Valentina Cervantes no dudó en presentar su nueva vida y, al abrir las puertas de su mansión en Londres desató un revuelo instantáneo en las redes sociales. Allí, entre ventanales que filtran la luz natural y una rutina marcada por la adaptación, la influencer permitió que las cámaras de Por el mundo se colaran en la intimidad que comparte con Enzo Fernández y sus dos hijos. ¿Qué empuja a una pareja joven y famosa a mudarse una y otra vez, sin echar raíces en ninguna dirección?
Junto a Marley para el ciclo Por el mundo, la joven no tardó en preguntar lo que todos pensaban: “¿Es una casa nueva, se mudaron hace poquito?”. La respuesta llegó, franca y sin rodeos: “Nos mudamos hace poquito acá. Sí, nos vivimos mudando. A Enzo le gusta mucho cambiar de casa porque dice que renueva la energía. Así que nos mudamos hace poco”, reveló Valentina, dejando al descubierto una actitud poco habitual. La explicación de fondo tiene algo de rito: “Él dice que se renuevan las energías así que por eso nos mudamos hace poco”.
El recorrido por la mansión deja imágenes que tientan a cualquier curioso. “Es moderna, tiene mucha luz porque si no se nos va muy rápido”, explicó Valentina, al momento que señalaba los ventanales que desbordan claridad. Esos rayos de sol, tan escurridizos en el cielo británico, parecen ser un botín preciado para la familia. Pero el tour revela más: una despensa abarrotada de productos, una cocina amplia donde las recetas familiares buscan su lugar porque "ahora soy especialista de cocina, también", y, en el jardín, una casa del árbol equipada hasta con con estufa para los hijos. Cada rincón parece diseñado para conjurar el calor y la memoria, lejos de la tierra natal.
La piscina es otro símbolo de ese intento de traer el verano a Inglaterra. “Tenemos pileta, pero no sé a quién se le ocurre en Inglaterra hacer una pileta afuera. Aunque sea climatizada te morís de frío. Y cuando acá es verano, Enzo juega el mundial, nunca llegamos a disfrutar el calor de Londres”, explicó Valentina entre resignación y humor.
La vida cotidiana en Londres impone sus propios desafíos. Desde conducir con el volante en el lado contrario al de Argentina hasta ajustar los horarios de la familia, el cambio de país es una prueba diaria. “Ya me acostumbré. Ya rompí la primera rueda”, cuenta Valentina, recordando sus primeros tropiezos con el tránsito británico y arrancando una carcajada cómplice. La adaptación, más que un proceso, es una sucesión de pequeñas derrotas y conquistas.
Las diferencias culturales emergen en los detalles. “Acá, por los cumpleaños de nenes, te mandan la invitación dos meses antes”, señala, sorprendida por la previsión británica. En ese contexto, los horarios de sueño también se reconfiguran: “Ahora a las ocho ya no los quiero ver más”, bromea Valentina sobre la nueva disciplina nocturna de sus hijos. ¿Cuántas costumbres se dejan atrás y cuántas se reinventan al cruzar el océano?
Pero hay algo que no cambia, ni aunque el entorno se pinte de lluvias y acentos diferentes: la identidad. Valentina Cervantes lo resume con un gesto sencillo y poderoso: su alacena rebosa de productos argentinos, desde fideos de sopa hasta harina traída desde la Argentina. “Prefiero llevarme los sabores de siempre”, confiesa, como si en cada paquete viajara un pedazo de su historia. ¿Será esa la manera de escribir un hogar en el mapa, aunque la dirección cambie una y otra vez?