En el universo de la comedia argentina, hay nombres que no necesitan presentación y hay shows que funcionan como una declaración de principios. Dalia Gutmann, fiel a su estilo frontal, ahora hace furor con No me calmo nada, un unipersonal que es mucho más que una sucesión de risas: es una invitación a entregarse a la catarsis, a gritar lo que incomoda y a celebrar la autenticidad. En plena gira nacional, entre valijas y ovaciones, la humorista hizo una pausa para hablar con Teleshow sobre el espectáculo. Y una excusa para conocer un poco más de su universo.
Con funciones desde el 2 de julio a las 20:30 y durante cinco jueves, el teatro Astros se convierte en un territorio donde lo común y lo extraordinario dialogan a carcajadas. Gutmann levanta el telón y, con cada función, convierte los enredos cotidianos en una suerte de ritual colectivo. Pero el GPS de esta gira parece tener vida propia: lo mismo se pierden valijas en Morón o se improvisa una anécdota en Quilmes, que la agenda suma sellos de Mendoza, Neuquén y Córdoba. Y cuando nadie lo espera, la travesía salta de continente: en noviembre, el humor de Dalia aterrizará en España y hasta en Países Bajos, demostrando que la risa no necesita traductor ni pasaporte.
Con veinte años de escenarios en la espalda, Gutmann aprendió a coleccionar historias ajenas y propias, y a devolverlas reversionadas, entre confesiones prohibidas y un guiño a las que se animan a decir lo que otros callan. Y ahora, el aplauso la encuentra cada vez más lejos de la mesura, ya que Dalia elige el vértigo antes que la pausa, y la intensidad como bandera, aunque el manual de adulto diga lo contrario.
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—Tu nuevo unipersonal se llama No me calmo nada. ¿Qué es lo que hoy te saca de la calma?
—Yo soy muy intensa y, por suerte, tengo mucha experiencia siéndolo, eso es lo bueno del paso del tiempo. Y además, siendo mujer, siendo humorista, entendí a esta altura de mi vida que siempre hay una parte de la sociedad, del mundo que te quieren calmar, que te quieren adoctrinar. “Ay, no queda bien, Dalia, pero arreglate, pero no, no hables tan alto”, te dicen. Y es como, bueno, basta, chicos, no voy a cambiar. Yo soy buena persona, no jodo a nadie, déjenme ser como soy. Así que es un no me calmo nada desde ahí.
—¿Qué te sigue atrayendo del stand-up y de subirte sola al escenario?
—Creo que es un quilombo vivir en general. Ahora todo es mucho más caótico, tenés miles de estímulos y oportunidades por día, podés ver una película a las tres de la mañana o comprar un lavarropas cuando quieras. Antes todo tenía un horario y un orden. En ese contexto, siento que lo que me salva es ser genuina conmigo misma. Hacer comedia me gustó siempre, pero también me sorprendió descubrir que podía hacerlo, que yo podía generar risa en otros. Eso es lo que me mantiene entusiasmada y me gusta. Disfruto mucho ir al teatro y ver que la gente entra con un estado de ánimo y se va contenta. Siento que es un superpoder y trato de aprovecharlo cada vez que me subo al escenario.
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—¿Recordás el momento en que descubriste que la comedia era tu camino?
—En mi vida personal no soy de tener tan buen humor, pero hubo un momento que me marcó: cuando mi hija era muy chiquita, me fui a España a actuar, porque acá en Argentina no había circuito para vivir de esto. Laburaba en bares, tenía otros trabajos y allá me las arreglé para ir con mi mamá y mi hija. Recuerdo una noche haciendo un show gratis en un bar a las tres de la mañana, yo feliz, mientras mi mamá cuidaba a mi hija en el lugar donde dormíamos. Hice mucho esto sin dinero de por medio. Siempre, por suerte, me las ingenié para ganarlo de otra manera. Y pensaba: “Esto me gusta demasiado, pues si no, ¿por qué me estoy prestando a algo tan loco, yendo a una galería en un subsuelo a hacer un monólogo?”. Todo eso me dio la pauta que esto me encanta, porque me parece que el entusiasmo es algo que hay que cuidarlo mucho, que cuando algo te entusiasma hay que escucharlo.
—¿Cómo influyó tu entorno personal en tu decisión de dedicarte a esto?
