"Quémense de a poco", respondían los guardiacárceles a los gritos desesperados de los presos atrapados entre las llamas y las puertas bloqueadas. Era el 14 de marzo de 1978, y la tragedia que tuvo lugar en el penal de Villa Devoto pasaría a la historia como la "masacre del pabellón séptimo" o "la masacre de los colchones".

Villa Devoto debe su nombre al italiano Antonio Devoto, un verdadero emprendedor, que había llegado al país a mediados del siglo 19 y que había sido el fundador del Banco Inmobiliario. Exponente de la Generación del Ochenta y, entre tantas acciones que llevó adelante, se lo cuenta como uno de los promotores de la creación del Hospital Italiano. Había construido una mansión que nunca pudo habitar, al fallecer en 1916.

La cárcel se había construido en terrenos donados por la familia Visillac, en una zona que por entonces era las afueras de la ciudad de Buenos Aires. Su historia había comenzado en 1927, cuando abrió como una institución para contraventores, donde alojaban a ebrios y vagos y con el correr de los años, a autores de delitos comunes. En el olvido había quedado el proyecto primigenio del hospital que tendría el barrio. Bautizaron a la cárcel como "Servicio de Alcaidías de la Policía Federal" hasta que el 10 de diciembre de 1957 pasó a depender del Servicio Penitenciario Federal, denominándose "Instituto de Detención de la Capital Federal".

Y el panorama cambió. Las rejas de hierro que rodeaban los 50.000 m2 de construcciones fueron reemplazadas por altos muros. El establecimiento, ubicado entre las calles Nogoyá, Bermúdez, Desaguadero y Pedro Lozano, llegó hasta alojar 2400 internos, cuando el máximo eran 1700. Y sus celdas fueron ocupadas por todo tipo de delincuentes.

Todo empezó por una discusión entre los presos y los guardiacárceles. Era la noche del lunes 13 de marzo de 1978. El interno Jorge Tolosa, junto a otros presos estaba mirando el final de una película por televisión. Un guardiacárcel quiso interrumpirlos para informarles quiénes debían ir a Tribunales al día siguiente. Nadie le prestó atención a su orden de que bajasen el volumen del aparato. "Ya van a ver", amenazó el uniformado, que fue a dar la novedad a su superior.

Según relatan Claudia Cesaroni y Denise Feldman en la Revista Pensamiento Penal, a la mañana siguiente, los presos del pabellón séptimo fueron sorprendidos por una violenta requisa, de la que participaron el doble de personal que de costumbre. Los internos se preguntaban el porqué, si la última había sido el viernes anterior, y se llevaban a cabo cada 10 días. En realidad, buscaban al preso indisciplinado, a aquel que se había negado a apagar el televisor.

Mientras las celdas eran revisadas, tirando al piso objetos personales y comida, los presos eran conducidos con las manos en sus cabezas hacia el patio, como era norma en este tipo de procedimientos. En el medio del pasillo, estos decidieron resistir, arrojándoles a los guardiacárceles todo lo que tenían a mano: utensillos de cocina, calentadores… Los guardiacárceles, que no estaban armados, retrocedieron, pero para regresar. Comenzaron a arrojarles gases lacrimógenos a los presos y a los que intentaban treparse a las ventanas les disparaban.

Las bombas, al tomar contacto con los colchones –que los presos habían colocado a modo de barricadas tapando las rejas- produjeron un incendio. Cuando los presos quisieron abandonar el pabellón, vieron que las puertas estaban trabadas. Sobrevivientes sostuvieron que estaban cerradas con candados. Las autoridades declararon que habían sido los mismos internos las que las habían trabado. Además, por el incendio, las rejas estaban al rojo vivo. Era imposible salir.

Cuando aparecieron los bomberos, los guardias les dijeron que ya no eran necesarios, que el fuego estaba controlado. Se calcula que, de 161 detenidos que se alojaban en ese pabellón, unos 65 internos fallecieron por las quemaduras o por asfixia, mientras que 85 fueron los heridos. Por entonces, la población carcelaria en Devoto excedía el 25%.

El Penal de Devoto sería tristemente famoso por otros hechos de la historia argentina, como fue la liberación, el 25 de mayo de 1973, de 1500 integrantes de organizaciones armadas, presos políticos y delincuentes comunes, el día que Héctor J. Cámpora asumía su presidencia que duraría escasos 49 días, así como el papel que le cupo a la cárcel entre 1976 y 1983 como centro clandestino de detención.

La causa de la "masacre de los colchones" fue finalmente archivada y un grupo de juristas y de organizaciones de derechos humanos, piden su reapertura y que el caso se enmarque como un delito de lesa humanidad.