Nazareno Casero está acostumbrado a saltar al vacío: lo hizo de chico en la tele junto a su padre, lo repitió en el cine con papeles consagratorios y ahora, en uno de los desafíos más intensos de su carrera, se sube solo al escenario para encarnar Bebé Reno, el unipersonal de Richard Gadd que conmovió a millones y aterriza en Buenos Aires con una impronta local. Esta vez, Nazareno no solo juega con la exposición y la incomodidad, sino que se zambulle en la mente de un hombre acosado, obsesionado y vulnerable, en una obra que mezcla el humor y el horror con la honestidad brutal de lo vivido en carne propia. En exclusiva con Teleshow, el actor cuenta cómo es transitar este fenómeno teatral desde adentro, el vértigo de enfrentar a la platea solo y lo que significa llevar su propio apellido al límite del riesgo.
Habituado a los universos delirantes y a los saltos de género, desde los sketches de Cha Cha Cha junto al mítico Alfredo Casero, hasta los reconocimientos por Crónica de una fuga y largometrajes como Arizona sur, Nazareno se prepara de cara al estreno de Bebé Reno con una mochila cargada de experiencia, pero también con la humildad de quien se sabe ante una propuesta distinta a todo lo anterior. La obra, que tiene fecha de estreno el próximo 28 de abril en icónica sala Pablo Neruda del Paseo la Plaza, exige un cuerpo a cuerpo con el dolor, la risa y el tabú: el actor debe sostener la historia, el ritmo y la tensión sin red, mientras el público oscila entre el nerviosismo, la empatía y la carcajada.
En este presente, donde los Casero siguen marcando agenda, Nazareno se anima a romper el molde y a desafiar el legado familiar bajo la dirección de Indio Romero. Bebé Reno no es solo un salto artístico, sino también un viaje personal: un espacio donde lo incómodo y lo universal se dan la mano, y donde el actor se enfrenta a un público que, más que nunca, espera salir del teatro tan conmovido como sorprendido. Con la energía de quien nunca elige el camino fácil, el actor vuelve a demostrar que el escenario es, para él, el mejor lugar para reinventarse.
—¿Cómo te sentís con la propuesta de “Bebé Reno”? ¿Qué fue lo primero que pensaste al leerla?
—Al principio, cuando te llega una propuesta así es algo que está buenísimo, porque es una obra muy compleja, que requiere mucho del actor y de ejecutar eso, pero también por lo que significa hacer un unipersonal, pasar la página. Para mí es un halago, un mimo muy grande. Cuando empezás a meterte en la obra y hacés el guion te das cuenta de lo compleja que es, es un gran laburo. Es alucinante lo que escribió Richard Gadd.
—¿Tomaste como un desafío tener que ponerte en la piel de un personaje tan complejo y con una historia tan personal como la de Gadd?
—Sí, además la historia es muy puntiaguda, porque toca para todos lados. Habla de comportamiento humano, de relaciones humanas. Y no solo eso, sino que la serie fue un éxito, entonces claramente genera un interés en el público.
—¿Te pareció difícil abordar vivencias tan extremas como las que cuenta Gadd, especialmente el caso de acoso que dispara el unipersonal?
—Es una historia muy personal la que él cuenta. Uno tiene la suerte de no haber vivido algo tan propio como lo que vive el protagonista, pero en su historia también uno ve situaciones familiares. El argentino tiene algo con el espacio personal del otro. Somos cariñosos, nos interesa lo que le pasa al otro, nos metemos, somos chusmas. Hay una familiaridad en el aire, independientemente de si vivís o no una situación de acoso de tal magnitud.
—¿Sentís que hay un choque cultural en el trato, considerando que Gadd es escocés y los argentinos somos distintos para vincularnos?
—Nosotros somos bastante especiales. Tuve la suerte de viajar y conocer otras culturas, y la verdad es que tenemos una manera de ser que genera mucha curiosidad en el extranjero. Nuestros límites son muy difusos. Entre amigos nos decimos barbaridades, pero lo hacemos con cariño y confianza. En otros lugares del mundo eso se ve distinto. Tenemos una tolerancia a muchas cosas, somos resilientes, lo que nos fue llevando la vida y la coyuntura. De alguna manera, vivimos situaciones que naturalizamos.
—¿Cómo fue el proceso de ensayo y preparación para un personaje tan complejo, que mezcla temas difíciles con humor?
—Creo que el humor está en todos lados. Hay definiciones que dicen que el humor son cosas correctas puestas en el lugar incorrecto. Incluso podés encontrar humor en un velorio. Obviamente ante el dolor propio o ajeno se interpone eso, pero el humor está aunque no te genere una carcajada. Cualquier situación, si la descontextualizás, puede ser graciosa y terrible a la vez. Él desde su óptica puede contar lo que le pasa absorbiendo el impacto, lo que le sucede a Gadd le cambia la vida, pero tiene la fortaleza de encontrar comicidad en algo tan grave.
—¿Estás buscando volcar algo de vos o tu mirada al personaje, o seguís estrictamente el original?
—Ahora lo más importante es la cantidad de texto que tiene el personaje. Hay mucho texto y uno tiene que aprenderse la letra, no le podés escapar. Si no sabés la letra, no le podés dar el significado que tiene la obra. Hay que trabajar mucho lo emocional, lo actoral, lo performático, y es un esfuerzo que tiene su peligro porque me voy solo al escenario por más de una hora. Pero estoy feliz, porque sin duda es el desafío más grande que me toca hacer desde que actúo, y dentro de todo ese trabajo hay mucho goce.
—¿Te ayuda a ponerte en los zapatos de otro, a empatizar con historias que no viviste en carne propia?
—Sí, es un trabajo empático. La definición es esa: sentir lo que el otro vive sin tener que vivirlo uno mismo. Poder jugar ese rato a estar en esa situación, sentirlo y hacerlo sentir a otros, es de lo que más agradezco de actuar. Y estoy aprendiendo mucho junto al director Indio Romero y el equipo, tomando clases y resolviendo cosas nuevas para poder manejar todo este mundo. Es una aventura increíble y me siento muy afortunado.
—¿Qué te genera compartir cartelera porteña con tu hermana Minerva, que estrena Anastasia casi a la par de tu debut con Bebé Reno?
—Me encanta. Minerva es muy talentosa, muy dulce y es muy buena. Me parece que está bárbaro lo que va a hacer, me contó y me encantó lo que me contó. Es un laburo soñado, va a estar buenísimo y me encanta poder verla crecer. Somos muy unidos y estoy muy contento, muy contento con ella.
—¿Qué expectativas tenés de este proyecto y qué te gustaría que el público se lleve después de verte en el escenario?
—Hay una frase que dice: “La expectativa genera sufrimiento”. Aprendí que no puedo poner demasiadas expectativas porque si no, ni me subo al escenario. Sí creo que es una obra que tiene mucho para contar, una montaña rusa de situaciones y emociones. Lo que espero es poder transmitirle a la gente el significado de la historia y que quienes vengan se vayan tocados, ya sea porque les gustó, porque les impactó, o porque se identificaron. La obra tiene mucho para dar y estamos trabajando para que el público se lleve lo mejor.