La gala del domingo en Gran Hermano: Generación Dorada (Telefe) tuvo un momento que paralizó la casa y detuvo el aire. Mientras el resto de los participantes recibía mensajes, fotos y videos enviados por sus familias en el Día del Padre, Emanuel Di Gioia fue la excepción: su familia decidió no mandarle ningún material. Lo que siguió fue uno de los testimonios más crudos que se recuerdan en la historia del programa.
Antes de darle la palabra, el conductor Santiago del Moro explicó al aire la situación con cuidado. “Todos intentamos ser el mejor padre posible, pero hay historias que son muy duras y que distan mucho de ese papá ideal”, dijo, y le aclaró a Emanuel que no tenía ninguna obligación de hablar si no lo deseaba. “Si no querés decir nada de tu viejo, también es válido. Lo que vos quieras”, le ofreció. Emanuel carraspeó, intentó contener las lágrimas y eligió hablar.
“Es muy difícil hablar de esto”, arrancó con la voz quebrada. Y luego, con una pausa que el estudio entero respetó en silencio, abrió una historia que cargó durante décadas. Su padre, reveló, es diácono, un rol dentro de la Iglesia Católica que implica asistir en la liturgia, distribuir la comunión y realizar tareas pastorales, aunque sin poder celebrar misa ni administrar todos los sacramentos. Para el barrio, era un hombre ejemplar. Dentro de su casa, la realidad era otra. “Para la visión de todo el barrio, él era el ejemplo, pero en la familia no”, dijo Di Gioia.
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El relato que siguió fue escalofriante en su precisión. Emanuel contó que su padre lo maltrataba físicamente desde chico y que hubo un episodio que marcó un antes y un después: a los 9 años, tras recibir una golpiza que le bajó un diente, salió corriendo de su casa descalzo y sin ropa. Recorrió 3 kilómetros ensangrentado hasta llegar a la casa de su abuela. En el camino tuvo que cruzar una avenida de cuatro carriles. La gente lo esquivaba sin entender qué estaba ocurriendo. “Para mí fue un mundo cruzar eso con nueve años, todo ensangrentado”, recordó entre lágrimas.
Pero la violencia física no fue lo único que describió. Emanuel contó que su padre dejó a la familia sin casa, sin comida, sin ropa y sin recuerdos. En un acto que sus compañeros escucharon con visible conmoción, reveló que juntó la ropa de él y de sus hermanos, junto a todos los objetos que guardaban memorias de la infancia, y los prendió fuego. “No tengo una foto de chico. No tengo ninguna foto”, dijo, y aclaró que por eso nunca manda imágenes de su infancia cuando se lo piden.
En ese punto del relato, Emanuel hizo una pausa y mencionó a su hija. Dijo que ella tiene la misma edad que él tenía cuando ocurrió aquel episodio. La imagen de su propia hija de 9 años puesta en ese lugar fue lo que terminó de quebrarlo. “Mi hija tiene la misma edad. Me pongo a pensar en mi hija”, dijo, sin poder continuar por unos segundos.
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Cuando retomó la palabra, el tono cambió. Di Gioia eligió dirigirse directamente a su padre, mirando a cámara, con una frase que condensó años de dolor y también de decisión personal. “Pá, me enseñaste algo. Me enseñaste lo que no tengo que ser con mi hija. No voy a repetir el ejemplo. Yo rompí ahí la barrera. Y por eso le doy todo mi amor a mi hija. Le voy a dar todo hasta el fin de mis días. Me enseñaste eso, pá. A no ser como vos”, cerró.
Del Moro, visiblemente afectado, pidió a los compañeros que lo abrazaran. La casa entera se acercó a Emanuel en silencio.