La expansión de la inteligencia artificial (IA) está obligando a los docentes a redefinir qué vale la pena enseñar. Según Billy J. Stratton, profesor de la Universidad de Denver, el punto no es competir con los grandes modelos, sino mostrarles a los estudiantes que estas herramientas no pueden sustituir la imaginación, la empatía ni la expresión auténtica, capacidades que sostienen el pensamiento crítico y la creatividad.
El planteamiento parte de un riesgo cultural más amplio. Stratton escribió en un artículo publicado en The Conversation que una dependencia excesiva de estas tecnologías puede empujar a la conformidad intelectual y erosionar el pensamiento crítico.
La respuesta pedagógica que propone no pasa por ignorar la tecnología ni prohibirla. Su propuesta consiste en enfrentarla de forma directa en el aula y enseñar a distinguir entre la capacidad de la IA para reconocer patrones y su incapacidad para soñar despierta, adoptar perspectivas humanas o construir una voz propia.
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De qué forma se puso a prueba la IA
Para poner a prueba esa diferencia, Stratton llevó el debate a un curso sobre literatura gótica sureña. Allí pidió a sus alumnos que guiaran a una IA para analizar la “atmósfera emocional” de una escena de El corazón es un cazador solitario, la novela que Carson McCullers publicó en 1940.
El experimento se centró en un universo literario muy difícil de reducir a fórmulas. En esas obras, explicó el académico, abundan personajes grotescos y brutales, retratados desde perspectivas distorsionadas, con dialectos extraños y vidas marcadas por el aislamiento, el pasado y una religiosidad perturbadora.
A muchos lectores ya les cuesta entrar en esos mundos. Para la IA, sostuvo Stratton, resulta todavía más difícil generalizar las tensiones entre fe e incredulidad, o entre bien y mal, que sostienen ese tipo de historias.
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Cómo se diferencian las respuestas huamanas de las de la IA
La escena elegida mostraba el momento en que Spiros Antonapoulos, un personaje sordo, es internado en un hospital psiquiátrico estatal y deja atrás a su único amigo, John Singer.
Stratton la describió como una secuencia atravesada por el pavor, la tristeza y la indignación ante una decisión tomada por conveniencia, basada en una lectura errónea de las dificultades de Spiros y agravada por su origen en una familia inmigrante de un pequeño pueblo de Georgia.
La respuesta de ChatGPT, en cambio, le pareció estéril y abstracta. Uno de los textos generados por la herramienta decía: “La atmósfera es desoladoramente solitaria y parece suspendida en el tiempo. La escena transmite una sensación de silencio, impotencia y una unilateralidad emocional. La partida del tren simboliza una separación irreversible”.
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Para Stratton, la formulación era fría y objetiva, y no alcanzaba a captar la tristeza de una separación entre dos personas que solo se tienen la una a la otra. Detectó un error concreto: en la escena no se aleja un tren, sino un autobús.
El profesor añadió que la lectura automática tampoco reconoció con claridad el miedo de Singer por lo que le espera a Antonapoulos ni la ironía dramática de que este parezca indiferente ante un cambio radical en su vida.
En qué otras áreas mostró deficiencias la IA
El problema no quedó limitado al análisis literario. Stratton pidió después a sus alumnos que hicieran generar a la IA “una nueva escena con al menos tres personajes” elegidos por ellos, y el resultado le pareció todavía más insípido.
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Uno de los detalles que más hizo reír a los estudiantes fue que John Singer apareciera hablando de distintos temas con otros personajes. El fallo era básico: Singer, igual que Antonapoulos, es sordo.
Esa equivocación, para el docente, expone una limitación estructural y no un simple desliz. La IA no comprende la experiencia de no oír porque opera como una inteligencia sintética sin cuerpo, sin una presencia material desde la cual experimentar el mundo o situarse en el lugar de otro.
Esa ausencia de corporalidad tiene una consecuencia directa sobre la literatura y el arte. Stratton sostuvo que, sin experiencia encarnada, la IA no puede alcanzar una empatía humana genuina ni una introspección comparable a la que alimenta la creación artística.
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Por qué no se debe prohibir la IA
Stratton no propone expulsar estas herramientas de la vida académica. De hecho, afirma que puede haber situaciones en las que resulten útiles para los alumnos y considera que prohibirlas sería inviable y contraproducente.
Asimismo, introduce un matiz social. Prescindir por completo de la IA, dijo, puede convertirse en un lujo, del mismo modo que no todas las personas pueden pagar ayuda para tareas domésticas, cuidado del jardín o crianza; quienes viven con dificultades económicas pueden necesitar apoyarse en asistencia tecnológica.
Su preocupación aparece cuando esa delegación alcanza el trabajo intelectual. Allí espera que los estudiantes comprendan que el uso de la tecnología exige renunciar a facultades que considera esenciales para la mente humana: la imaginación, la intuición y la autorreflexión.
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