Daniel Granelli, uno de los participantes más recordados del reality show El Bar TV, o El Bar, reapareció con un testimonio crudo sobre el presente que atraviesa, muy lejos de aquella exposición feroz que lo convirtió en una de las caras más reconocibles de la televisión argentina del 2001. El exreality, que supo ser el “distinto”, el de impronta rockera, frontal y avasallante dentro del programa producido por Mario Pergolini, hoy vive en Cutral Có, Neuquén, y enfrenta una etapa marcada por problemas de salud, dificultades económicas, la falta de trabajo y la angustia de estar lejos de su hijo.
Su historia volvió a quedar en el centro de la escena a partir de un informe realizado por Secretos Verdaderos (América TV) en el que se repasó su recorrido desde aquellos días de popularidad hasta el escenario actual. Y fue él mismo quien puso en palabras lo que significó haber pasado de las luces de la fama a un presente mucho más duro. “Almorcé con Mirtha Legrand, con Nicolás Repetto. Le gané un auto jugando al Jenga a Sofovich. Sí, todo positivo, todo bárbaro. Lo que pasa que yo pensé que eso iba a durar para siempre. Y no, va declinando. Mientras no salgás en la tele, se va perdiendo el interés”, resumió, con una mezcla de lucidez y melancolía.
La frase condensa una parte esencial de su relato. Granelli fue, a principio de la década del 2000, mucho más que un participante más de El Bar. Sin haber ganado el reality, se transformó en uno de los personajes más comentados, uno de esos perfiles que generan amores, rechazos y conversación. Su presencia no pasaba inadvertida. En pantalla se mostraba altanero, carismático, provocador, siempre con una energía que lo hacía destacar del resto. Esa personalidad, que en un momento pareció abrirle todas las puertas, también terminó siendo parte de un recorrido lleno de excesos, choques y situaciones límite.
Con el paso de los años, Granelli se alejó de la televisión, viajó por distintos países, vivió en Europa y buscó reconstruirse en otros ámbitos. Sin embargo, su camino estuvo atravesado por un costado oscuro vinculado a la noche, la violencia y las malas decisiones. Él mismo admitió haber estado preso en tres oportunidades. “Tuve tres caídas en cana, las tres por lesiones”, contó. Luego explicó el contexto: trabajaba hasta la madrugada y después seguía en la noche, en ambientes donde el descontrol estaba al alcance de la mano. “Discutía con uno, me provocaba, me decía algo que no me gustaba y al suelo”, reconoció, en el ciclo de Luis Ventura.
También habló de las tentaciones que encontró en ese mundo y de su contacto con personas peligrosas. “Estaba todo ahí y era todo joda. Yo era la estrellita. Si no era el portero de la discoteca, era el barman. Entonces, las tentaciones aparecían y, por probar, por esto de probar, de atreverme, me mandé cagad... Muchas cagad...”, confesó. En su relato aparecen las noches largas, la fascinación por el riesgo y una especie de vértigo permanente que terminó pasándole factura. A eso se sumó el dolor por la muerte de Federico Blanco, otro ex El Bar con quien mantuvo una amistad intensa y compleja, también atravesada por las adicciones y un final trágico.
Pero el capítulo más determinante de su actualidad llegó con un accidente que cambió por completo su vida cotidiana. Daniel contó que sufrió un golpe de calor mientras iba en bicicleta, en un día de temperaturas extremas. Según relató, se desmayó en plena calle y la caída le dejó secuelas físicas importantes. “Yo venía en bicicleta, tengo una bicicleta de carrera. Hacía mucho calor, 46 grados. Y se me ocurrió a mí ir para lo de mi vieja al mediodía y me insolé. Me dio un golpe de calor en la esquina de la casa de mi mamá. Los testigos cuentan que me desvanecí arriba de la bicicleta, o sea, me desmayé. Caí al suelo, caí de costado, me rasgué todo el lado derecho, me fracturé tres costillas, la clavícula y la cabeza”, relató.
Desde entonces, su margen de acción se achicó drásticamente. Las secuelas del accidente limitaron sus posibilidades laborales y le impidieron desempeñarse en trabajos físicos o de seguridad, rubros a los que venía apuntando para salir adelante. “Estoy buscando laburo, básicamente, pero con lo que me pasó, con el accidente que tuve, es limitado. De manejar un coche o de seguridad, o con los chicos, volver a trabajar en discapacidad”, explicó. Aunque se formó como acompañante terapéutico, hizo musicoterapia y trabajó con personas con discapacidad, hoy siente que no logra reinsertarse y que todo se vuelve cuesta arriba.
El presente, además, está atravesado por una herida afectiva que aparece una y otra vez en su testimonio: la distancia con su hijo de nueve años. En ese punto, su voz se vuelve todavía más frágil. “Mucho afecto, lo pasamos muy bien juntos, pero me falta y yo le falto a él”, dijo al hablar del nene. Según explicó, la conflictiva relación con la madre del chico y la mudanza de ella a San Nicolás profundizaron el desarraigo y el dolor. “Como la madre tiene la potestad, hace lo que quiere. Nos llevamos muy mal y ella se fue a San Nicolás”, señaló.
Instalado hoy en Cutral Có, cerca de la casa de su madre, Granelli intenta encontrar un nuevo equilibrio. El contraste con aquel joven que irrumpía en televisión con voz fuerte, actitud desafiante y aura de estrella resulta inevitable. Incluso en el informe que volvió a exponer su caso, quienes lo conocieron en aquella época remarcaron ese cambio: de figura central y avasallante a un hombre cabizbajo, más lento, golpeado por la vida y por sus propias decisiones.
Sin embargo, en medio de ese panorama, también se percibe en él una necesidad de seguir. De trabajar, de recomponerse, de salir de la quietud que hoy lo angustia. Y si algo deja su aparición es justamente esa sensación de post fama, de lo que ocurre cuando el aplauso se apaga y ya no quedan cámaras ni contratos, solo la vida real con sus consecuencias más ásperas. Daniel Granelli, aquel “rebelde” de El Bar, hoy expone otra batalla: la de reconstruirse después del derrumbe, con el cuerpo marcado por un accidente, con la nostalgia de lo que fue y con la esperanza todavía intacta de poder empezar de nuevo.