—Mis padres nunca entendieron del todo qué hacía, siempre imaginaron para mí algo más rutinario y controlado, tipo “andá a la UBA”. Mi mamá recién hace poco aceptó que esta es mi vida profesional. Lo mío es descontrolado: función a función, siempre pendiente de que la gente saque su entrada, sin chances de relajarse ni jefe que te diga qué hacer. Ahora, por ejemplo, tengo seis funciones por delante en el Astros y sigo dependiendo de que la gente quiera venir a ver la propuesta. Por suerte, mi marido (Sebastián Wainraich) está en el mismo mundo y entiende, igual que lo hacen amigas con pasiones distintas. Creo que es fundamental rodearse de gente que respete eso, porque si hubiera tenido a alguien que me cuestione cada salida a las dos de la mañana, hubiese sido imposible. No fue fácil, tuve que pelearla bastante para poder vivir de esto.
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—¿Cuándo algo de tu vida cotidiana se convierte en material para el show?
—Estoy bastante entrenada para captar algo que me llama la atención y anotarlo enseguida; antes era en papelitos que se perdían, ahora uso el Drive o me mando audios. Después, ese material lo voy puliendo, cambiando partes del show o probándolo en bares. A veces observo cosas nuevas, como cómo la gente se relaciona con el ChatGPT, y me pregunto si da para llevarlo al escenario o no. El humor es muy inmediato: lo que hace reír hoy, capaz en tres años ya quedó viejo, como si ahora me pusiera a hablar del BlackBerry. Por eso, siempre hay que estar atento a lo que pasa y a lo que conecta con los demás.
—¿Notás que el humor fue cambiando mucho en los últimos años?
—Sí, es como que a veces uno ve un monólogo y decís: “Uh, eso es como muy 2004, eso es muy 2010”. Como que pasa esto. Y sí, van cambiando los temas, hay cosas que ya no son graciosas, hay cosas que no eran graciosas y ahora volvieron a ser un poco graciosas. A mí me sorprende a veces. Todo es muy cíclico y ahora hay cosas que quizás hace diez años no eran graciosas y ahora volvieron a ser graciosas. Va cambiando un montón. Hay cosas que van quedando viejas, hay cosas como una Juana Molina, una Niní Marshall nunca pasan de moda. Eso es muy sorprendente. Y un Tato Bores tampoco, un Pinti tampoco. Hay cosas que no vencen nunca, pero son la minoría.
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—¿Ser mujer en el mundo de la comedia sigue siendo un desafío?
—Es un tema que observo y charlo mucho con colegas y amigas. Hay que tener en cuenta que las mujeres en el mundo laboral llevamos menos tiempo que los hombres; recién en las últimas décadas empezamos a animarnos a seguir nuestro deseo. Antes, una mujer que trabajaba era vista como que el marido había fracasado, era otra mentalidad. También, por lo general, somos más emocionales y eso a veces se mezcla con lo laboral. Yo lo observo mucho para ver cómo aprender a sostenernos en los lugares, a que la emocionalidad no nos gane. Ahora noto que las nuevas generaciones ya vienen con menos peso en este sentido, sobre todo en el humor: hay un montón de chicas jóvenes que están en otra. Igual, cada vez que hago algo para todo público aparecen comentarios como “¿Y esta mina quién se cree que es?” o “pobre el marido”. Pero ya estoy acostumbrada y ya no me hace mella a esta altura.
—¿El humor te ayuda a atravesar momentos difíciles o tristes?
—Yo lo tengo recontra confirmado. A mí me pasa que tengo mucha tendencia a angustiarme, entonces el humor me ayuda un montón, en serio. Y después cuando logro tomar distancia y reírme y recuerdo mi escena llorando en el baño o todo y se me ocurre un buen chiste, es algo espectacular. Desde que logro que algo que me hizo mierda en un momento poder reírme es muy sanador. Pero igual siento también que hay cosas en las me puedo reír, que son las más nimias, y después hay grandes temas de que es muy difícil reírse para mí.
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—¿Preferís hablar de lo cercano en tus monólogos o te tienta abordar temas más generales?
—Tengo un estilo muy definido, me gusta hablar de temas que tengo muy cerquita. No me sale hacer humor sobre los grandes temas del mundo, como la política o el conflicto del Medio Oriente, porque no es algo que me atraviese ni que entienda realmente. Me sale hablar del vecino, del cuarto, de mi marido, de las mamás del colegio, de cosas que conozco y que palpo en lo cotidiano. Esos son mis temas, los que vivo todos los días. Después, la política y los grandes temas me exceden, son mundos tan distintos a mí que no logro encontrarles la vuelta para hacer humor. Yo hablo desde la neurosis cotidiana, y me parece que esos otros mundos no tienen esa neurosis, tienen otras lógicas, quizás más perversas o lejanas.
—¿Hay límites sobre lo que elegís compartir en el escenario?
