Las anécdotas en Otro día perdido son las más esperadas por el público, en particular cuando los protagonistas son personas conocidas. Este lunes, el aire se cortó con una mezcla de nostalgia y risas cuando Mario Pergolini mencionó a Lucho Avilés, el periodista de espectáculos que marcó a fuego la televisión argentina. Al cumplirse siete años de su muerte, su recuerdo aparece inevitablemente ligado a personales, estilos polémicos y una herencia profesional que atraviesa generaciones.
Lucho, creador de un lenguaje propio para los programas de espectáculos, se convirtió en un referente ineludible para quienes crecieron mirando —y luego protagonizando— ese mundo de paneles, primicias y discusiones en vivo. Su influencia es mencionada tanto por colegas como por quienes, desde la vereda opuesta, forjaron sus carreras en contraste con su estilo.
En el programa, el relato se volvió íntimo cuando Pergolini compartió una historia con Agustín Aristarán, conocido como Soy Rada, junto a Evelyn Botto. “Yo le rompí un parabrisas”, confesó entre risas y cierta picardía, aludiendo a un episodio surgido tras un malentendido profesional. Según contó el conductor, la situación se desencadenó porque Avilés había dicho “algo que no era” con respecto a su vida, entonces Pergolini lo fue a buscar al canal, y como no fue recibido, al cruzarse con él cuando salía con su auto, le pidió que bajara. “Y justo había una adoquin ahí a un costado”, explicó, mientras recordó con detalle que el vehículo era de alta gama, y reflexionó en voz alta sobre el costo de aquel parabrisas.
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El clima entre los presentes oscilaba entre la incredulidad y la complicidad. El conductor admitió que nunca tuvo una relación cercana con “la gente de los chismes” y que, de hecho, dejó de mirar ese tipo de programas cuando él mismo comenzó a ser objeto de sus comentarios. La historia del parabrisas, más allá de su veracidad, ilustró el cruce de estilos y generaciones en la televisión argentina de los años noventa y dos mil.
Nombres como Polino, Rial y Tauro son mencionados como herederos de ese modo de entender el espectáculo: la noticia de la farándula como un universo propio, con reglas internas, códigos y una lógica de rating que priorizaba el impacto y la primicia. Rada rememoró cómo, en la infancia, el programa de chismes era una presencia constante en los hogares, un ritual compartido por varias generaciones.
“Si se decía una mentira, le creían y después era un problema para uno”, reflexionó Pergolini en medio de risas, reflejando el poder que Avilés tenía sobre la opinión pública y la agenda mediática.
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El propio Lucho Avilés tuvo oportunidad de responder públicamente a la historia del parabrisas. En una entrevista concedida en 2018, un año antes de su fallecimiento, desmintió de manera categórica la versión difundida por Pergolini: “Mario se equivocó, a mí nunca me rompió nada. Pienso que si quiso hacer un show, es algo demasiado tonto. Nunca discutimos”.
Avilés agregó que jamás existió una pelea particular ni un enfrentamiento directo, y que las diferencias entre ambos eran más bien de criterio sobre el tipo de televisión que debían hacer, posiblemente por una cuestión generacional. “No nos llevábamos bien ni mal, pero normal. Incluso fui invitado al programa de él, antes de CQC. No sé si pudo haber sido el coche de otra persona, pero el mío no fue”.
La aclaración de Avilés aportó un matiz relevante: detrás del mito y las versiones cruzadas, la relación entre ambos estuvo marcada por la distancia profesional y no por conflictos personales. La anécdota, entonces, se resignificó como parte del folclore mediático, un relato que alimenta el imaginario de una época en la que el periodismo de espectáculos era tanto escenario como protagonista de sus propias historias.
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