un año, y tener paciencia”, solía repetir. Y antes de los doce meses llegó la confirmación del embarazo de S. A partir de ahí, la siguió Antonio. Un médico experimentado y excepcional, que conocía a su paciente y las probabilidades de que la cosa girase para un lado o para otro. No fue casualidad haber llegado hasta la veinticuatro lo más bien. Tampoco que tuviese el pesario puesto. No por nada repetía una y otra vez “Este es un embarazo múltiple pero espontáneo”.

Vaya si esto hacía la diferencia. Pensar de modo contrafáctico en general sirve de poco, pero si Guadalupe no se hubiese cuidado desde el principio, si no hubiese hecho reposo en casa y no tuviese esa contención de silicona puesta, quién sabe cuál hubiese sido el destino. ¿Habríamos llegado hasta acá con chances? ¿Habríamos llegado hasta acá? ¿Qué hubiese pasado? De manera increíble (e imposible de domar), todos los pensamientos, con todas las posibilidades habidas y por haber, aparecían al mismo tiempo. Como si la realidad fuese a una velocidad y la cabeza, a otra. Muchas veces, fuera de control. Una vez pasado el momento máximo de crisis, la idea era poder estabilizarla.

A pesar de sus venas frágiles y finas, pudieron colocarle una vía y pasarle medicación. Lo primero que le dieron no resultó ser suficientemente fuerte, por lo que decidieron probar con una droga distinta. En esta etapa, el objetivo era inhibir las contracciones, relajar el útero, calmar el estado de irritabilidad general del embarazo, y así poder entender mejor qué estaba pasando. Un mensaje. Diez minutos totales hasta llegar a ella en el segundo subsuelo de nuestra casa, y veinte minutos hasta llegar a la clínica. Una hora después de la primera atención de la médica de guardia y de las primeras drogas, una persona —ya no recuerdo si un médico de la clínica, una enfermera o un médico del equipo nuestro— vino para decirnos que el examen sobre el líquido amniótico había dado negativo. Eso es bueno, pensé.

—De todas formas, esto no quiere decir que haya confirmación de que la bolsa no se rompió. Puede ser un falso negativo debido a que la muestra está probablemente contaminada con sangre —dijo ese alguien.

O sea: tal vez la bolsa está fisurada y pierde, pero no es seguro. O sea: también puede que ser no esté fisurada y que no pierda. ¿Puede ser que no esté fisurada y que no pierda? Mientras pensaba eso, mientras me decía a mí mismo “Por favor, por favor”, escuché, de costado, que uno de los obstetras le estaba contando a otra persona una historia de una paciente que había pasado una semana, o más, con la bolsa fisurada.

Recién después de ese tiempo el bebé había nacido. Pero van veinticuatro semanas, pensé. Y son dos bebés. Es más difícil. Son más chicos. Son dos. No es lo mismo. Y aun si ese fuese el caso, estamos jodidos. En eso, entró nuevamente una enfermera para aplicarle una inyección de cortisona. Era la primera de dos dosis para madurar los pulmones de los bebés. En caso de que naciesen, para que tuviesen, al menos en la estadística, una chance un poquito mejor.

La droga distinta comenzó a hacer efecto, pero más de la cuenta. Ella ya no respondía, se le doblaba la boca al intentar hablar. Casi como cuando se está totalmente ebrio, y la lengua y la cara no respondían. ¿Qué pasaba? Por primera vez el miedo no se disparó, y no lo hizo por una sencilla razón. Estaba Antonio y estaba su anestesista, Juan.

Otros médicos de la clínica estaban ahí también, al lado, y al revisarla y verla transmitían tranquilidad. Respiración espontánea, presión bien, pulso bien, pupilas bien, y al tomarle la mano, respondía. Además de todo lo anterior, lo que le pasaba es que estaba sufriendo un efecto adverso a la medicación, descripto como no muy común, pero descripto al fin.

Son dos, de Lucas Werthein. Género: Crónica. Sello editorial: Metrópolis Libros. Precio libro papel: $920

Lucas Werthein nació en Buenos Aires en 1981. Es licenciado en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires. Publicó artículos en las revistas Cuarto Intermedio y El Arca. Condujo durante diez años el programa de radio Generación del 80. Produjo los multipremiados documentales Lea y Mira dejan su huella y La Casa de Wansee. Son dos es su primer libro.

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