La visión tradicional del ser humano como un ente sólido y aislado está siendo cuestionada por nuevas investigaciones neurocientíficas. Esta perspectiva emergente sostiene que somos sistemas abiertos, altamente influenciados por la energía electromagnética que nos rodea y en constante interacción con el entorno.
En la Universidad Politécnica de Turín, el anestesiólogo Marco Cavaglià y su equipo exploran cómo la biología humana participa en los campos energéticos del planeta, una dinámica que podría ser clave en el origen del pensamiento y la identidad.
Resonancias de Schumann y la conexión energética entre cerebro y entorno
El núcleo de esta investigación reside en las Resonancias de Schumann, pulsos electromagnéticos que vibran entre la superficie terrestre y la atmósfera a una frecuencia constante de 7,83 Hz.
Conocidas como el “latido de la Tierra”, estas ondas sugieren que los seres vivos no son estructuras rígidas, sino procesos dinámicos en continua integración de señales internas y externas.
El neurocientífico Tommaso Firaux sostiene: “El cerebro se ajusta siempre, momento a momento, integrando señales del interior del cuerpo y del entorno”, distanciándose del paradigma tradicional que compara al cerebro con una computadora fija. Es pertinente señalar que esta declaración y sus aportes a la ciencia aparecieron en La Nación.
El equipo de Cavaglià busca mapear cómo estos campos energéticos planetarios influyen en la actividad cerebral. Desde esta perspectiva, el pensamiento y el yo emergen de la interacción entre los ritmos del entorno y los procesos biológicos internos, desafiando la idea de un individuo completamente aislado del mundo exterior.
Rol del agua vicinal y las membranas neuronales en la interacción energética
Uno de los focos de la investigación es el papel del agua vicinal, una capa estructurada de moléculas que rodea las membranas neuronales. Los expertos proponen que esta agua funciona como una “batería biológica”, sensible incluso a señales electromagnéticas de baja intensidad gracias a la polaridad natural del agua.
No obstante, el verdadero misterio permanece en la organización de los lípidos de la membrana celular. Según Cavaglià, “la membrana no es solo un contenedor, es más bien el material del instrumento; dos violines pueden tocar la misma nota, pero los materiales afectan la resonancia y la estabilidad”.
Esta comparación subraya la importancia de comprender cómo la estructura y composición de la membrana influyen en la capacidad del sistema para captar y transformar energía.
Energía, masa e información: el marco EMI y la estabilidad cerebral
Para describir estos fenómenos, el equipo utiliza el marco EMI (Energía–Masa–Información), que conceptualiza el cerebro como un sistema que busca estabilizarse mediante patrones repetitivos.
En términos de sistemas dinámicos, estos estados estables se denominan “atractores”: zonas hacia las cuales el cerebro tiende a regresar, facilitando la continuidad de la percepción y la identidad personal.
La información, en este contexto, no surge de la simple transmisión de datos, sino de la capacidad del cerebro para mantener patrones de actividad estables frente a la complejidad del entorno.
Así, la relación entre el cuerpo y los campos energéticos se traduce en una mayor claridad perceptiva cuando el sistema cerebro-cuerpo logra sincronizarse con los ritmos fundamentales externos.
Resonancia colectiva, sincronización cerebral y experiencias compartidas
La analogía de la antena resulta fundamental para entender cómo el cerebro humano procesa los ritmos del entorno. Al igual que una radio sintoniza ondas invisibles y las convierte en sonido, el cerebro interpreta frecuencias externas y genera estados de resonancia o disonancia.
Cuando varias personas comparten frecuencias y amplitudes similares, se produce lo que los científicos denominan resonancia colectiva: una sincronización fisiológica y emocional observable en eventos sociales compartidos.
Firaux explica que “los asistentes están todos expuestos a los mismos estímulos estructurados: música, cantos, movimientos sincronizados, emoción compartida, atención concentrada”, lo que puede moldear la frecuencia interna de cada individuo. El uso de técnicas como el hiperescaning ha permitido observar estos procesos de sincronización cerebral durante experiencias grupales.
A diferencia de las máquinas, los seres humanos transforman la información percibida a través del lenguaje y la memoria. De este modo, construimos una “historia semántica” sobre quiénes somos, influida tanto por factores internos como externos.
El objetivo, según los investigadores, es “seguir el flujo” para alcanzar estados de mayor claridad, lo que implica sincronizar la actividad cerebral con los ritmos energéticos del entorno y, así, reducir el ruido interno que distorsiona la percepción de la realidad.