“Me encerraba en el cuarto a llorar y me preguntaba qué había hecho”: Mica Vázquez, de la oscuridad a la plenitud laboral y el amor familiar

En una charla íntima con Teleshow, la actriz repasa sin escalas su pasado y disfruta su presente como conductora en Luzu TV. La experiencia en las tiras de Cris Morena, los vaivenes en su relación con Fernando Gago y el vínculo “especial” con Gero Klein con quien descubrió la maternidad

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Entrevista a Mica Vázquez por Tatiana Schapiro

Espontánea, divertida y transparente, Mica Vázquez llega al estudio de Teleshow y todo es naturalidad y frescura. Habla sin casete, igual que en las mañanas de AQN por Luzu, con Diego Leuco, Yoyi Francella y Trinche. “Me gustaría muchísimo poder pensar antes de hablar, pero no puedo. Soy verborrágica y hablo con vehemencia”, cuenta, antes de meterse de lleno en la charla que repasa sus inicios en las tiras de Cris Morena, la experiencia de vivir en Europa, sus relaciones amorosas y la maternidad.

—¿Siempre fuiste así?

—Siempre. En casa había muchos hermanos, hermanastros, medios hermanos... Toda la familia ensamblada. Todos criados desde chicos. Una familia muy ensamblada, que era “sálvese quien pueda”: ponían la comida y el que agarraba milanesa comía, y el que no… Entonces, al que hablaba más fuerte se lo escuchaba, no desde un lugar de poder, sino porque había mucho griterío. Con mis hermanas hablamos fuerte, con vehemencia. Es algo que viene de la raíz y no lo puedo controlar.

—Voy a aprovechar que me abriste esta puerta: ¿cómo era esa casa?

—Prácticamente me crie con el marido de mamá, Norber, y veía a mi papá entre dos y tres veces por semana. Me llevaba el bolsito. Iba y venía, hasta que en un momento mi viejo nos empezó a comprar ropa porque era incómodo llevar el bolsito a todos lados. Tanto mamá como papá volvieron a formar familia. Y esas familias venían con otros hijos. Y a su vez, cada pareja, mi mamá y Norber, y mi papá y Judith, tuvieron hijos: Flor y Nano, que son mis medios hermanos. En total, somos 11. En los cumples de nuestros hijos o los bautismos, vienen todas las familias y también es un “sálvese quien pueda” (risas).

—¿Cómo era la situación económica?

—Siempre vivimos bien, pero con lo justo. En primaria fui a un colegio estatal y al secundario, a uno privado. Era todo muy medido, no había nada de más, pero tampoco faltaba. Una clase media que trabajaba. Y lo que pedíamos, trataban de dárnoslo. No es que de repente le decía a mamá que me quería ir de viaje o tener un iPhone. No existía eso. Entendíamos que éramos un montón.

Mica Vazquez, en un momento de plenitud
Mica Vazquez, en un momento de plenitud

—¿Eras buena alumna?

—Sí, pero no era traga. Tengo mucha memoria visual y era de las que se sentaban adelante y prestaba atención. Trabajé durante todo el secundario porque hice Chiquititas, Rebelde Way y Floricienta. Todas las mañanas iba al colegio y por las tardes, a grabar. No tenía tiempo para estudiar o hacer trabajos prácticos. Recuerdo que en cuarto año tuve una profe de literatura que era muy exigente y nos hacía leer un libro por semana, entonces mi vieja me levantaba a las cuatro de la madrugada y me los leía.

—¿En esa adolescencia hubo espacio para dar dolores de cabeza en tu casa? ¿Hubo espacios para rebelarte?

—¿Yo? Siempre (risas). Siempre haciendo renegar a mamá. Era muy quilombera, muy bardo. Jugaba al fútbol, me he hecho fracturas, me he abierto la cabeza o la pierna. Hoy me pasa lo mismo con Balta: mi hijo es tremendo y mamá me dice que es igual a mí.

—¿Cuál era el límite que ponían tus padres en tu casa?

