La atención global se ha posado sobre Groenlandia, una vasta isla ártica cuyo subsuelo alberga riquezas que pueden transformar el panorama de la tecnología y la movilidad eléctrica. El interés por este territorio no solo responde a su posición geoestratégica, sino, sobre todo, a la abundancia de minerales estratégicos y tierras raras que son vitales para la fabricación de componentes electrónicos, baterías avanzadas y motores de coches eléctricos.
Empresas como Apple, Tesla, Nvidia, Microsoft, Google, Amazon y Meta, observan de cerca cada movimiento en Groenlandia. El motivo: asegurar el suministro de materiales que resultan imprescindibles en la carrera por la innovación y la transición hacia una economía sustentable.
Qué es lo que llama la atención de Groenlandia
El principal atractivo de Groenlandia reside en sus depósitos masivos de tierras raras. Estos elementos, 17 en total, incluyen el neodimio, disprosio, praseodimio y terbio, todos fundamentales para la fabricación de imanes de alta potencia, motores eléctricos y componentes electrónicos avanzados.
Estudios del Servicio Geológico danés y groenlandés estiman que la isla podría aportar hasta el 18% de las reservas globales de tierras raras para 2030, una cifra que coloca a Groenlandia en el centro de la competencia internacional por el control de recursos estratégicos.
Además de las tierras raras, la isla cuenta con metales preciosos, depósitos de oro y otros minerales estratégicos como el litio, el cobre y el níquel. Todos estos recursos son esenciales para la fabricación de baterías y para la industria de la energía limpia.
Cómo estos recursos afectarían a los vehículos eléctricos
La irrupción del coche eléctrico ha disparado la demanda de tierras raras. Los motores síncronos de alta eficiencia que emplean los vehículos eléctricos modernos requieren imanes hechos a base de neodimio, disprosio y terbio. Solo el neodimio permite alcanzar una densidad energética elevada, indispensable para dotar de potencia y autonomía a estos vehículos.
De acuerdo a proyecciones internacionales, la demanda global de neodimio para motores de tracción podría ser veinte veces mayor en 2040 que en 2018. Además, las tierras raras también resultan esenciales en la producción de inversores, sistemas electrónicos y turbinas eólicas, lo que multiplica su importancia en la transición hacia tecnologías limpias.
Un coche eléctrico promedio requiere cerca de un kilo de imanes hechos con tierras raras, mientras que una turbina marina puede necesitar hasta seis toneladas. Esta escala de necesidades deja en evidencia la presión sobre la cadena de suministro global y la urgencia de diversificar proveedores fuera de China, que hoy controla cerca del 90 % del suministro mundial.
Cuáles son los retos que hay en Groenlandia
Groenlandia alberga yacimientos clave como Kvanefjeld (Kuannersuit) y Tanbreez, ambos en el sur de la isla. El primero concentra enormes cantidades de neodimio, praseodimio y disprosio, pero su explotación se ve limitada por la presencia de uranio radiactivo, lo que ha llevado a las autoridades locales a prohibir la minería de este elemento desde 2021.
La licencia para explotar Kvanefjeld fue cancelada, lo que ejemplifica los dilemas ambientales y políticos que enfrenta la isla.
Por su parte, el proyecto Tanbreez se orienta a la producción de tierras raras pesadas, con vistas a abastecer mercados de Norteamérica. Un informe reciente del Servicio Geológico danés identificó reservas de 15 de los 17 elementos raros en Groenlandia, con un potencial de 36,1 millones de toneladas de tierras raras.
No obstante, la explotación de estos recursos enfrenta obstáculos técnicos y logísticos. Groenlandia cuenta apenas con 150 kilómetros de carreteras y carece de infraestructura básica como vías férreas, puertos industriales o plantas de energía capaces de sostener una mina a gran escala.
La mayoría de los yacimientos se encuentran encapsulados en eudialita, una roca compleja para la que no existen métodos de extracción rentables a gran escala. Los costes de procesamiento pueden superar los 1.000 millones de dólares, lo que desincentiva a los grandes operadores mineros.