—Me encanta que se me suelte la cadena, no me gusta estar pensando: “No, esto le puede molestar a tal”, pero sí soy muy cuidadosa con el tema. Trato de no compartir cosas de ellos en redes. Sí me puedo reír de, con mi marido, somos dos adultos, qué sé yo. Pero sí, hay algunas cosas que sé que son temas sensibles que no, no hablo de temas que siento que pueden ser sensibles para gente cercana.
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—¿Tus hijos o tu familia alguna vez te pusieron un freno por contar algo suyo?
—Mi hija ahora está más tranquila, pero durante mucho tiempo le di mucha vergüenza por ser madre comediante. Hoy ya lo aceptan, es la madre que les tocó. Hasta ahora no me pasó que alguien de mi familia me pusiera un límite ni que haya contado algo que armara un quilombo. A veces, en entrevistas, para ponerle onda digo cualquier cosa, como una vez que tiré una pavada sobre la infidelidad a más de trescientos kilómetros, que ni siquiera pienso, pero son cosas que uno dice boludeando. Yo a veces lo hablo con Sebas, hablar todos los días en un programa sin decir un cúmulo de pelot... me parece muy difícil. Mil veces me sentí una pelot... por algo que dije, pero fue por querer remar una nota.
—Hoy los avances tecnológicos, el streaming y los pódcasts abren otros caminos para el humor. ¿Te tienta explorar esos formatos?
—Ahora entiendo un poco más el streaming, pero al principio ni sabía bien cómo funcionaba. Siento que es más para las nuevas generaciones. Amo la radio, siempre me imaginé en ese mundo porque soy locutora y me gusta la palabra hablada, la imaginación. También me encantan los pódcasts, me parecen súper interesantes y hay cosas muy buenas para escuchar y aprender, pero no me veo haciendo streaming, es algo para otras generaciones más chicas que yo.
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—Este año llevás el show a España y a Países Bajos. ¿Cómo vivís la experiencia de hacer reír en otros países?
—Como mi humor es sobre emociones y vínculos, por suerte puedo llevar el show a muchos lugares: Chile, Uruguay, Costa Rica, Paraguay, y este año España y por primera vez Países Bajos. Me gusta porque no es un humor solo para argentinos, funciona con públicos distintos. En España empecé hace tres años, primero iban casi todos argentinos y después se fue sumando más gente local, algo que me pone contenta. En noviembre vuelvo y además sumo Ámsterdam, lo cual me entusiasma porque cada lugar tiene su energía y costumbres. Viajar por el país y también afuera ya se volvió un ritual de mi laburo: todos los años recorro varias provincias y ahora también otras culturas. Cada función en un lugar nuevo sigue siendo un desafío y me permite aprender algo distinto.
—¿Qué tiene el humor argentino que no encontrás en otras partes del mundo?
—Creo que no hay humor como el argentino, y tiene mucho que ver con cómo somos como país: las reglas acá son muy endebles, todo cambia todo el tiempo y la realidad suele superar a la ficción. Si no hacés humor, te volvés loco porque es todo muy raro. Estamos muy entrenados para el chiste, aunque quizás nos falta estructura comparado con otros países donde la comedia es una industria más armada. Acá todo es más informal, pero eso lo hace especial. Y además, vayas donde vayas, siempre hay argentinos en algún rincón del mundo, lo cual también es muy loco.
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—Si tuvieras que definir tu presente en una sensación, ¿cuál sería?
—Siento que estoy en la mitad de la vida. Además, uno ve las cosas distinto cuando llegás a mi edad. Hay un montón de cosas que ya la cagaste un montón, ya arruinaste un montón de vínculos, de oportunidades. Es una etapa donde aprendiste de la experiencia. Me parece que tengo un vínculo con mi ego donde nos conocemos mucho más, entonces puedo tomar decisiones desde un lugar más genuino que en otras épocas de mi vida. Es un momento mucho más interesante para vivir que cuando sos más joven.
—¿Qué le dirías a alguien que sueña con subirse a un escenario y todavía no se anima?
—Si algo te gusta, tenés que encontrar tu manera de hacerlo. El gran problema a veces es cuando queremos que nuestras carreras se parezcan a la de tal o a la de cual. Es como que ahí la estás cagando y siempre vas a estar frustrado o frustrada. Creo que uno tiene que, y yo creo que es lo que a mí me ayudó siempre, tratar de pensar cada oportunidad como algo grande. Me parece que cuando uno empieza a vivir así las oportunidades que se te van presentando, la cosa se vuelve más entretenida. No hay que subestimar las oportunidades.