—Que no desaprobara las materias. El límite era ese: “Si vos querés actuar, tenés que terminar el colegio porque es lo más importante. Es lo que te va a dar herramientas para la vida y para el trabajo en el futuro”. Ellos me veían como una nena de 13 años que le gustaba ir al Gran Rex a bailar las canciones de Chiquititas. No sé si en ese momento, como padres, veían que podría ser mi oficio o profesión en el futuro.

Mica Vazquez con su marido Gero Klein y su hijo Baltazar
Mica Vazquez con su marido Gero Klein y su hijo Baltazar

—¿Qué pasó con esa familia, que venía acompañando, cuando les dijiste que te ibas al exterior siguiendo a un novio?

—Hay algo que tengo bloqueado. Es como que de un día para el otro me fui, y no tengo esa charla presente con mi mamá y mi papá. Ellos ya lo conocían a Fer (Fernando Gago, por entonces futbolista del Real Madrid), porque estábamos hace un año, y con casi 19 años renuncié en Polka y no me acuerdo mucho más. Para papá y mamá fue un sufrimiento, pero nunca se negaron a nada. Creo que mi independencia se dio desde chica, porque trabajaba y viajaba mucho. Con Cris Morena nos íbamos de gira a todos lados. A Israel, tres veces. No tengo presente esa charla, pero siento que fue: “Me voy”. Y me fui.

—Trabajando de tan chica, con giras y proyectos exitosos, ¿cómo se administraba esa plata en casa?

Tengo el recuerdo de mis viejos guardándome todo en un costadito, y cuando cumplí 18 años me compré mi primer auto con esos ahorros guardados en una cajita. No sé si ellos juntaban en pesos o en dólares, pero lo que cobraba no lo usaba nadie.

—¿Cómo fue irte tan chica a Europa? A los 19 años te fuiste con una pareja que entrenaba y que tenía su vida allá...

—Al principio fue difícil porque no sabía bien qué hacer. Había sido muy independiente desde chica y de repente me encontraba acompañando a alguien. Cuando llegamos a España, yo también era conocida en Madrid porque se veían las novelas de Cris y no entendía para dónde ir. La mejor decisión que tomé fue cuando empecé la facultad. Hice un terciario de producción y dirección de cine, radio y TV que me abrió un mundo de amigas. Fue mi espacio. Cuando todo lo enfocás en el trabajo o el amor y no funciona, se te cae el mundo. Iba a la cancha y me costaba hacerme amiga de las mujeres de los otros futbolistas porque tenían otro estilo de vida, o eran más grandes. Yo era muy tranca, de mi familia, mis amigos y del barrio.

Mica Vazquez con Diego Leuco, Yoyi Francella y Trinche, sus compañeros en AQN
Mica Vazquez con Diego Leuco, Yoyi Francella y Trinche, sus compañeros en AQN

—Alguna vez aclaraste que se puede estar con un jugador de fútbol y no ser botinera.

—Obvio. (Botinera) es un título porque siempre necesitamos rotular. Si los jugadores no tuvieran a esa botinera al lado como sostén, no llegarían a ningún lado. Es muy fácil todo lo que se ve de afuera como los goles o las copas, pero después hay que bancar los malhumores cuando no salen las cosas. Cuando estás con una pareja en otro país te pegás más. Con 19 años parecíamos una pareja de 40, que los sábados a las ocho de la mañana iba al supermercado. Igual, teníamos una dualidad difícil, porque también queríamos joder como cualquier persona de esa edad. Lo disfruté un montón.

—¿Cómo fue el balance durante esos cuatro años que estuviste allá?

—Positivísimo. Primero porque estudié y me recibí, que fue un título al margen del secundario. Eso fue hermoso. Mamá y papá estaban chochos, pero el único que vino a mi recibida fue Benja Rojas, porque justo estaba de viaje por ahí y me vino a ver. Cuando me dieron el diploma mis papás no habían podido viajar por laburo, economía y un montón de cosas, entonces vino él y me dijo: “Sos una genia”. Y me puse a llorar porque pensé: “Por lo menos lo tengo a Benja en representación de mis amigos y de mi familia”.

—¿Gago estaba cuando te recibiste?

