Definir el bienestar o la felicidad no es tarea fácil, ya que se trata de conceptos complejos, de evaluar desde una perspectiva científica. Lo que sí podemos hacer es basarnos en datos y teoría para reemplazar estos conceptos difíciles de abordar con la rigurosidad necesaria. En este sentido, la ciencia hoy puede medir algunas cuestiones que nos dan bienestar.
Las circunstancias de la vida, nuestras expectativas y la composición genética influyen en cuán felices somos. Hoy la ciencia puede medir algunas cuestiones que dan bienestar al ser humano. También se ha encontrado que podemos hacer mucho para construir nuestro propio bienestar, por ejemplo, trabajar la manera en que pensamos y expresamos nuestros sentimientos, establecer y lograr metas, consolidar vínculos humanos, reducir los pensamientos negativos, saborear los acontecimientos cotidianos positivos, hacer lo que nos gusta, trabajar la autoaceptación, tener hábitos saludables y encontrar un propósito más allá de uno mismo.

Las personas cuando están desconectadas de otros se sienten muy mal, y hasta experimentan dolor. Se suma que en general, los seres humanos tendemos a estar pensando en la próxima meta o la próxima tarea y nos olvidamos de vivir el presente. Sabemos que la meditación es muy beneficiosa en este sentido: ayuda a centrar la atención en el presente y no en el futuro. Un cerebro atento es un cerebro más feliz.
Además, ser altruista también tiene impacto en nuestro nivel de felicidad. Nuestro cerebro tiene un circuito de recompensa que se activa con las cosas que nos dan placer y está demostrado que uno de los disparadores de esos circuitos es el altruismo. La comunidad, para ser tal, se construye a partir de la idea de cooperación. La solidaridad moviliza a las personas y las sociedades hacia el bienestar general. Otro aspecto que influye en la felicidad es la gratitud por lo que tenemos: salud, trabajo, vínculos significativos.
Y ahí nos asomamos a uno de los aspectos más importantes: el contacto humano. Una de las claves del bienestar es la construcción de relaciones interpersonales positivas. Éstas afectan las funciones psicológicas, fisiológicas y de comportamiento y ayudan a proteger nuestro cerebro.

Además, diversos estudios han demostrado que las personas que viven aisladas tienen menos expectativa de vida, se enferman más, tienen un peor rendimiento en pruebas cognitivas y reportan niveles descendidos de felicidad.
Por último, tener un propósito en la vida es otro aspecto que se conecta con un mayor nivel de bienestar. Es importante tener propósitos personales pero también uno que exceda nuestros propios intereses, que tenga un sentido más allá de uno mismo y que utilice las fortalezas personales para servir a un bien mayor.
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