—No. Nos habíamos separado dos meses antes de que terminara ese terciario. Estuvimos tres años y nos separamos. Me acuerdo que cuando nos separamos le pregunté si me podía quedar en la casa un mes más hasta que terminara de estudiar, porque estaba haciendo las prácticas en Antena 3. Me quedaba cerca y entraba a las 5:30 de la mañana. Me dijo que sí y se alquiló un departamento. Me quedé más tiempo, porque después de recibirme estuve varios meses reorganizando mi vida, hasta que decidí no estar más en esa casa porque me traía un montón de recuerdos.

Mica Vazquez con Baltazar, su hijo de tres años
Mica Vazquez con Baltazar, su hijo de tres años

—Es decir que la vuelta a Buenos Aires no fue tan rápida.

—No, me quedé como ocho meses más. Vino Brenda Gandini para ayudarme a embalar la casa. Yo estaba destruida, y viajó desde Buenos Aires para ayudarme a armar todo. Dejamos todo en el departamento nuevo que había alquilado y nos fuimos de viaje.

—¿Qué le dirías a esa Mica que era muy chica y vivía en otro país hasta que un día juntó coraje y dijo: “Hasta acá llegamos”?

—No me arrepiento de nada porque me hace ser quien soy. Le diría que se cuide un poco más, que se preserve un poco más. Estaba destruida en ese momento. Me encerraba en el cuarto a llorar y me preguntaba qué había hecho. O por qué había permitido eso. Muchas veces me preguntan si le guardo rencor a Fer, y no tengo ningún tipo de rencor. Él fue parte de mi vida y si hoy me lo cruzara, le daría un abrazo. Un tiempo después pudimos encontrarnos para hablar, y fue muy lindo. Fue sanador.

—¿Con el tiempo aquella Mica aprendió y pudo cuidarse más en las relaciones posteriores?

—Durante un tiempo no, pero después sí. Necesité tocar fondo en un montón de cosas.

—¿Entonces el fondo no estuvo en esa separación?

—No, y tampoco fue por Fer. No tiene que ver con él. Por eso, a la Mica del pasado no le diría que no vuelva a salir con un futbolista. Todo lo que hice fue desde el amor. Algunas cosas desde la inconsciencia, pero por amor, sin pensarlo tanto. Hoy también le diría a Mica que piense un poco más las cosas. Hoy intento pensar un poco más antes de hablar y de actuar. Con el tiempo algunas cosas voy aprendiendo.

Mica Vázquez con Tatiana Schapiro en los estudios de Infobae
Mica Vázquez con Tatiana Schapiro en los estudios de Infobae

—¿Perdonaste mucho?

—Sí, perdoné. No solo en esta relación, porque soy una persona que perdono. Con el tiempo me cuesta un poco más. A medida que voy creciendo me doy cuenta de que ciertas cosas no valen la pena. O sea: no es que no perdono, sino que no quiero volver a estar cerca de una situación así.

—Con la llegada de Balta cambió todo, ¿no? Con un hijo se empieza a entender el amor y la vida desde otro lugar...

—Sí. Antes me casé con un gran hombre que quiero un montón: Fede (Larroca) me hizo salir bastante de ese lugar “oscuro”. Es una persona que sacó lo mejor de mí.

—Te trajo mucha luz.

—Mucha luz. Me quiere como soy sin esperar nada a cambio. Después de cuatro años de estar sola fue algo muy lindo, porque yo mendigaba amor y siempre tenía la mirada puesta en el otro, pero él puso los ojos en mí.

—Saliste mejor plantada de esa relación.

—Sí, y mucho más madura. De hecho, cuando me divorcié lo conocí al toque a Gero (Klein), el papá de Balta y mi actual pareja. Todos me decían que habían pasado dos o tres meses de mi divorcio, y yo pensaba: “¿Saben el proceso que hicimos con Fede durante mucho tiempo hasta que nos divorciamos?”.

—¿Alguien cuestionó cuánto tiempo después te enamoraste?

—Todo se cuestiona. Hay opinólogos de la vida. Yo también a veces opino y me doy cuenta. Nos creemos tan importantes para decir nuestras opiniones sin que nadie nos pregunte qué pensamos. Hay algo cultural. Opinamos todo el tiempo. Pero hay que erradicarlo porque no está bueno.

—¿Con Fede también revisabas mails o ya era un capítulo cerrado?

—No. Lo del mail de Fer fue porque sabía que estaba pasando algo. Nunca en cuatro años le había revisado ningún mail. Hasta que sucedió… Y si lo tuviese que volver a hacer, lo haría. El que busca termina encontrando, pero con el tiempo aprendí que es la privacidad de uno.

—¿Cuántos mensajitos de amigas recibiste cuando Gago se separó de Gisela Dulko?

—Recibí algunos, pero empaticé mucho con la mujer. Cuando alguien pasa por una situación como la que viví me da bronca.

—¿No sentiste algo similar a la revancha?

—No, cero. Tengo esa sensación interna de lo que fue en ese momento, que cuando le pasa algo así a otra persona me sale empatizar con el dolor del otro.

—¿Y cómo te encuentra Gero?

—Recién divorciada (risas). Él también se acababa de separar, nos encontramos por una amiga en común, Lulú. Ella me insistía en que había una persona ideal para mí. “Son tal para cual”, decía. Y al tercer o cuarto mes de mi divorcio fue su cumpleaños y no me dio opción: “Tenés que venir”. Había pasado muy poco tiempo y me estaba preparando para hacer la temporada en Mar del Plata, no estaba para engancharme con nadie. No fui, pero ella le dio mi teléfono y él me mandó una foto de una mesa con un mensaje que decía: “Estamos todos menos vos, faltas vos”. Así arrancó el encare. Y en la primera salida que tuvimos fui a comer a la casa y nunca más nos despegamos. Gero es un ser muy especial. Lo amo profundamente, lo admiro como hombre. Estoy enamorada. Hasta ese momento no pensaba en la maternidad, la maternidad vino ahí.

Mica Vázquez al anunciar su embarazo
Mica Vázquez al anunciar su embarazo

—¿No era un tema para vos?

—Toda la vida quise ser madre. Tenía claro que quería ser mamá, pero me divorcié con casi 32 años. Pensaba que se me iba a pasar el cuarto de hora, pero vino a los meses. Cuando quedé embarazada todavía nos estábamos conociendo. Llevábamos siete meses juntos. Un tiempo de la pandemia nos sirvió para que nos conozcamos mucho, porque con la cuarentena todo fue muy intenso. Estábamos las 24 horas juntos y sentía que lo conocía más que a mi exmarido. De repente quedé embarazada y la noticia nos sopapeó a los dos. Fue algo inesperado, aunque sabíamos que podía pasar porque no nos cuidábamos perfectamente. Fue: “Vamos a tener un hijo”, porque en ningún momento nos planteamos nada…

—Nunca fue una posibilidad interrumpir el embarazo.

—Para mí no, y creo que para él tampoco porque nunca me lo planteó. Fuimos para adelante con el deseo de formar una familia hermosa. Estaba viviendo en el departamento de él y nos mudamos para empezar a construir la familia. Fue un proyecto que formamos juntos y nos cambió a los dos.

—¿La actriz cómo anda?

—Un poquito abandonada. Amo actuar, es mi gran pasión. Es mi motor. Si bien me siento súper cómoda en la conducción y estoy muy feliz de haber podido abrir esta puerta, lo que me mueve la sangre es actuar. He hecho de todo: cosas que estuvieron buenísimas y otras que fueron un fiasco. Ahora estoy enfocada en ser mamá y en Luzu.

—En las redes sociales también hay una empresa, ¿no?

—Sí. Y hay que dedicarle tiempo, porque nuestra carrera es así. A veces te tenés que sostener económicamente desde otros lugares. Pero extraño a la actriz.

—¿Y cómo se reactiva cuando una extraña?

—Qué sé yo, no sé. Pidiendo.

Mica y la familia que armó con Gerónimo y Baltazar
Mica y la familia que armó con Gerónimo y Baltazar

—¿Mandas mensajes sin problemas?

—No. Me cuesta pedir. Soy una persona de dar para que a nadie le falte nada. Miro poco para mí. Me cuesta pedir. Pienso que está buenísimo hacerlo y si tengo la oportunidad de cruzarme a Cris le diría algo, pero no le mandaría mensajes para quemarle la cabeza.

—¿Vos manejás tus redes?

—Sí.

—¿Y negociás vos los acuerdos económicos en las redes, en la radio o en los proyectos que te surjan?

—No, nada. Tengo una representante, que es una persona de mi confianza. Tengo a alguien que me ayuda, sino no podría.

—¿Cómo te llevás con esto de que un posteo o dos historias probablemente reditúen más económicamente que un mes de sueldo de la radio o de una tira, si estuvieras haciendo una?

—Es difícil. Tengo una dualidad. A veces me enojo por la cantidad de chivos. Trato de ser bastante genuina con lo que elijo, con lo que me representa. Es un trabajo. Hoy estoy en Luzu, mañana puedo hacer otra cosa y estuve dos años sin hacer nada. De hecho, el día que Nico (Occhiato) me llamó para entrar en AQN, yo le estaba diciendo a Gero si lo podía ayudar en el café, en administración, de mesera o lo que sea. Cuando estaba embarazada lo re ayudé. Estaba en la caja ayudando con todo. Estaba totalmente abocada a ayudarlo y trabajar de lo que sea, porque necesitaba plata.

—¿Generaron angustia esos dos años?

—Sí, en algunos momentos sí. Tengo 36 años y trabajo desde los 12. Tuve momentos brillantes y momentos de nada.

Mica Vázquez en los estudios de Infobae
Mica Vázquez en los estudios de Infobae

—Y cuando no hay nada, ¿podés parar la pelota y esperar que en algún momento el teléfono suene?

—A veces sí, a veces no. No soy de las que se queda esperando que el teléfono suene. Ahora estoy pasando un buen momento y quiero actuar, pero no sé mandar un mensaje. Me da un poquito de vergüenza. Igualmente, cuando estoy en la desgracia no me importa golpearle la puerta a nadie. Me cuesta mandar mensajes cuando estoy pasando un buen momento laboral.

—¿Guardás un resto económico en las buenas para esos momentos que pueden volver?

—Me cuesta. Cada vez lo hago mejor. Me cuesta porque nunca alcanza, y más con un hijo. Estamos planteándonos todo el tiempo si nos ponemos a buscar un segundo hijo y la economía es terrible. La idea es armarnos un poco, porque los hijos tienen que comer, estudiar, tener una obra social... Es algo que pensamos, pero no es condicional porque nunca es el momento económico ideal para tener un hijo.

—¿En qué sos la mejor mamá y en qué pensás que sos un cero?

—En los límites soy un cero. Me cuesta un montón. Y creo que lo mejor es que soy muy libre y lo dejo ser muy libre a Balta. No sé si eso es bueno o malo, pero siento que él explora y descubre. Lo acompaño en todo lo que puedo. No sé si eso es ser buena madre, pero estoy para cubrir sus necesidades. Es muy difícil juzgar la maternidad, porque hacemos lo mejor y lo peor desde el amor. Recuerdo una charla con mi vieja que le reclamé algo, enojadísima. Ella me miró y me dijo: “Fue lo que pude hacer” (se emociona). Fue la mejor respuesta que me pudo dar. Fue desde el amor. A veces una recrimina cosas que con el tiempo, cuando sos madre, entendés y empatizás con un montón de cosas que hacían tus viejos.

—¿Cambió tu mirada sobre tu propio vínculo con ella a partir de la maternidad?

—Obvio. Mi vieja es todo. Nunca dejó de trabajar y nos crio a las cuatro. Es una madraza recontra presente. Está en todos los detalles. Siente y percibe todo. Para el Día de la Madre nos mandó un mensaje a mí y a mis hermanas y las tres reaccionamos con mucho agradecimiento y emoción. Cuando sos madre todo te pega distinto. No hay explicación para el amor. No tiene un por qué. Es como cuando te enamorás, que no sabés por qué, o cuando te desenamorás, que tampoco sabés por qué. Bueno, este amor con un hijo, es el único amor incondicional de verdad. Ahora, cuando llegue a casa, él me va a estar esperando para que lo lleve a la plaza, porque soy su mejor plan. Lo único que quiere es estar conmigo.

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